Cuando Luis de la Fuente mire a sus jugadores antes de la final del Mundial, no verá solamente a los once futbolistas elegidos para enfrentarse a Argentina. Verá también distintas edades de su propia carrera. A algunos los conoció cuando todavía jugaban en la selección sub-19. A otros los acompañó en la sub-21 o durante los Juegos Olímpicos de Tokio. Muchos llegaron después a los grandes estadios, a los contratos millonarios y a las noches que deciden títulos. Él había llegado antes.

En el fútbol de las grandes figuras, De la Fuente ha construido su autoridad de una forma poco habitual. No procede del prestigio acumulado en los banquillos del Real Madrid, el Barcelona o alguno de los gigantes de la Premier League. Tampoco de una carrera internacional convertida en argumento de mando. Su poder se apoya en algo mucho más difícil de medir: el conocimiento anterior a la fama.

De la Fuente supo quiénes eran varios de sus internacionales antes de que el resto del país aprendiera sus nombres. Conoció sus dudas, sus etapas de formación y sus primeras derrotas. Los dirigió cuando todavía no eran campeones de Europa, candidatos al Balón de Oro ni referentes de la selección absoluta. El domingo, en el escenario más importante de sus vidas, muchos de ellos volverán a escuchar la voz del entrenador que los observaba cuando todavía estaban aprendiendo a ser profesionales.

La final que empezó con un contrato de tres meses

La historia de De la Fuente en la selección no comenzó con una presentación multitudinaria ni con una apuesta estratégica a largo plazo. Comenzó en 2013, cuando la Real Federación Española de Fútbol le ofreció dirigir a la sub-19 con un contrato de apenas tres meses.

Tenía 52 años y llevaba más de un año sin entrenar.

Su trayectoria en los banquillos estaba lejos de anticipar una final mundialista. Había iniciado su carrera como técnico en el Portugalete, en el fútbol vizcaíno, antes de pasar por las categorías inferiores del Athletic Club, el Aurrera de Vitoria y el Alavés. Era un hombre de fútbol, pero no una celebridad del fútbol. Uno de esos entrenadores que acumulan campos, viajes y vestuarios sin aparecer demasiado en los grandes titulares.

La Federación le ofreció una puerta estrecha y De la Fuente entró por ella. Lo que debía ser un encargo provisional terminó convirtiéndose en un recorrido de más de una década por casi todas las plantas del edificio federativo.

Con la sub-19 fue campeón de Europa en 2015. Después asumió la sub-21 y volvió a conquistar el continente en 2019. En 2021 dirigió al equipo olímpico que obtuvo la plata en Tokio. Cuando llegó al banquillo de la absoluta, a finales de 2022, no aterrizó en un territorio desconocido. Ascendió dentro de una estructura que conocía desde los cimientos.

Por eso su nombramiento generó inicialmente más dudas que entusiasmo. No tenía la reputación internacional de otros candidatos ni una propuesta futbolística convertida en marca personal. Era, ante todo, el técnico de la casa.

Durante algún tiempo, esa expresión sonó casi como una limitación. Ahora explica una parte importante de su éxito.

Antes de que fueran estrellas

La relación de De la Fuente con esta generación puede reconstruirse a través de los futbolistas que ha ido encontrando en distintas categorías.

A Rodri Hernández, Mikel Merino y Unai Simón ya los dirigió cuando todavía pertenecían al fútbol formativo. Con Dani Olmo, Fabián Ruiz y Mikel Oyarzabal compartió la etapa sub-21. A otros, como Marc Cucurella, Martín Zubimendi o Pedri, los acompañó durante la aventura olímpica.

No todos han seguido el mismo camino ni todos ocupan ahora el mismo lugar en la selección. Pero esa memoria compartida diferencia a De la Fuente de la mayoría de los seleccionadores. Un entrenador nacional suele recibir a los jugadores durante unos pocos días, preparar dos partidos y devolverlos rápidamente a sus clubes. Él lleva observando a algunos de sus internacionales desde hace más de diez años.

No heredó una generación terminada. La vio crecer.

Ese conocimiento no garantiza los títulos, pero permite comprender mejor las decisiones del seleccionador. De la Fuente no contempla únicamente el momento actual de un futbolista. Recuerda sus procesos, sus reacciones ante la suplencia, su capacidad para convivir con la presión o el modo en el que respondió la última vez que atravesó una etapa difícil.

Su discurso suele apoyarse en una expresión aparentemente sencilla: los “compañeros de viaje”. Con ella se refiere a los futbolistas que ha ido encontrando durante su carrera y que, de una manera u otra, han terminado acompañándolo hasta la absoluta.

La frase contiene una idea de lealtad, pero también una determinada manera de ejercer la autoridad. De la Fuente no necesita presentarse ante sus jugadores como un personaje inaccesible. Muchos saben de dónde viene. Algunos han compartido con él derrotas juveniles, concentraciones lejos de los focos y torneos que entonces parecían decisivos, aunque el público apenas los recuerde.

Ahora disputarán juntos una final del Mundial.

Mandar sin ocupar el centro

De la Fuente nunca ha proyectado la imagen del seleccionador que desea convertirse en la principal estrella del equipo. Su presencia pública es más convencional que magnética. Habla de trabajo, confianza, familia, esfuerzo y calidad humana. Utiliza un vocabulario conocido y, en ocasiones, excesivamente previsible.

Pero mientras sus declaraciones pueden sonar conservadoras, su selección no siempre lo ha sido.

Desde que asumió el cargo ha modificado jerarquías, abierto la puerta a futbolistas jóvenes y tomado decisiones que inicialmente provocaron resistencia. Ha tenido que administrar la convivencia entre campeones consolidados, nuevas figuras y suplentes que podrían ser titulares en casi cualquier selección del mundo.

Ahí aparece una de las claves de su gestión: conseguir que el grupo acepte que el protagonismo pertenece al equipo y no al seleccionador.

En la banda, De la Fuente no transmite la agitación permanente de otros técnicos. Tampoco convierte cada partido en una representación de sí mismo. Su autoridad es menos escénica. Se basa en la continuidad de las decisiones y en la confianza que ha construido durante años con buena parte del vestuario.

Eso no significa que España juegue gracias a una supuesta armonía sentimental. La selección ha llegado a la final porque tiene futbolistas extraordinarios, porque domina distintos registros y porque ha aprendido a competir cuando el partido deja de parecerse al previsto. Pero la gestión de esos recursos también necesita un entrenador capaz de decidir quién juega, quién espera y quién entra cuando el encuentro empieza a torcerse.

De la Fuente ha conseguido algo especialmente complejo: que una plantilla repleta de nombres propios se reconozca en una idea colectiva.

Las habitaciones oscuras de la casa

El perfil del seleccionador, sin embargo, no puede construirse únicamente desde el éxito deportivo. De la Fuente conoce profundamente la Federación porque ha pasado más de una década dentro de ella. Y conocer la casa también significa haber participado en algunos de sus peores momentos.

En agosto de 2023, durante la asamblea extraordinaria en la que Luis Rubiales se negó a dimitir tras el beso no consentido a Jenni Hermoso, De la Fuente fue uno de los asistentes que aplaudieron el discurso del entonces presidente federativo.

Días después condenó el comportamiento de Rubiales, reconoció que no había estado a la altura y pidió perdón. Negó, sin embargo, que tuviera que abandonar su cargo. Aquella escena permanece en su biografía. El éxito posterior no la elimina ni debería utilizarse para reescribirla.

El episodio mostró a un entrenador acostumbrado a moverse dentro de una organización jerárquica y poco preparado para reaccionar cuando obedecer dejó de ser una posición neutral. De la Fuente había construido su carrera dentro de la Federación y, en el momento en el que la institución quedó expuesta ante el país, su primer reflejo fue permanecer dentro del grupo.

La contradicción resulta central para entender al personaje. El hombre que ha demostrado independencia para tomar decisiones deportivas no siempre mostró la misma autonomía fuera del campo.

Desde entonces, la selección masculina ha tratado de presentarse como una estructura renovada, alejada de la cultura que representaba Rubiales. De la Fuente ha sobrevivido al cambio, ha reforzado su posición con los resultados y ha terminado convirtiéndose en una de las figuras más poderosas de la nueva etapa.

Pero aquella ovación obliga a contemplar su recorrido con más matices. No es solamente el entrenador paciente que acompañó a una generación. También es un producto de la institución, de sus oportunidades y de sus silencios.

El hombre que esperaba su turno

Durante buena parte de su vida profesional, De la Fuente ocupó lugares secundarios. Como futbolista fue un lateral fiable, especialmente vinculado al Athletic Club, pero nunca una estrella alrededor de la que girase el espectáculo. Como entrenador avanzó por equipos modestos, canteras y selecciones inferiores. Incluso cuando conquistaba títulos, otros nombres acaparaban la atención.

Su carrera puede leerse como una larga espera. Pero no la espera pasiva de quien confía en recibir algún día una recompensa, sino la de quien sigue trabajando en espacios donde casi nadie mira.

Cuando fue elegido seleccionador absoluto, muchos interpretaron su nombramiento como una solución continuista y provisional. De nuevo, el contrato parecía más pequeño que la oportunidad. De la Fuente ha respondido convirtiendo la provisionalidad en permanencia.

No ha necesitado inventarse un personaje ni presentarse como un revolucionario. Su gran argumento está sobre el césped. España ha vuelto a competir por los títulos y lo ha hecho con una generación que mezcla futbolistas a los que el técnico conoce desde adolescentes con otros que han aparecido cuando él ya ocupaba el banquillo principal.

Frente a Argentina, la selección se enfrentará no solo al vigente campeón y a la figura de Leo Messi, sino también a una forma distinta de construir la autoridad. Argentina se reconoce alrededor de un futbolista que ha marcado una época. España ha llegado hasta aquí repartiendo el protagonismo entre muchas piezas. Y en el centro de esa estructura se encuentra un entrenador que rara vez parece estar en el centro.

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