(Me desprendo de un colgante fino; afuera se escucha trap argentino). Lo improbable parecía imposible durante el mejor inicio de verano de la adultez; el mejor desde que nos hicimos lo bastante mayores como para ir con los amigos al campamento de verano. El Mundial de fútbol de 2026 se había abierto frente a nosotros con una ambición natural por despertar y luego satisfacer cada una de las filias que vivían latentes en nuestro interior. Agazapadas en nuestros recovecos más oscuros y pervertidos. (Otra vez me has dejado solo, con chicas desnudas en el club de polo). Una aventura. Partidos absolutamente demenciales que empiezan a las tres de la mañana, entre selecciones que nunca habías visto y de las que no sabrías nombrar a ningún jugador del once inicial. La tensión de verlas pelearse a vida o muerte a diario en un tiempo de descuento, y no solo al final de temporada. Regresar a un fútbol primitivo donde la calidad y la magia son más importantes que las pizarras o los tecnicismos. La ilusión y el nerviosismo de los equipos menores ante las noches más importantes de sus respectivas historias. Lo que la vida nos suele dar con cuentagotas, en pequeñas dosis que enfrentan el placer con la culpa, como el caviar, el picante o el wasabi, Don Fútbol se ha encargado de hacérnoslo llegar con volquetes. Don Fútbol y la tecnología, claro. (Y ahora quieres dejarte llevar, es un amor de posmodernidad). Un exceso que nos ha hermanado a todos los degenerados capaces de ponernos el resumen de un partido que acabamos de ver terminar y que terminó 0-0.

Pero no aprendemos nunca. (Liberarme, ¿eso no sería hermoso?) Otra vez, una más, cuando todo marchaba bien —mejor que bien—, precisamente porque todo era perfecto, olvidamos de qué están hechos los placeres, la propia vida y sus vapores. Memento mori. La felicidad perfecta fueron las veintiséis horas de calma que pasaron entre el pitido inicial del partido de España contra Francia y el pitido final del Inglaterra-Argentina. La felicidad perfecta, Javier Aznar, siempre es no saber; no saber a qué nos enfrentamos.

Toda aspiración a la diversión se ha desvanecido ahora que sé (enciendes el mechero del toro; no es mi movida, pero me enamoro), ahora que sabemos, no solo que estamos en la final del Mundial, sino que nos toca cargar con la responsabilidad de defender a Don Fútbol de las injerencias, la corrupción y los favoritismos federativos que representa Argentina 2026, la selección más odiada de la historia de las Copas del Mundo, y reparar la ruptura del tejido fútbol-tiempo que ha conseguido, en apenas un mes, que un icono del buenismo como Leo Messi se haya convertido en el enemigo a batir por todo aficionado mundial a los tipos corriendo detrás de la pelotita que no haya nacido en la orilla oeste del Río de la Plata. (Este fuego es demasiao poderoso).

La FIFA no solo ha tardado ocho partidos en deshacer la reputación del mejor jugador de la historia para convertirlo en un sospechoso, sino que nos ha birlado a todos los aficionados la posibilidad de entender la gran fiesta del fútbol como lo que es: un juego. (No se está tan mal persiguiéndome la cola). Un juego, como la parte del verano que nos toca pasar buscando la sombra en la ciudad, fingiendo estar atados a la jornada intensiva, encontrando un poco de brisa a deshoras en algún velador antes de tomarnos realmente en serio y empezar a vacacionar como locos. La celebración del fútbol que hubiera supuesto para mí cualquiera de las otras 2.256 combinaciones posibles de selecciones enfrentándose en la final del Mundial ha quedado descartada. (Quiero que me cuentes la emoción de pasar de cien a cero). ¿Qué importa más: ganar o que pierdan ellos? Es imposible hacerle honor a un Mundial que habíamos encarado con la inocencia propia de un niño, pero que se ha convertido en una cruzada contra los intereses de los mayores, que por una vez no pueden llevar razón.

Reconozco que lleva pasando por mi cabeza desde el mismo miércoles la idea tabú de no ver la final. Ya conozco la sensación de apurar las cosas buenas hasta el final, hasta que dejan de serlo. El minuto 93, la prórroga. Los días en que fui casi sin dormir al trabajo por ver partidos absurdos han sido perfectos en sí mismos. Descubrir patas de conejo y hacer cábalas también. Hasta he aprovechado el ímpetu mundialista para escribir por fin de fútbol. (Ojalá la luz nos enfoque). El Mundial comenzaba ante nosotros como los recreos en el colegio, con un sinfín de posibilidades por delante auspiciadas por un balón, pero con el tiempo tasado. No ver el Argentina-España significa sonreír cuando pitan el final y abandonar el patio tranquilo porque vas ganando el partido o porque la chica que te gusta ya te ha visto marcar gol. Subes a clase con los deberes hechos. Así podemos sentirnos —sudorosos y exhaustos; el verano no ha dado tregua— todos los que hemos vivido de verdad el mejor Mundial de nuestras vidas.

Sin embargo, (No me quiero detener a este ritmo en la faena), es complicado frenar en plena caída, acabar con la tragedia cuando está pasando por delante de nuestros ojos. Incluso cuando la protagonizamos nosotros mismos, apartar la mirada del horror es un reto, pero aún es más complicado detenernos cuando estamos en pugna, en lucha (siempre voy a sostener tu cabeza en la pelea), envueltos en una historia, en una apuesta a doble o nada como este España-Argentina. Uno quiere salir a las ocho el domingo muy resuelto de casa y, en vez de ocupar su lugar en la cábala, en la barra del bar, cargado de amuletos y arrastrando consigo a la buena suerte, desabotonarse el primer botón y el segundo de la camisa y, para evitar los cantos de sirena, amarrarse a un cuerpo querido e ir a ver La Odisea de Nolan en el Ideal.

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