El fútbol. Lo más importante de las cosas menos importantes. Cita que se atribuye a cierto exjugador argentino de cuyo nombre no quiero acordarme. Al menos hoy. No es el momento. Bendito deporte, que nos llena los vacíos o amortigua las balas de realidad durante 90 minutos. Nos hace perder la racionalidad. Lo mismo digo eso para justificar lo que para mí ya es una cuestión protocolaria antes de cada partido grande. Diría que hasta funcionarial. Esos mensajes que se mueven en la trémula frontera entre el contragafe y el más recalcitrante pesimismo, el torbellino de dudas que me invade para el gran día o los rituales in situ. Incluso he dudado si escribir esto o no. No vaya a ser...  Lo reconozco. Este deporte me hace irracionalmente supersticioso.

Eres un rayao’. Deja de llorar”. No son pocas las veces que he leído esa respuesta en mis grupos de WhatsApp estas semanas. Especialmente el de este periódico, donde ya están más que acostumbrados a tratar con mi cabeza en los días previos a una gran cita futbolística. Son muchos años y muchas finales, aunque sea de Champions y con el Real Madrid de por medio. Pero da igual. El modus vivendi es inmutable. “No lo veo, ¿eh? No estoy preparado para perder contra estos – inserte rival cualesquiera -”, bombardeo cada día para llevarme la misma respuesta con la que arranca este párrafo. Pero ¿qué le voy a hacer?, he mamado de las enseñanzas del contragafe de Petrelli durante toda mi adolescencia… y aún sigo haciéndolo.

Aunque supongo que los genes también tendrán algo que ver. Mi padre me inoculó esa pasión por la redonda, quizás también con altas dosis de supercherías. Ya sabéis, quien a los suyos se parece… La cuestión es que, en mi caso, no sólo me parezca; sino que he corregido y aumentado sus enseñanzas. Ninguno de los dos ha querido nunca ver una final de Champions con el otro. Cada cual tenemos nuestros rituales. Sólo una vez se ha roto ese pacto, no sin ponernos la venda antes de la herida: “Como palmemos, una y no más”. Salió cara, afortunadamente para nosotros, pero tampoco hay que tentar constantemente a la suerte, ¿no? Eso sí, toda vez el árbitro pita el final, con idéntico resultado siempre – una Champions para el Madrid –, primera llamada y a romperse de emoción.

Decía que he corregido y aumentado esos vicios porque mi cabeza va más allá. Sin ir más lejos, todavía no he estrenado mi camiseta de España en este Mundial. ¿Por qué? Porque hasta el partido de semifinales no la tuve en mis manos y, según la recibí, se fue junto con el resto de mi colección de fútbol y baloncesto. Aun estando en mi casa, repetí el mismo outfit que en el resto de eliminatorias: camiseta cuasi beige de los Red Hot Chilli Pepers, pantalón corto de idéntico color, mis Adidas y unos calcetines blancos. Lugar de visionado del partido, itinerante. La compañía, también. Pero la ropa que no se cambie ni un ápice, no sea que Don Fútbol se entere y nos castigue con una eliminación o derrota.

La duda con la que doy la turra a mis amigos es si cambio la camiseta de los Red Hot por la exitosa blanca de España con el '8' de Fabián a la espalda. Mismos comentarios de siempre que no desenmarañan mis supersticiones, mientras mi estado de nervios va in crescendo ante la oportunidad de ver una segunda estrella coronando el escudo de mi país. El fútbol, queridos amigos. Lo más importante de las cosas menos importantes.

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