El cineasta iraní Jafar Panahi, ganador de la Palma de Oro en el Festival de Cannes en 2025, vuelve a quedar atrapado en la maquinaria judicial de la República Islámica. Un tribunal revolucionario ha confirmado la condena a un año de cárcel contra el director por un delito de “propaganda contra la República Islámica”, una acusación vinculada a su actividad cinematográfica clandestina, a su apoyo a las protestas sociales y a su defensa pública de presos políticos.
La decisión judicial supone un nuevo golpe contra uno de los creadores más reconocidos y perseguidos del cine internacional. Panahi no solo ha sido condenado a prisión, también se le impone una prohibición de dos años para abandonar Irán y para afiliarse a grupos políticos o sociales. La sentencia, según ha explicado su abogado, Mustafa Nili, todavía puede ser apelada.
El caso se reactivó tras el regreso del cineasta a Irán el pasado 30 de marzo. Sus abogados habían recurrido una pena anterior, dictada en diciembre, cuando Panahi se encontraba fuera del país. Aquella condena incluía también restricciones para desarrollar su actividad cinematográfica, algo que conecta directamente con una historia de censura que persigue al director desde hace más de una década.
Panahi ha sido condenado por haber realizado películas de forma clandestina y por su respaldo a las protestas de “mujer, vida, libertad”, el movimiento que sacudió Irán tras la muerte en 2022 de Mahsa Amini, la joven detenida por la llamada policía de la moral por no llevar correctamente colocado el velo. Su muerte bajo custodia provocó una ola de movilizaciones dentro y fuera del país y colocó de nuevo el foco internacional sobre la represión ejercida por el régimen iraní.
Entre los cargos que pesan contra el cineasta también figuran la publicación de un vídeo contra la pena de muerte y la firma de declaraciones en apoyo a presos políticos. Para las autoridades iraníes, estos actos constituyen propaganda contra el sistema. Para buena parte de la comunidad cultural internacional, sin embargo, Panahi representa exactamente la resistencia de la creación artística frente a la censura, el miedo y el autoritarismo.
La condena llega en un momento especialmente simbólico para el director. En 2025, Panahi se alzó con la Palma de Oro de Cannes por Un simple accidente, una película que aborda, desde la ficción, las heridas de la represión política. La cinta sigue a un grupo de antiguos presos que creen haber encontrado a su torturador, al que solo pueden reconocer por la voz. A partir de esa premisa, el cineasta vuelve a explorar algunas de sus obsesiones habituales como la memoria, la culpa, la violencia del Estado y la fragilidad de quienes intentan sobrevivir bajo sistemas opresivos.
La película también fue nominada al Óscar, una cita a la que Panahi pudo acudir en Los Ángeles antes de regresar a Irán. Ese regreso se produjo pese a la amenaza judicial que ya pesaba sobre él y después de haber expresado duras críticas contra la República Islámica. Su decisión de volver al país confirma el vínculo complejo y doloroso que mantiene con Irán, una patria que ha alimentado su cine, pero que también ha intentado silenciarlo de forma sistemática.
La trayectoria de Jafar Panahi está marcada por una paradoja. Cuanto más ha intentado el régimen limitar su libertad, más se ha fortalecido su prestigio internacional. En 2010 fue condenado a seis años de prisión y a veinte años sin hacer películas, escribir guiones, viajar al extranjero ni conceder entrevistas. La acusación entonces fue “reunión y colusión contra la seguridad nacional” y “propaganda contra el sistema”.
Lejos de desaparecer, Panahi convirtió la prohibición en materia cinematográfica. Rodó en condiciones de clandestinidad, trabajó con recursos mínimos y transformó el encierro en lenguaje. Su cine se volvió todavía más político, no porque pronunciara consignas, sino porque insistía en mostrar lo que el poder quería ocultar. La vida cotidiana bajo vigilancia, la dignidad de quienes desobedecen y las grietas morales de un país sometido al control ideológico.
Panahi también fue detenido en julio de 2022 después de protestar por el arresto de otros cineastas iraníes, Mohamad Rasoulof y Mostafa Ale Ahmad. Permaneció encarcelado hasta febrero de 2023, cuando fue liberado tras iniciar una huelga de hambre. Aquella detención reforzó su imagen como símbolo de una generación de artistas iraníes que ha decidido no callar pese al coste personal.
A sus 65 años, Panahi vuelve a enfrentarse a la posibilidad de entrar en prisión. Pero su historia demuestra que la censura no siempre consigue borrar aquello que persigue. A veces lo amplifica. En su caso, cada prohibición ha terminado convirtiéndose en una prueba más de la fuerza de un cine que, incluso cuando se rueda en silencio o bajo amenaza, sigue encontrando la forma de hablarle al mundo.
Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.