Cierren los ojos. Pidan una final de Mundial de película para el último baile de Messi. Pidan que sea en Estados Unidos. Que enfrente al campeón de Europa con el campeón de América. Que al otro lado esté España, el país donde el argentino construyó su leyenda. Pidan la Finalissima que nunca se jugó, el equipo que mejor trata la pelota contra el que mejor sobrevive al abismo.

Ábranlos. El domingo, a partir de las 21.00 horas a las puertas de Nueva York. España contra Argentina.

Para llegar hasta allí, la campeona tuvo que levantarse otra vez.

Argentina ha estado contra las cuerdas demasiadas veces en este Mundial. Ante Cabo Verde, frente a Egipto y también contra Suiza pareció caminar al borde de la eliminación. La golpean, se tambalea y parece a punto de caer, pero tiene la mandíbula de Rocky. Puede recibir durante varios asaltos, mirar al rival desde la lona y volver a ponerse en pie cuando ya ha empezado la cuenta atrás.

Inglaterra creyó que esta vez no se levantaría.

Hasta el gol de Gordon, la semifinal fue un festival del otro fútbol. El de las faltas, las protestas, los choques y las pequeñas guerras. Un partido de barro, de alto riesgo para los jugadores y, por momentos, también para la vista del espectador. No se trataba de comprobar quién trataba mejor la pelota, sino de decidir quién pegaba más fuerte.

La primera tangana llegó en el minuto tres, después de una entrada de Enzo Fernández sobre Elliot Anderson. Un aviso a navegantes de lo que íbamos a presenciar. Fue prácticamente la única declaración de intenciones de una primera mitad sin ocasiones, sin ritmo y sin apenas espacios. Julián Álvarez aparecía desconectado. Messi vivía lejos del área. Inglaterra vigilaba, Argentina circulaba y el partido se consumía sin pasar realmente por ningún sitio. Bellingham y Kane eran dos gregarios más en el partido que Tuchel había diseñado desde la pizarra.

Antes de Messi

Entonces apareció Gordon. Una pelota larga, una cadena de errores argentinos, la duda del Dibu y el atacante inglés ganándole la espalda a Molina. Inglaterra tenía a la campeona donde quería: contra las cuerdas, herida y obligada a exponerse.

Tenía la ventaja. Tenía el partido. Tenía la ocasión de terminar el trabajo. Argentina estaba herida. Inglaterra tenía el gol, el partido y la oportunidad de rematar a la campeona. Pero tuvo miedo.

Thomas Tuchel retiró al autor del gol y metió a un central. Fue mucho más que una sustitución. Inglaterra dejó de pensar en ganar y comenzó a rezar para no perder. Retrocedió, acumuló defensores y entregó la pelota. Dejó de mirar la portería del Dibu y comenzó a mirar el reloj. Renunció a los metros, a las transiciones y a la amenaza que había mantenido ocupada a la defensa argentina. Hundió a sus centrocampistas, acumuló zagueros y convirtió su propia área en el centro del partido.

Y cometió el peor de los pecados posibles: regalarle el partido a Messi. Fue como decirle: gáname.

Y Messi, claro, le ganó.

Después de Messi

Al igual que sucedió ante Egipto, primero apareció lejos del área. Después, en el costado derecho. Más tarde, por dentro. Cada posesión argentina empezó a pasar por él y cada futbolista inglés comenzó a retroceder unos centímetros más.

Messi no necesitó acelerar el partido. Le bastó con atraerlo.

Cuando recibía, Inglaterra se cerraba. Cuando levantaba la cabeza, los centrales miraban el balón. Cuando se preparaba para centrar, el área inglesa se llenaba de piernas, cabezas y miedo. Tuchel había reforzado la defensa, pero cada nuevo defensor parecía aumentar la sensación de asedio.

Argentina reaccionó como reaccionan los equipos campeones: creyendo que el partido seguía siendo suyo incluso cuando el marcador decía lo contrario. Avisó una vez en el minuto 69. Messi colgó la pelota con veneno y Nico González cabeceó, pero Jordan Pickford respondió con una parada extraordinaria. Avisó una segunda vez en el 76. Alexis Mac Allister volvió a ganar por arriba y estrelló su remate contra el palo. Argentina no necesitó avisar una tercera.

En el minuto 84, Enzo Fernández probó desde fuera del área y Pickford envió el disparo a córner. La jugada continuó. Con todas las miradas centradas en ese magnetismo que genera el 10 de Argentina, la pelota regresó al pie derecho del centrocampista argentino, que calibró de nuevo la mirilla y dibujó un disparo con comba hacia el fondo de la red.

Otra vez Enzo. Otra vez Argentina encontrando a alguien cuando todos miraban a Messi. Porque Argentina es Messi, pero no es Messi y diez más. Messi atrae y los demás aparecen. Messi ordena el caos y sus compañeros lo convierten en una rebelión.

El empate no despertó a Inglaterra. La terminó de hundir.

Los tres leones eran ya once futbolistas mirando el reloj, esperando que el tiempo defendiera mejor que ellos. Tuchel había llenado el campo de centrales, pero su selección parecía cada vez más indefensa. Inglaterra se había refugiado tanto que ya no sabía cómo salir.

El tiempo añadido pertenecía a Argentina. Los dioses ya habían decidido el signo del partido. La pelota regresó a la campeona y terminó donde llevan muriendo tantas historias en las dos últimas décadas: en los pies de Messi.

El capitán recibió abierto en la derecha, a pie natural, levantó la cabeza y envió otro centro con música al área pequeña. Inglaterra tenía centrales de sobra. Le faltó decisión. Fallaron todos en el salto y Lautaro Martínez apareció para cabecear el 1-2.

El gol fue de Lautaro. La firma era de Messi.

Tuchel intentó reaccionar cuando ya era tarde. Retiró defensas, introdujo atacantes y quemó las naves que él mismo había decidido amarrar. Pero Inglaterra había renunciado al partido mucho antes de perderlo.

España espera al otro lado en la final de nuestras vidas

Y al final del camino, España. Como si todo este Mundial hubiera avanzado, partido a partido, hacia una última escena inevitable. Como si cada remontada argentina, cada sufrimiento y cada paso de Messi al borde del adiós hubieran conducido exactamente hasta aquí. Al otro lado estará la campeona de Europa, el equipo que mejor ha tratado la pelota, la selección que ha convertido el talento de una generación joven en una forma de mandar sobre los partidos.

Ya habrá tiempo para escribir ríos de tinta. Para hablar del campeón de Europa contra el campeón de América, de dos selecciones que han gobernado sus continentes y que ahora se disputarán el mundo. Para recordar aquella Finalissima que nunca llegó a celebrarse y que el destino ha decidido recuperar en el escenario más grande posible. Para enfrentar la precisión de España con la resistencia de Argentina, el equipo que domina desde el juego contra el que ha aprendido a sobrevivir en el abismo.

También habrá tiempo para contar todo lo que une a Messi con el rival que tendrá enfrente. España fue el lugar donde dejó de ser una promesa frágil para convertirse en el mejor futbolista de su época. Allí creció, ganó, perdió, maravilló y construyó casi toda su leyenda. Ahora, en el último gran presente de su carrera con Argentina, el país que lo vio hacerse eterno aparece como el último obstáculo entre él y otra Copa del Mundo.

Habrá tiempo para hablar de Nueva York, del último baile y de una noche destinada a quedarse para siempre en la memoria. Del campeón que se resiste a entregar la corona. De una España que llega convencida de que su momento ha llegado. De Messi frente al pasado, frente al futuro y frente a la posibilidad de escribir una última página que parecía reservada para la ficción.

Ya habrá tiempo para todo eso. Para analizar, recordar, comparar y anticipar. Ahora basta con pronunciarlo otra vez, lentamente, como quien necesita escuchar las palabras para terminar de creerlas: España-Argentina. Messi. Una Copa del Mundo en juego.

La final de nuestras vidas.

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