Para defender a un futbolista conviene saber primero dónde juega. Con Dani Olmo, el problema empieza ahí. Figura como mediapunta, pero nunca permanece el tiempo suficiente en una misma zona como para que el rival pueda convertirlo en una referencia. Se acerca a Rodri para participar en la salida, cae hacia un costado, se esconde detrás del mediocentro contrario y aparece unos segundos después junto al delantero. Cuando el defensa decide perseguirlo, ya se ha marchado. Cuando opta por esperarlo, recibe solo entre líneas.
El segundo gol de España contra Francia ocurre delante de todo el mundo, pero nadie consigue verlo venir. Pedro Porro entrega la pelota a Dani Olmo y continúa corriendo. El francés que debía cerrar el camino duda durante un instante: no sabe si seguir al lateral, saltar sobre el mediapunta o proteger el espacio. Para cuando toma una decisión, la jugada ya ha terminado. Olmo ha devuelto el balón de primeras y Porro aparece solo ante Mike Maignan.
La pared parece sencilla porque los grandes trucos siempre lo parecen cuando ya han sido ejecutados. España alcanza la final del Mundial, Porro celebra el gol y Olmo vuelve caminando hacia el centro del campo. No necesita quedarse demasiado tiempo en la escena del crimen.
Jugar con Dani Olmo es trampa. No porque incumpla las reglas, sino porque altera las cuentas. España presenta once futbolistas, pero cuando él comienza a moverse el rival tiene la sensación de estar defendiendo contra uno más. Olmo aparece como interior, se ofrece como extremo y llega como delantero. Obliga a que dos jugadores se pregunten quién debe seguirlo y se cuela precisamente en el instante que tardan en encontrar la respuesta. No ocupa una posición. Ocupa la duda del contrario.
El trilero sin cubiletes
Un trilero esconde una bola debajo de tres cubiletes y desafía al espectador a encontrarla. Dani Olmo realiza el truco al revés: todos saben dónde está la pelota, pero nadie consigue determinar dónde se encuentra él.
En un primer momento puede situarse cerca de Rodri. Cuando el centrocampista rival gira la cabeza para seguir la circulación, Olmo se desplaza hasta su espalda. El central duda entonces entre abandonar la línea o proteger el área. Para cuando ambos consiguen repartirse la vigilancia, el número 10 ya ha encontrado otro lugar.
No desaparece del partido. Desaparece de la mirada. Ese movimiento constante no responde al capricho. Olmo comprende qué espacio necesita cada compañero y trata de ocupar siempre el que falta. Si Rodri está siendo presionado, baja para ofrecer una salida. Si Lamine Yamal atrae a dos defensores en la derecha, aparece por dentro. Si el delantero fija a los centrales, ataca desde atrás. Si los interiores rivales estrechan el campo, se desplaza a una banda para crear una superioridad.
Su talento no consiste únicamente en encontrar huecos. Consiste en fabricarlos para los demás y regresar después para aprovecharlos. Perseguirlo puede resultar tan peligroso como dejarlo libre. Upamecano lo intentó la primera media hora del juego hasta que empezó a olerse el truco. Si un mediocentro lo acompaña, abre un pasillo para Fabián o Rodri. Si un central salta para encimarlo, libera la espalda de la defensa. Olmo coloca al rival ante una elección en la que ninguna respuesta parece completamente correcta.
Es un escapista que no necesita esposas. La defensa cree tenerlo encerrado y, cuando vuelve a mirar, ya se encuentra al otro lado.
Una puerta que conoce bien
Dani Olmo llegó al Mundial sin un lugar asegurado. Había cerrado una temporada menos brillante de lo esperado en el Barcelona, marcada nuevamente por interrupciones físicas y por una competencia ofensiva que nunca le permitió instalarse como una pieza absolutamente indiscutible. En la selección, además, debía abrirse paso entre Pedri, Fabián Ruiz, Mikel Merino, Álex Baena y una nómina de centrocampistas capaz de condenar al banquillo a futbolistas extraordinarios.
En el estreno contra Cabo Verde solo disputó los últimos nueve minutos. Alcanzó entonces los 50 partidos con España, pero lo hizo como suplente y con la apariencia de quien tendría que esperar su oportunidad durante el torneo. Contra Austria ya apareció en el once de Luis de la Fuente. En la semifinal ante Francia formó el centro del campo titular junto a Rodri y Fabián. Había comenzado el Mundial fuera y terminó instalado en el corazón del equipo.
No derribó la puerta mediante declaraciones, gestos de disgusto o reclamaciones públicas. La derribó como suele hacer todo: entrando por el espacio que nadie había protegido.
Su influencia tampoco exige una acumulación constante de goles. Puede decidir un partido con una llegada, una recepción entre líneas o una entrega de primeras que deja a un compañero frente al portero. Lo importante no es cuántas veces interviene, sino dónde y cuándo lo hace.
Olmo puede permanecer varios minutos sin aparecer en primer plano. Eso no significa que se haya marchado del encuentro. Está esperando que las vigilancias se relajen, que un defensor mire la pelota o que dos líneas se separen medio metro. Para otros, ese espacio apenas existe. Para él es suficiente. El escapista no necesita que la puerta permanezca abierta. Le basta con encontrar una rendija.
La Eurocopa ya había revelado el truco
No es la primera vez que entra en un gran torneo como alternativa y termina convertido en protagonista.
En la Eurocopa de 2024 tampoco partía como titular indiscutible. Pedri ocupaba inicialmente el espacio por delante de Rodri y Fabián. La lesión del canario en los primeros minutos de los cuartos de final contra Alemania cambió el reparto. Olmo entró desde el banquillo, marcó el primer gol y asistió a Mikel Merino en el cabezazo que resolvió la eliminatoria durante la prórroga.
Después volvió a marcar en la semifinal ante Francia. Terminó el campeonato con tres goles, como uno de los máximos anotadores del torneo, y fue incluido en el once ideal de la UEFA. Había anotado en tres eliminatorias consecutivas y se había convertido en una de las razones principales por las que España conquistó el título. Olmo no estaba destinado a dominar aquella Eurocopa. Acabó haciéndolo.
Dos años después ha repetido el mecanismo. Empieza el torneo esperando, observa desde fuera y termina encontrando una grieta. Puede abrirse por una lesión, una decisión táctica o la necesidad de transformar al equipo. Una vez dentro, su fútbol hace que resulte muy difícil volver a sacarlo. Hay jugadores que derriban la puerta haciendo ruido. Dani Olmo espera a que todos miren hacia otro lado y aparece directamente en la habitación.
La primera gran fuga
Su carrera también comenzó con una escapatoria.
Nació en Terrassa, dio sus primeros pasos en el Espanyol y llegó a La Masia con nueve años. Allí permaneció durante siete temporadas y compartió formación con algunos de los jugadores que más tarde volvería a encontrarse en la selección. Su trayectoria parecía escrita: avanzar por las categorías inferiores, esperar una oportunidad y tratar de alcanzar el primer equipo del Barcelona.
A los 16 años decidió romper el guion.
En 2014 dejó La Masia para fichar por el Dinamo de Zagreb. Cambió Barcelona por Croacia, la comodidad de un entorno conocido por otro país y la promesa de una oportunidad futura por la posibilidad de competir antes. Fue una decisión extraordinaria para un adolescente formado en una de las canteras más prestigiosas del mundo.
Aquella fue su primera gran desaparición. Se marchó del lugar en el que todos esperaban encontrarlo para reaparecer a más de 1.500 kilómetros, jugando al fútbol profesional.
En Zagreb dejó de ser únicamente una promesa de La Masia. Tuvo que aprender otro idioma, adaptarse a un fútbol más físico y asumir responsabilidades contra adultos cuando todavía tenía edad de juvenil. Ganó cinco ligas y tres copas croatas antes de marcharse, participó en competiciones europeas y se convirtió en uno de los jugadores más destacados del campeonato.
El RB Leipzig lo fichó en enero de 2020. Alemania añadió intensidad y presión a la educación técnica recibida en Barcelona y a la libertad adquirida en Zagreb.
Olmo aprendió a encontrar espacios entre líneas, pero también a trabajar para que aparecieran. Acelerar después de cada robo, saltar sobre el rival tras una pérdida y cambiar de posición sin detener la circulación formaban parte de la identidad del Leipzig. Su fútbol se hizo más rápido sin perder la capacidad para pensar.
En cuatro años y medio ganó dos Copas de Alemania y una Supercopa. En esta última marcó un triplete en el 0-3 ante el Bayern de Múnich. Su etapa en Leipzig confirmó otra de sus características: podía no ser el futbolista más visible durante toda la temporada y, sin embargo, aparecer en las noches que definían los títulos.
Las lesiones interrumpieron con frecuencia su continuidad, pero también reforzaron esa imagen de jugador intermitente que reaparece en los momentos decisivos. Olmo podía pasar semanas fuera y regresar para resolver una eliminatoria. No necesitaba dominar cada jornada para condicionar las importantes.
Volver a Barcelona dando la vuelta al mundo
En el verano de 2024 volvió al Barcelona. Habían pasado diez años desde su marcha. No regresó siguiendo el recorrido reservado a los grandes talentos de La Masia, sino después de atravesar Zagreb y Leipzig.
Tuvo que alejarse del Barça para convertirse en el futbolista que el Barça terminaría queriendo recuperar.
La vuelta tampoco fue sencilla. Durante sus primeros meses, su inscripción y la de Pau Víctor quedaron atrapadas en una disputa entre el club, LaLiga, la Federación y el Consejo Superior de Deportes. El CSD terminó estimando el recurso de los jugadores y del Barcelona y anuló el acuerdo que había rechazado sus licencias. El futbolista especializado en desaparecer de la vigilancia rival estuvo cerca de hacerlo también de los registros federativos. Aquello, sin embargo, no era uno de sus trucos: Olmo quiere borrarse de las marcas, no de las alineaciones.
En su primera campaña participó en el triplete nacional y marcó 12 goles en 39 encuentros, aunque los problemas físicos volvieron a impedirle alcanzar una continuidad completa. La temporada posterior tuvo menos brillo individual del que podía esperarse de un jugador que había regresado a Barcelona después de decidir una Eurocopa. Llegó al Mundial sin ser la estrella principal de su club ni el titular evidente de la selección. Volvía a ser una alternativa entre muchas.
Vivir en el punto ciego
La mayor virtud de Olmo sucede entre dos imágenes.
En el primer fotograma aparece junto a Rodri. En el siguiente se encuentra detrás del mediocentro contrario. Dos segundos después está entrando en el área. La cámara puede seguir la pelota, pero no siempre alcanza a explicar cómo ha llegado él hasta allí. Olmo juega entre los fotogramas.
Sus movimientos tampoco necesitan ser largos. Muchas veces obtiene la ventaja con dos pasos: uno para acercarse y engañar al defensor, otro para atacar su espalda. Parece esperar un pase al pie y arranca. Amaga con marcharse y regresa. Orienta el cuerpo hacia una zona y juega hacia la contraria. No gana mediante la velocidad pura, sino mediante la velocidad con la que comprende lo que está sucediendo.
Por eso encaja tan bien en la estructura de Luis de la Fuente. Los rivales pueden estudiar a España, preparar la presión sobre Rodri, doblar la marca contra Lamine Yamal y vigilar las llegadas de los laterales. Pueden dibujar flechas, asignar responsabilidades y establecer quién debe ocuparse de cada jugador. El problema comienza cuando intentan colocar a Dani Olmo en el dibujo. Para entonces, normalmente, ya se ha escapado. Y jugar contra un futbolista al que nadie consigue encontrar siempre acaba pareciendo lo mismo: trampa.
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