Hay cosas que se llevan en la sangre. Los rasgos son una de ellas. Las palabras otra. Mi tío elaboraba espontánea y minuciosamente una enciclopedia personal para nombrar su mundo. Incluía un nuevo acta bautismal para todo. También para su primer sobrino y sus dos hijos. Sería injusto utilizar la palabra apodos para definirlo. Éramos Piti, Carlitos y Guille para el resto de la familia pero para él éramos Pito, Críspulo y Bolo. No nos llamábamos así. Eramos eso. No había mucha lógica detrás de nuestros nuevos nombres, pero había algo. Quizá era instinto. Cambiar una sola letra y así cambiar por completo un significado es una de esas cosas que solo puede hacer alguien que pone las palabras por encima de todo lo demás. Mi tío era una de esas personas. Aún así no estaba satisfecho. Me miraba y sabía algo más. Algo le rumiaba dentro cuando me veía y luego pasaba por el pasillo de la casa familiar plagado de cuadros, donde encontraba su reflejo de reojo camino de la cocina. Supongo que un día siguió la pista y halló lo que buscaba. Decidió duplicar mi nombre duplicándose a sí mismo. Me llamó otra vez: Espejo

Un nombre también es una sentencia de vida. Cada persona que nos ama nos da un nombre y nos lo arrebata después. Uno de los míos era Pitu. Sigo sin saber por qué esas tres letras primeras forman parte de mi historia, pero ella sí lo sabía, mi madre y mi tío también. Pitu, Piti, Pito. Ya solo me queda uno.

Para mis colegas de profesión soy Maínez. O Luis a secas. Para otros Luis María. Luisma si me quieren de verdad. Nunca supe de dónde vino el nombre de Chito con el que llamaba siempre a mi tío. Los dos -Espejo- tenemos muchos nombres. Él era Carlan para mi madre y sus hermanas. Carlitos para mi abuela. También El Niño, aunque peinara muchas canas desde la treintena. Murió joven y con el pelo de plata con el que había vivido más de la mitad de su vida. Era Carlos, seguro, para sus compañeros del Centro y del trabajo. También para sus compañeros de la Facultad de Filología de la Complutense en la que se licenció tres veces. La última, después de haberse vencido a sí mismo, con sesenta y dos años. Mi mamá Antonia y mi madrina Nieves eran Manuelas. Fantaseaba con el nombre que le hubiera puesto a la hija que nunca tuvo: Eugenia. Se esforzó en convencer a sus hijos, y a todos los que le escuchábamos, de que era un gran nombre. La mujer con la que se esposó, Carmen, era de todo menos Carmen. “Mi Santa”, “Mamá”. Nunca se conformó con el nombre que tenían las cosas. Era un poeta.

Una conversación tipo con mi tío terminaba con él llevándose una conclusión totalmente diferente de la que intentabas cerrar tú. No se limitaba a escuchar las historias; las hacía suyas y las almacenaba en una categoría distinta a la que era en un principio. Lo que hacía con los demás, claro, también lo hacía consigo mismo. Desde luego no estamos hablando de un hipócrita. Llevó, hasta la última de las consecuencias todas las palabras que inventó para enseñarse el mundo. El Real Madrid eran los Fascistas. El Sevilla era “El Equipo”, porque no había otro. El Betis, tampoco supe nunca por qué, eran Las Cabras. Las putas Cabras. Si se hubiera enterado de que a los mejores del mundo ahora les llaman GOATS hubiera deshecho el embrujo y habría inventado otro nombre sin esfuerzo. 

No hablaba con anglicismos, desde luego. El italiano era otra cosa. “Cuando vivía en Génova me preguntaban siempre que de qué barrio era”. Solía reírse con eso y la carcajada se teñía de orgullo indisimulado. No le bastaba un solo idioma, ni siquiera el suyo. No aprendía nada por encima. Se zambullía. Espejo. Era un hombre que jamás andó de puntillas por la vida, no se escondió detrás de ninguna esquina. Amó las palabras tal y como amó todo: entregándose absolutamente. Pero no amó nada tanto como las palabras. “Se dice te quiero sin adverbios”, me advertía de niño. “El amor de verdad no se puede medir”. “Te quiero mucho te acerca a querer nada”. Acuñó la respuesta “mal sin exagerar” cuando le preguntaban qué tal y no había tenido buen día. Yo la uso. Tenía poemas en su cuaderno, escritos pocos días antes de irse. A todo lo que quería de verdad le daba su propio nombre. Por eso sé que lo que se lo llevó no era un cielo, sino una cruz: nunca le escuché llamarlo con un nombre propio. No le inventó nada para disfrazarlo.

Nadie le dictaba. No le dictaba a nadie. Cualquier forma de control era fascismo. Espejo. Las restricciones, los horarios, no eran para él. Sí lo era, en cambio, la rutina. Sus últimos años los pasó en Cádiz en un piso con una cristalera enorme donde plantó su escritorio. Se levantaba y se sentaba y escribía. Delegaba en mi madre su burocracia y le pagaba en cartones de Fortuna. Y se daba baños en el mar aunque hiciera frío. Tenía despacho y tenía secretaria siendo solo dueño de sí mismo. Porque era dueño de sí mismo. 

Este 30 de julio ha sido su primer no cumpleaños. No le felicité los últimos que sí lo fueron. Me despertaba una timidez rara, mezclada con la culpa de no haber sabido mantener con él un vínculo como con el resto de mi familia. La famosa parálisis por análisis, quizá. Mi cobardía habitual para reconstruir yo solo las relaciones que se rompen, quizá. Cierta vergüenza o complejo de que estaba bien sin lo que pudiera darle, quizá. Mentira. Me pesaba poder verme reflejado en él -Espejo-, que su cruz me hubiera salvado a mí, solo con mirarle. Creo que me pasaba algo parecido con mi padre. Hay cosas que se llevan en la sangre.

El verano de 2024 fui a cenar con él en Cádiz, luego subí a conocer su casa. Me regaló la novela que acababa de autoeditarse: 'Crónica del amor mutado en piedra'. La fui a buscar uno de estos días para buscar la dedicatoria. Decía "Para mi sobrino Luis María". Ni Pito, ni Espejo. Entonces no me planteé lo que significaba. Hoy desde luego la historia es otra.

Casi nadie pudo despedirse a tiempo. Nos daba miedo. No fui una excepción. Por suerte tenemos siempre las palabras para consolarnos. Contamos las palabras para consolarnos. Una canción: "¿dónde estarás esta noche?" Estas palabras de hoy que me alumbran una certeza. Le quise. Le quiero. Sin adverbios. 

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