Hay partidos que duran 90 o 120 minutos y otros que empiezan mucho antes: en una noche de Johannesburgo, con Andrés Iniesta golpeando el balón por debajo de Maarten Stekelenburg para inundar de felicidad los corazones de 47 millones de personas. Un país entero tocó el cielo por primera vez y se desquitó de décadas de complejos y maldiciones. Dieciséis años después, ese país no ha perdido la ilusión. España regresa al lugar reservado para las leyendas, allí donde las papas queman y hay que soportar el dolor. Allí donde se construyen los recuerdos indelebles de un deporte capaz de paralizar el planeta. Este domingo, a las 21.00 horas —hora peninsular—, el New York New Jersey Stadium será el coliseo en el que los gladiadores de Luis de la Fuente desafíen al rey absoluto del fútbol por su cetro mundial y traten de grabar sus nombres entre las estrellas.
Frente a frente estarán la vigente campeona de Europa y la actual campeona del mundo y de América. España persigue su segunda estrella. Argentina busca igualar a Alemania con cuatro títulos y acercarse a una Brasil en horas bajas, además de aprovechar la oportunidad de enlazar dos Copas del Mundo consecutivas. Nadie lo ha conseguido desde la Canarinha de comienzos de los años sesenta. En medio de esas líneas épicas aparecen dos nombres que resumen el paso del tiempo: Lionel Messi y Lamine Yamal.
El recuerdo no gana campeonatos
España está en Nueva Jersey por méritos propios, después de construir su camino desde la más pura artesanía. Partido a partido, los chicos de De la Fuente se sobrepusieron a un inicio dubitativo - casualidad o no, como en Sudáfrica - y crecieron a partir de aquella primera adversidad. Fue un toque de atención que engrasó la maquinaria hasta convertirla en un mecanismo perfecto de sometimiento. Ganó su grupo, desarmó a Austria, doblegó a una ramplona Portugal y supo sufrir ante una Bélgica más combativa de lo esperado. Así llegó hasta la semifinal, donde la Francia de Kylian Mbappé amenazaba el sueño de la segunda estrella. La Selección triunfó desde la solidaridad y mediante un control cerebral del balón que desquició a la constelación gala. Un triunfo incontestable para certificar su billete a la final.
La brillantez de España se ha construido sobre Rodri, quizá su gran arquitecto. Veintidós meses después de romperse el ligamento cruzado, el Balón de Oro se disfrazó de metrónomo e impuso su ley sobre el césped. Entró en trance con la pelota y pareció olvidarse de los castigos que Don Fútbol le había impuesto. Mostró una templanza y una estatura competitiva al alcance de muy pocos peloteros, hasta desafiar la inconmensurable talla de Sergio Busquets como mejor ‘5’ moderno. Un debate que seguirá abierto, pase lo que pase este domingo.
Pero, como solía recordar don Alfredo Di Stéfano, "ningún jugador es tan bueno como todos juntos". La máxima explica a esta selección: una España que entiende el fútbol desde el conjunto y no desde la individualidad; desde el amor a la pelota y la voluntad de domesticarla, sin importar las circunstancias.
Junto a Rodri aparecen otros actores con papeles aparentemente secundarios, pero cuya importancia resulta crucial para descifrar el entramado español. Desde atrás emergen Aymeric Laporte y Pau Cubarsí, que forman con el centrocampista un triángulo capaz de asfixiar al rival, como hicieron ante Francia. España empieza a gobernar desde ahí, convirtiendo cada posesión larga en una forma de desgaste hasta transportar la pelota a la posición del ‘10’. En esa zona añade su calidad Dani Olmo, un talento descomunal entre líneas y en espacios reducidos.
Tampoco puede olvidarse a un Fabián Ruiz que ha asumido el papel de escudero de Rodri Hernández en la sala de máquinas. El sevillano acaricia el cuero con delicadeza y aporta una lectura del juego que permite al resto de músicos afinar sus instrumentos. Una orquesta que todavía espera la mejor versión - fundamental para la final - de Lamine Yamal, llamado a desafiar al pasado, al presente y al futuro en su duelo simbólico con Leo Messi.
España tendrá que ser fiel a sí misma, pero no ingenua. En la retina permanece el cerrojazo mal planteado - por enésima vez - de un Thomas Tuchel que tropieza por enésima vez con la misma piedra sin importar el contexto, ya sea en clubes o selecciones. El alemán condujo a Inglaterra al patíbulo. Su repliegue concedió a una Argentina contra las cuerdas hasta el minuto 60 la posibilidad de buscar disparos lejanos y remates tras centros laterales, pese a la superioridad física del muro británico.
Los de De la Fuente deberán imponerse a un equipo que tratará de ensuciar el ritmo, multiplicar los duelos y conducir el encuentro hacia un plano emocional, lejos de la racionalidad de España con balón. Hará falta paciencia para no confundir posesión con dominio y agresividad para recuperar el esférico antes de que Messi pueda recibir con espacio entre líneas. No habrá un marcaje individual sobre el rosarino, porque eso supondría incurrir en el mismo error que los Three Lions: vigilar al astro y descuidar el sistema que gravita a su alrededor.
Messi y la costumbre de sobrevivir
Lejos de la finura melódica de los tenores de De la Fuente aparece la Argentina de Lionel Scaloni, un equipo que gana desde la heterodoxia. Gana a su manera: sobreviviendo. Derrotó a la sorprendente Cabo Verde y a Egipto en partidos abiertos. Hizo lo propio ante Suiza, imponiendo su jerarquía, y lo demás es historia. Enzo Fernández - con la colaboración del voluble Pickford - y Lautaro Martínez desvalijaron el Museo Británico, sellaron el segundo billete consecutivo de la Albiceleste para una final mundialista y desataron de nuevo la locura que los argentinos sienten por este deporte.
Diecisiete de los 26 convocados por Scaloni levantaron ya la Copa en Qatar. Esa memoria competitiva es una de sus grandes armas. Emiliano Martínez empequeñece la portería para los delanteros rivales; el Cuti Romero convierte cada duelo en una declaración de guerra; y el centro del campo mezcla el trabajo de Rodrigo de Paul con la precisión de Enzo Fernández y Alexis Mac Allister.
Y después está Él. Lionel Messi. A sus 39 años, suma ocho goles y se asoma al que podría ser su último baile mundialista. Ya no necesita dominar todos los minutos. Le basta con aparecer en uno. Argentina ha aprendido a proteger sus pausas y a reconocer el instante en el que encuentra una grieta. Contra Inglaterra no marcó, pero volvió a ordenar el ataque. Su influencia también se mide por la inquietud que provoca cuando recibe entre líneas.
Scaloni ha construido un equipo que no vive únicamente de su número ‘10’, aunque su fuerza gravitacional siga atrayendo todo el fútbol hacia su órbita. Argentina sabe competir cuando él aparece y también cuando guarda fuerzas. Esa adaptación ha convertido a la vigente campeona en una selección menos brillante que España, pero quizá más acostumbrada a habitar en el filo.
La final que decidirá una era
Es imposible no sentir este partido como una deuda pendiente del fútbol. España y Argentina debían medirse en la Finalissima, el encuentro que enfrenta a los campeones de las dos grandes potencias futbolísticas: Europa y América. Sin embargo, aquella cita nunca llegó a celebrarse porque Don Fútbol decidió que la contienda requería un campo de batalla más ambicioso.
El destino ha reservado una reparación desmesurada y ha colocado la ansiada Copa del Mundo como cetro universal en la primera final entre dos países hispanohablantes desde Uruguay 1930.
Para Argentina, ganar significaría prolongar una dinastía y convertir la posible despedida mundialista de Messi en una coronación. Para España, supondría confirmar que la Eurocopa no fue un punto de llegada, sino el inicio de algo mayor. También permitiría cerrar el círculo abierto en Sudáfrica: de Casillas, Puyol, Xavi, Iniesta y Villa a Rodri, Cubarsí, Fabián y Lamine. Una generación que no pretende imitar a la de 2010, sino conquistar su propio lugar.
Las condiciones pueden introducir ruido. Se esperan calor y humedad, el césped de Nueva Jersey ha recibido críticas y España habrá disputado apenas su segundo encuentro al aire libre. Todo aquello que rompa el ritmo favorece a una Argentina cómoda en el conflicto. La Selección deberá conseguir que la final se juegue al compás de su centro del campo, lejos del intercambio de golpes y de ese terreno emocional en el que la Albiceleste acostumbra a sobrevivir.
Han pasado dieciséis años, pero el recuerdo sigue intacto: la carrera de Navas, el balón avanzando a trompicones hasta llegar a Fábregas, su pase limpio y aquel golpeo que cambió para siempre la relación de España con los Mundiales. El domingo no estará Iniesta y no habrá que repetir Sudáfrica. Las leyendas no se reproducen; se escriben de nuevo. Nueva Jersey espera. Argentina defiende el trono. España vuelve a tener delante la eternidad.
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