Hay películas que se explican en una frase y, aun así, esa frase se te queda pegada a la cabeza como un chicle en la suela, El hijo -título español de Brightburn- pertenece a esa categoría maravillosa de ideas que parecen nacidas en una sobremesa con alguien diciendo “Vale, pero… ¿y si Superman fuera malo?”, y claro, una vez formulada la pregunta, ya no hay escapatoria, porque todos conocemos el cuento, una pareja humilde encuentra a un bebé llegado del espacio, lo cría como propio, el niño descubre poderes imposibles y termina convirtiéndose en símbolo de esperanza. Pero El hijo hace algo mucho más gamberro. Mira ese mismo relato y pregunta qué pasa si el milagro sale rana.
Y vaya si sale rana.
La película dirigida por David Yarovesky y producida por James Gunn funciona como una especie de espejo deformante del imaginario superheroico. Aquí no hay capa ondeando con épica ni banda sonora para levantarse de la butaca, hay una granja, una familia aparentemente normal, un niño que empieza a comportarse de manera inquietante y unos padres que tardan demasiado en asumir lo evidente, que su hijo no está atravesando simplemente una adolescencia complicada. No es “la edad del pavo”, es la edad del pavo con rayos láser, fuerza sobrehumana y una alarmante falta de empatía, que ya me dirán ustedes cómo se castiga eso sin que salga ardiendo la cocina.
El gran acierto de El hijo es que no necesita esconder demasiado su referencia principal, la abraza con una sonrisa torcida. Brandon Breyer es, en esencia, la versión oscura de Clark Kent, niño caído del cielo, criado en una zona rural, protegido por unos padres que quieren creer que su pequeño es especial en el buen sentido. Pero donde Superman encontraba en la educación de los Kent una brújula moral, Brandon parece descubrir en sus poderes una licencia para hacer lo que le venga en gana, y ahí la película plantea su pregunta más incómoda, ¿la bondad se enseña o se trae de fábrica? Porque si educar a un niño ya es difícil cuando lo máximo que puede hacer es pintar la pared con rotulador, imaginemos cuando el chaval puede atravesar muros, levantar coches y fulminarte con la mirada, literalmente.
La película funciona especialmente bien cuando se mueve en el terreno del horror doméstico. No da miedo solo porque Brandon sea poderoso, sino porque es un niño, y el cine de terror sabe desde hace décadas que pocas cosas inquietan más que una infancia descolocada, un adulto malvado puede ser cruel, calculador, incluso monstruoso. Pero un niño malvado activa otra alarma, la de lo antinatural, la de lo que no encaja, la de esa ternura que de pronto se vuelve amenaza.
También hay algo interesante en la figura de los padres, Tori y Kyle, interpretados por Elizabeth Banks y David Denman. La película podría haberse limitado a ser un festival de sustos y violencia superheroica, pero en su centro hay un drama de negación familiar. Tori representa esa fe desesperada de madre que se niega a ver al monstruo porque verlo implicaría aceptar que el hijo amado quizá nunca existió como ella lo imaginaba. Es una idea brutal, el amor como venda, y no una venda pequeña, precisamente; más bien una de esas que te ponen después de una operación complicada y te impiden ver que el niño está flotando en el pasillo con cara de lunes.
Visualmente, ‘El hijo’ juega con los códigos del terror moderno y del cine de superhéroes, aunque no siempre exprime todo su potencial, tiene momentos de violencia seca, imágenes muy potentes y escenas que mezclan lo cotidiano con lo grotesco. La idea es tan buena que uno desearía que la película cavara todavía más hondo, más dilema moral, más ambigüedad, más mala leche filosófica. El concepto da para mucho, da para hablar del poder sin responsabilidad, de la educación, de la masculinidad tóxica en versión extraterrestre, de la fantasía del elegido convertida en amenaza, pero ‘El hijo’ prefiere ser directa, oscura y contundente, no se sienta a debatir demasiado, entra en la habitación, apaga la luz y te deja el susto encima de la mesa.
Lo más perturbador de la película no es que Brandon sea invencible, sino que parece sentirse elegido, y pocas cosas han dado más miedo históricamente que alguien convencido de que está por encima de las normas. Ahí la película se separa del simple “Superman malvado” y se acerca a una reflexión más amarga sobre el poder absoluto. Superman es admirable porque podría dominar el mundo y decide no hacerlo. Brandon es aterrador porque descubre que puede dominarlo y no encuentra ninguna razón para contenerse. La diferencia entre héroe y monstruo, al final, no está en volar ni en tener fuerza sobrehumana, está en lo que haces cuando nadie puede detenerte.
Porque sí, imaginar que Superman fuera malo da para un chiste, pero después de ver El hijo, el chiste se queda un poco atravesado. Y quizá ahí esté la gracia negra de la película. Nos recuerda que no todos los niños especiales están destinados a salvar el mundo, algunos, sencillamente, vienen a romperlo, y encima no recogen la habitación.
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