Hay jubilaciones que llegan con una tarta, una placa de metacrilato y un discurso incómodo en una sala de reuniones. Y luego está la posible retirada de Clint Eastwood, que no podía parecerse a nada de eso. En su caso, el adiós suena más a puerta de saloon cerrándose despacio, a silla de director abandonada bajo el sol de California y a un último “corten” que nadie se atreve a repetir demasiado alto por si el viejo maestro se gira y responde con una ceja.

Clint Eastwood, actor, director, productor, compositor ocasional, alcalde de Carmel durante un rato y monumento nacional con sombrero invisible, habría decidido apartarse de Hollywood a los 96 años. El condicional, en este caso, importa. Mucho. Porque el propio Eastwood no ha comparecido para anunciarlo. No ha enviado una carta solemne ni ha concedido una entrevista de despedida. La frase que ha prendido la mecha procede de su hijo Kyle Eastwood, músico de jazz y colaborador en varias películas familiares, que en una entrevista recordó sus trabajos junto a su padre y deslizó que ahora está retirado.

Pocas palabras, mucho ruido. Muy de la casa.

Kyle hablaba de una trayectoria compartida, de buenos recuerdos y de la fortuna de haber trabajado en tantos proyectos con su padre. Pero en Hollywood una frase así pesa más que un piano en una escena de los Looney Tunes. Que el hijo de Clint Eastwood diga que Clint Eastwood está retirado no es exactamente un comunicado oficial, pero tampoco es el comentario de un vecino que lo vio comprando pan. La industria, que llevaba tiempo oliendo despedida, ha unido los puntos. Cry Macho, estrenada en 2021, fue su última aparición como actor. Jurado nº 2, estrenada en 2024, su último trabajo como director. Desde entonces, silencio.

Lo extraordinario es que esta posible retirada no llega después de una carrera larga. Llega después de varias vidas profesionales empaquetadas en una sola. Eastwood fue primero rostro televisivo en Rawhide, luego icono del western europeo con Sergio Leone, después policía brutal y discutidísimo en Harry el sucio, más tarde estrella americana de mandíbula mineral y finalmente uno de los directores más sólidos, secos y constantes del cine contemporáneo. Si alguien intentara explicar su carrera en una sobremesa, acabaría pidiendo café, cena y alojamiento.

Nació en 1930, debutó cuando el cine aún olía a sistema de estudios, se convirtió en mito cuando los antihéroes empezaban a desplazar a los galanes de cartón piedra y, cuando muchos lo daban por amortizado, se reinventó como cineasta mayor. No mayor de edad, sino mayor en el sentido más noble.

Ahí están Sin perdón, ese western crepuscular que desmontó el propio altar sobre el que Eastwood había sido venerado. Los puentes de Madison, donde demostró que también sabía mirar una cocina, una carretera y un amor imposible sin disparar a nadie. Mystic River, una tragedia americana con niños rotos y adultos incapaces de reparar nada. Million Dollar Baby, golpe directo al lagrimal y al estómago. Gran Torino, despedida falsa de actor que ya parecía despedida verdadera. Y Cartas desde Iwo Jima, prueba de que incluso los mitos más americanos pueden mirar al otro lado de la trinchera.

Durante décadas, Eastwood ha sido un caso rarísimo. Un clásico que seguía trabajando en presente. Mientras la industria se entregaba a la franquicia, al algoritmo y al tráiler con explosión cada quince segundos, él insistía en películas de adultos, relatos morales, personajes que toman decisiones tarde, mal y con consecuencias. Rodaba rápido, gastaba con disciplina y confiaba en algo casi revolucionario. Que una historia bien contada todavía podía sostenerse sin hacer piruetas para TikTok.

Ahora bien, conviene no dar por cerrado el ataúd cinematográfico antes de tiempo. Eastwood ya ha sido despedido varias veces por críticos, fans y titulares ansiosos. Cada cierto tiempo alguien anunciaba su última película y él respondía haciendo otra. Como esos abuelos que dicen “me voy ya” y aparecen dos horas después pelando gambas en la cocina, Clint Eastwood ha demostrado una resistencia casi cómica a la clausura.

A los 96 años, Clint Eastwood puede hacer lo que quiera. Incluso retirarse. Incluso no retirarse y aparecer mañana con un guion bajo el brazo, una gorra, dos indicaciones al equipo y esa economía verbal suya que convierte cualquier frase en ordenanza municipal. Nadie debería apostarle en contra. Hay cactus con menos aguante.

Súmate a El Plural

Apoya nuestro trabajo. Navega sin publicidad. Entra a todos los contenidos.

hazte socio

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora