En el Mundial de 2006, Lionel Scaloni y Leo Messi compartieron por primera vez el vestuario de Argentina. Scaloni era un lateral dispuesto a ocupar el lugar que necesitara el equipo. Messi, el futbolista alrededor del cual iba a girar durante dos décadas la historia de la selección. Uno empezaba a despedirse lentamente de los grandes escenarios. El otro apenas estaba entrando en ellos.

Veinte años después, volverán a encontrarse el domingo en otra final del Mundial. Messi estará sobre el césped, probablemente ante la última gran oportunidad de su carrera internacional. Scaloni permanecerá a unos metros, lo bastante cerca para orientarlo y lo bastante lejos para no taparlo.

La relación entre ambos contiene buena parte de la transformación de Argentina. Scaloni no fue el entrenador que descubrió a Messi, ni el que le enseñó a jugar, ni siquiera el primero que intentó construir un equipo a su alrededor. Hizo algo quizá más difícil: consiguió que la selección dejara de ser una deuda para convertirse en un lugar al que Messi quisiera regresar.

Después del fracaso del Mundial de Rusia, el capitán dejó de acudir durante varios meses a las convocatorias. Argentina parecía haber agotado otra generación y Messi volvía a cargar con la antigua acusación de no reproducir con la camiseta albiceleste aquello que hacía en Barcelona. En diciembre de 2018, Scaloni admitió que tenía pendiente una conversación con él para intentar que regresara durante el año siguiente. Aquel diálogo terminó abriendo la etapa más feliz de sus carreras internacionales.

Scaloni no rescató a Messi. Construyó una Argentina en la que Messi ya no tuviera que rescatar a todos los demás.

El seleccionador que esperaba a otro seleccionador

Scaloni nunca debió permanecer demasiado tiempo en el cargo. En agosto de 2018, después de la eliminación contra Francia y la salida de Jorge Sampaoli, la Asociación del Fútbol Argentino anunció en un escueto comunicado que dirigiría los siguientes amistosos junto a Pablo Aimar y Martín Tocalli.

La propia Federación explicó entonces que se tomaría el tiempo necesario para encontrar un entrenador definitivo. Scaloni no era la apuesta de futuro: era el hombre disponible mientras llegaba alguien con mayor experiencia, más títulos y un apellido capaz de reconstruir la autoridad perdida.

Ni siquiera él trató de ocultar sus carencias. Cuando le preguntaban por su falta de experiencia, reconocía que la crítica era cierta. Nunca había dirigido como primer entrenador a un equipo profesional. Había acompañado a Sampaoli en el Sevilla y en la selección y, tras el Mundial, había quedado dentro de la estructura federativa.

Argentina estaba entregando uno de los banquillos más exigentes del mundo a un técnico que todavía estaba aprendiendo a serlo.

Pero la provisionalidad no le resultaba extraña. Como futbolista, Scaloni había construido su carrera adaptándose. En el Deportivo de La Coruña se convirtió en un jugador útil para distintas posiciones, más asociado al esfuerzo que al brillo. Después pasó por Inglaterra, Italia, el Racing de Santander y el Mallorca. No era el hombre alrededor del cual se diseñaban los equipos, sino uno de esos jugadores que ayudan a que el diseño funcione.

Scaloni hizo carrera entrando cuando alguien lo necesitaba. Argentina lo necesitó y ya no volvió a sacarlo.

Su nombramiento también fue consecuencia del desconcierto. Varios técnicos de mayor prestigio no aceptaron un cargo que entonces parecía envenenado. La selección acumulaba entrenadores, derrotas y conflictos internos desde la final perdida en 2014. Messi estaba desgastado y la AFA todavía trataba de recomponerse después de años de caos institucional.

Scaloni recibió un equipo que no era suyo y un puesto que debía abandonar pronto. Ocho años después, ha ganado las Copas América de 2021 y 2024, el Mundial de Qatar y ha conducido a Argentina hasta una segunda final mundialista consecutiva. El parche terminó sosteniendo toda la camiseta.

Devolverle Argentina a Messi

El primer gran desafío no consistía en elegir un sistema. Consistía en recuperar a Leo Messi.

Scaloni conocía al capitán como antiguo compañero, pero debía aprender a relacionarse con él como entrenador. Entre ambos existía una asimetría evidente. Messi era ya uno de los mejores futbolistas de la historia. Scaloni apenas podía mostrarle una libreta de técnico principiante y la promesa de que aquella selección, tantas veces convertida en una fuente de dolor, podía ser diferente.

No intentó imponerse mediante una autoridad que todavía no tenía. Tampoco quiso convertir la vuelta del capitán en una escenificación pública. En aquella entrevista de diciembre de 2018 habló de una conversación pendiente, de optimismo y del deseo de cualquier entrenador de dirigirlo. No presentó su regreso como una obligación patriótica. Lo trató como una decisión que debía volver a tener sentido para el propio futbolista.

Messi regresó en 2019 a una selección todavía incompleta. Argentina terminó tercera en la Copa América de aquel año, pero durante el torneo comenzó a aparecer el grupo que después cambiaría su historia. Scaloni fue incorporando jugadores jóvenes, rebajando antiguas jerarquías y construyendo un vestuario en el que el capitán dejaba de estar aislado.

El cambio fundamental no fue táctico, sino emocional. Durante años, cada derrota de Argentina había terminado convertida en un plebiscito sobre Messi. Se le pedía que organizara, desequilibrara, marcara, liderara y respondiera por un país entero. Si el equipo perdía, el fracaso encontraba rápidamente un único rostro.

Scaloni comprendió que la mejor forma de proteger al mejor futbolista no consistía en esconderlo de la responsabilidad. Consistía en repartir esa responsabilidad entre todos.

A su alrededor aparecieron Rodrigo de Paul, Leandro Paredes, Emiliano Martínez, Cristian Romero, Lautaro Martínez, Julián Álvarez, Enzo Fernández o Alexis Mac Allister. Jugadores con funciones distintas, pero unidos por una misma voluntad: que Messi pudiera seguir decidiendo partidos sin tener que sostener por sí solo todo aquello que ocurría antes y después de recibir el balón.

Scaloni construyó el equipo alrededor de Messi, pero evitó que Argentina volviera a ser únicamente Messi. Esa diferencia separa el culto a una figura de la construcción de un colectivo.

Scaloni también ha protegido a Messi de una forma menos visible: evitando apropiarse de él. No ha utilizado su relación con el capitán para construir una celebridad paralela ni para presentarse como el hombre que finalmente descifró al genio. Incluso después de conquistar el Mundial, siguió apartándose de la fotografía para que los jugadores ocuparan el centro.

La Copa América de 2021 cambió definitivamente el vínculo entre Messi y su país. Argentina venció a Brasil en Maracaná, terminó con 28 años sin grandes títulos y permitió al capitán levantar su primer trofeo importante con la selección absoluta. En Qatar llegó el Mundial. Después, la Copa América de 2024 confirmó que no se trataba de una única explosión emocional, sino de una etapa.

La imagen más repetida de aquellos triunfos muestra a Messi levantando copas. Pero en muchas de ellas Scaloni aparece cerca: llorando, abrazándolo o contemplando la celebración con la expresión de quien todavía no está seguro de pertenecer a la escena.

Este Mundial ha vuelto a reunirlos alrededor del sufrimiento. Después de que Argentina remontara un 0-2 ante Egipto en los octavos de final, el seleccionador no pudo contener las lágrimas. Messi también se emocionó. No era únicamente el alivio de evitar una eliminación inesperada. Era la conciencia de que cada partido acerca a ambos al final de un recorrido compartido.

A los 39 años, Messi ha llegado a la final con ocho goles y sigue siendo el elemento decisivo de Argentina. Scaloni asegura que su rendimiento no le sorprende y lo describe como una “máquina” cuando detecta la posibilidad de hacer daño. Quienes esperaban que la edad terminara con él, afirma, no lo conocen suficientemente bien.

Una selección con su apellido que no le pertenece

El éxito acabó bautizando al equipo como la Scaloneta. El apodo convierte al entrenador en conductor de una aventura colectiva, aunque su manera de ejercer el cargo consiste precisamente en no colocarse por encima del resto de los pasajeros.

Scaloni no ha creado una doctrina rígida. Argentina no responde a un único sistema ni convierte la fidelidad a un dibujo en una demostración moral. Puede juntar centrocampistas, reforzar la defensa, presionar arriba, esperar cerca de su área o introducir dos delanteros. El entrenador cambia porque entiende que la identidad de un equipo no reside necesariamente en repetir siempre los mismos movimientos.

Su principal obra no es una formación. Es un contexto en el que los futbolistas saben por qué están y qué se espera de ellos.

En esa construcción resulta fundamental su cuerpo técnico. Pablo Aimar, Walter Samuel y Roberto Ayala no funcionan únicamente como ayudantes que ejecutan las órdenes del seleccionador. Son antiguos internacionales con voz propia, vínculos diferentes con los jugadores y una experiencia que Scaloni incorporó desde el principio para compensar aquello que todavía no tenía.

El poder se encuentra repartido. Messi ejerce la autoridad dentro del campo; Scaloni decide sin monopolizar; Aimar aporta proximidad y sensibilidad; Samuel y Ayala sostienen otras áreas del trabajo. El vestuario no depende de un único hombre fuerte, sino de una red de confianzas.

Esa fórmula contradice una imagen muy arraigada en el fútbol argentino: la del entrenador como caudillo, ideólogo o personaje que necesita dominar cada conversación. Scaloni manda de otra manera. No confunde liderazgo con ruido ni autoridad con culto al jefe.

Incluso sus correcciones tácticas parecen responder a esa ausencia de orgullo. Si el plan no funciona, lo modifica. Si un joven demuestra estar preparado, le abre espacio. Si el partido exige renunciar a la idea inicial, no convierte la rectificación en una derrota personal.

El alumno contra su otra casa

El domingo, Scaloni se enfrentará también a una parte importante de su propia vida. Desarrolló buena parte de su carrera en España, vive en Mallorca, su pareja es española y sus hijos nacieron en el país. En 2017 realizó el curso de entrenador de la Federación Española en Las Rozas, donde coincidió con Luis de la Fuente como uno de sus profesores. Ahora se encontrarán en las áreas técnicas de una final mundialista.

La historia ofrece una simetría perfecta. De la Fuente pasó años preparándose dentro de las categorías inferiores para un cargo que tardaría en llegar. Scaloni recibió el cargo antes de estar preparado y tuvo que aprender mientras lo ejercía.

Uno conocía a sus futbolistas desde que eran jóvenes. El otro tuvo que convencer al mejor de todos de que regresara.

Pero la final no enfrentará únicamente a un maestro con su antiguo alumno. También medirá dos formas de relacionarse con el protagonismo. España ha construido una selección capaz de distribuirlo entre muchos jugadores. Argentina ha organizado un colectivo alrededor de una figura irrepetible sin permitir que el peso vuelva a aplastarla.

El domingo, Messi puede disputar su último partido en una Copa del Mundo. También puede entregar a Scaloni el título que convertiría una etapa extraordinaria en una dinastía.

En 2018, ambos tenían pendiente una conversación. Uno no sabía si quería regresar. El otro no sabía cuánto tiempo permanecería en el cargo. Ocho años después, siguen hablando.

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