Pedro Porro llevaba toda la noche subiendo. Subía por fuera para ofrecerle una salida a Lamine Yamal, subía por dentro para asociarse con Dani Olmo y subía la presión cada vez que Francia trataba de abandonar su propio campo. En el minuto 57 volvió a hacerlo, aunque esta vez no se detuvo al alcanzar la frontal. Tiró la pared, irrumpió en el área y definió ante Mike Maignan con la tranquilidad de quien no había recorrido sesenta metros, sino bajado a comprar el pan.

El gol fue el último eslabón de una posesión de más de un minuto, 18 pases y ocho futbolistas. Un gol de España, en definitiva. Pero también un gol que explicaba por completo a su autor: un lateral que comienza la jugada como defensa, participa en ella como centrocampista y la termina como delantero. Francia 0, España 2. Billete para la final y segundo tanto del extremeño en este Mundial. 

Este Porro sube y pega.

No es solamente el juego fácil del titular. Subir es el verbo que ha acompañado toda su carrera. Subió desde Don Benito hasta Madrid cuando todavía era un adolescente. Subió desde el extremo hasta el lateral, desde Girona hasta Lisboa y desde Portugal hasta la Premier. Llegó al Mundial con aspecto de suplente, después de haberse quedarse fuera de la Eurocopa y ha subido hasta convertirse en uno de los nombres propios de esta extraordinaria aventura de España.

También ha subido desde un lugar mucho menos agradable. Hace apenas unas semanas, Porro estaba peleando para que el Tottenham no descendiera. Los Spurs acabaron decimoséptimos y salvaron la categoría en la última jornada, después de una campaña catastrófica, una racha de 15 partidos de Liga sin ganar y varios meses instalados junto al precipicio. Del miedo a bajar en Inglaterra a la posibilidad de subir a España a lo más alto del mundo. 

Sin embargo, conviene separar el naufragio colectivo del rendimiento individual. Porro no llegó al Mundial después de desaparecer con el Tottenham, sino después de jugar 47 partidos, más que ningún otro miembro de la plantilla. Fue uno de los futbolistas que tiraron del equipo durante las semanas decisivas y el club lo recompensó antes del torneo con un nuevo contrato de larga duración. Llegaba de un equipo hundido, no como un futbolista hundido. 

La selección ofrecía otra pendiente. Marcos Llorente aparecía inicialmente por delante en la carrera por el lateral derecho. El futbolista del Atlético había convencido a Luis de la Fuente por su potencia, su versatilidad y una naturaleza competitiva que le permite aparecer casi en cualquier zona del campo. Porro comenzó el Mundial como suplente, entró en el once durante la fase de grupos y se quedó con el puesto a partir de las eliminatorias. No porque Llorente se desplomara, sino porque Porro hizo cada vez más difícil devolverlo al banquillo. 

Un Mundial cuesta arriba

Su fútbol se entiende mejor cuando se recuerda que no siempre fue defensa. En el Gimnástico Don Benito jugaba mucho más cerca del área contraria. Era extremo, atacante y, en ocasiones, delantero. Después lo retrasaron, pero nadie consiguió sacarle de dentro aquella necesidad de ir hacia delante. Por eso no ataca como un lateral que recibe permiso para incorporarse. Ataca como un extremo obligado a comenzar veinte metros más atrás. 

Se ofrece por fuera, devuelve de primeras y vuelve a arrancar. Puede llegar hasta la línea de fondo, ocupar el carril interior o aparecer en el segundo palo. Tiene golpeo para centrar sin necesidad de controlar y potencia suficiente para amenazar desde la frontal. Cuando la jugada se pierde, no se queda observando el paisaje: gira, esprinta hacia atrás, encoge el campo y mete el pie. Presiona arriba, persigue por toda la banda y soporta los duelos físicos pese a no responder al molde del defensor gigantesco. Lo que viene siendo un lateral total.

Contra Francia hizo todo eso. Defendió hacia atrás cuando el rival consiguió correr, acompañó la presión española cuando tocaba asfixiar y apareció arriba cuando encontró el espacio. España dejó en dos remates a puerta a una selección que llegaba con Mbappé, Dembélé, Olise y Barcola. Porro fue defensa y fue destructor; apagó una banda y terminó de sentenciar el partido en la otra área. 

El socio que libera a Lamine

Su relación con Lamine Yamal es una de las razones de su crecimiento. Los dos tienen vocación ofensiva, pero no se estorban. Se multiplican. Cuando Lamine recibe abierto y fija a dos rivales, Porro encuentra el espacio para doblarlo. Cuando el lateral rompe por dentro, arrastra una marca y libera el uno contra uno del jugador del Barcelona. Uno amenaza con el regate y el otro con la llegada. El rival tiene que decidir a cuál de los dos concede unos metros y casi siempre elige mal.

Porro lo resumió durante el Mundial: jugar junto a Lamine obliga a entender cuándo aparecer y cuándo retirarse para no cerrar los espacios que necesita el extremo. Esa complementariedad ha ayudado a consolidar al extremeño en el once y ha convertido el costado derecho español en un pasillo de doble dirección: talento para ir hacia delante y agresividad para recuperar la pelota nada más perderla. 

Hay una cifra que cuenta su torneo mejor que cualquier enumeración. Pedro Porro ha marcado dos goles en el Mundial. España solo ha encajado uno.

Un defensor ha anotado el doble de tantos que los recibidos por toda su selección. El primero llegó contra Austria. El segundo, en una semifinal ante Francia. No son goles decorativos ni tantos acumulados en partidos resueltos. Son apariciones en las eliminatorias, allí donde los laterales suelen recibir la orden de medir sus aventuras. Porro, en cambio, parece medirlas para emprenderlas.

La conquista empezó en Don Benito

Mucho antes de recorrer la banda de España, recorría los campos modestos de Extremadura junto a su abuelo Antonio. Sus padres trabajaban durante largas jornadas y fue el abuelo quien lo acompañó a entrenamientos y partidos. A los 14 años dejó Don Benito para incorporarse a la cantera del Rayo Vallecano, a más de tres horas de su casa. Él mismo ha contado que aquella despedida fue uno de los momentos más duros de su vida. 

Extremadura ha vivido demasiado tiempo obligada a presumir de conquistadores muertos. Porro pertenece a otra clase. No conquista países, sino metros. No lleva armadura, sino unas botas con las que atraviesa la banda hasta que el cuerpo le pide parar. Ante Francia tuvo que retirarse en el tramo final después de notar molestias en los isquiotibiales. Había corrido hasta vaciarse porque su fútbol, incluso cuando alcanza la cima, continúa consistiendo en subir y bajar. 

Su historia cabe entre dos generaciones. El abuelo que lo llevó de la mano hasta el fútbol y el hijo al que dedicó su primer gol con la selección. Porro juega con el impulso de quien sabe de dónde viene y celebra pensando en quién lo está mirando. Entre Antonio y el pequeño Pedro existe una banda entera, desde los campos de Don Benito hasta los estadios del Mundial.

Ahora tiene 26 años, conoce la Liga, se hizo futbolista en Portugal, se ha curtido en la Premier y acaba de demostrar que puede defender en campo abierto, asociarse con los mejores y decidir una semifinal mundialista. Tiene centro, disparo, resistencia, agresividad y una comprensión del juego asociativo que no abunda entre los laterales. También tiene un contrato recién renovado con el Tottenham, por lo que cualquier movimiento será ahora considerablemente más caro.

Los grandes españoles aún están a tiempo de pujar, pero ya no encontrarán una ganga: la mercancía es buena, el mercado lo sabe y este Porro no deja de subir.

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