Con todo el planeta hablando de La Odisea de Christopher Nolan y mis amigos con el buzón de mensajes directos de Instagram a rebosar de los vídeos y los memes que les mando desde que el jueves fui a ver la película a los cines Proyecciones, llega el momento de afinar el tiro y cambiar el tema de conversación. No para dejar atrás a Odiseo, sino el IMAX, tal y como Nolan deja atrás el CGI para centrarse en lo real y no vaciarse en lo imaginario.
La Odisea, la de Homero, está datada alrededor del siglo VI a. C., lo que la sitúa en el lugar perfecto del cronograma para escenificar el final de la era de los mitos y el inicio de la era del logos. Es decir, el final de la etapa en la que el funcionamiento del mundo se explicaba a través de relatos y supersticiones y empezaba a entenderse mediante la razón y la ciencia. Para los catetos recalcitrantes, anoten: el propio nacimiento del cristianismo supone una simplificación de los mitos del mundo clásico alucinante, donde cada casa y cada familia, prácticamente, tenía un dios y un rito diferente. El cristianismo supone el final del mundo circular y neblinoso del mito para abrazar el positivismo lineal que tanto ha caracterizado a la cultura occidental hasta el siglo XX.
La propia existencia de Odiseo-Ulises, de hecho, es la manifestación misma de que algo empezaba a moverse en las tripas del mundo clásico. De todas las claves narrativas de su periplo por el Mediterráneo (¿alguna vez habéis probado a mirarlo en vertical, con el estrecho de Gibraltar al sur y Turquía al norte?), hay varias que sirven para entender el momento vital en el que Homero recoge los cantos que habían pasado de generación en generación a través de la tradición oral.
Una es su desafío a los dioses. Aunque, en la película nolaniana, algunos de los rasgos de Odiseo se difuminan, sigue quedando una alusión al desafío a los dioses que articula su desgracia en el relato original. La propia trampa tendida al pueblo troyano blasfemando a Atenea, usando una ofrenda en su nombre para ganar una guerra, es un buen ejemplo. Su ataque de hibris cuando, huyendo de Polifemo, le desvela - en la lectura, no en el film - el nombre de quien lo ha derrotado responde al mismo patrón: un descreimiento de un sistema teísta que ordenaba todo el universo. Mientras el cristianismo se ocupa, básicamente, de la propia relación del ser humano consigo mismo y con los suyos, el mundo clásico estaba controlado - desde la creación del pan y el vino hasta las mareas - por un Olimpo de dioses diferentes. En el desafío de Odiseo a los dioses, pero, más aún, en su victoria final regresando a Ítaca tras enfrentarlos, se encuentra la semilla de un nuevo mundo, donde, aunque los hombres no estén libres del control divino (seguimos sin estarlo), empieza a aparecer una pequeña resistencia frente a sus caprichos. De Narciso enamorado de su reflejo y convertido en flor, o Dafne convertida en laurel por Apolo, a la vuelta de Odiseo como rey de Ítaca hay varios mundos de por medio. El libre albedrío que hace brotar Odiseo es el que todavía hoy sigue rigiendo las culturas más avanzadas del planeta.
Y, como consecuencia, llega el inicio de la separación definitiva del mito del logos. Una gran noticia tanto para la literatura como para la sociedad. Una vez la creación literaria se emancipó de la necesidad de crear relatos y leyendas que explicaran el mundo, una vez la complejidad creciente de este amamantó la propia narrativa y simbología de sus historias, pudo empezar a producirlas sin la necesidad de que sirvieran como base para hacer entender la realidad y centrarse en aspectos de la propia alma humana, no solo del mundo que la rodeaba. La sociedad, a cambio, con el final de la superstición politeísta, empezó a construir sistemas de gobierno más parecidos a los que hoy en día disfrutamos en Occidente. Sin La Odisea no existe ni el pensamiento platónico ni la democracia, que surge, forzosamente, después del mito.
Por desgracia, los corruptos y los sinvergüenzas convirtieron un sistema creado con una mentalidad idealista en un perfecto manual de trampas. Lo hicieron con la Ley de Zeus y lo siguen haciendo a día de hoy con la democracia. Convirtieron una política de generosidad y de puertas abiertas en una excusa para que las gentes del mar saquearan y robaran, para que Odiseo regresase a casa y viese que llevaba veinte años con aquellos que querían destruir lo que él y su idea de civilización representaban, sentados a su mesa, comiendo su vino, amenazando a su hijo y presionando a su esposa. Lo que está roto se puede rehacer, pero no lo que está podrido. La Odisea también nos cuenta que ya hubo que cambiar las reglas del juego y dejar de creer a los dioses que habíamos creado, y quizá haya que cambiarlas hoy también.
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