Stanley Kubrick no quería limitarse a hacer una película de terror. Quería construir una experiencia incómoda, una pesadilla milimetrada en la que el espectador sintiera que algo no encajaba incluso cuando, aparentemente, no estaba ocurriendo nada. Esa es una de las claves que explican la vigencia de El resplandor, estrenada en 1980 y convertida con el paso del tiempo en una de las grandes obras del cine de terror psicológico.

La premisa era, en apariencia, sencilla. Una familia aislada durante el invierno en un hotel gigantesco, perdido entre la nieve, mientras el padre comienza a quebrarse lentamente. Jack Torrance, interpretado por Jack Nicholson, acepta un empleo como vigilante del hotel Overlook y se instala allí junto a su esposa Wendy, encarnada por Shelley Duvall, y su hijo Danny. La historia procedía de la novela homónima de Stephen King, publicada en 1977, aunque la adaptación de Kubrick acabaría alejándose de forma notable del espíritu del libro original. El British Film Institute resume la película como una adaptación que aprovecha de manera extraordinaria el hotel vacío y remoto como escenario de una amenaza que puede proceder tanto del pasado del edificio como de la mente del protagonista. 

Pero detrás de esa historia de aislamiento, locura y violencia familiar se estaba gestando otra narración. La de un director obsesionado con controlar cada gesto, cada mirada y cada silencio. Kubrick arrastraba ya una fama de perfeccionista extremo, pero en El resplandor esa reputación alcanzó una dimensión casi legendaria. Según el guion de referencia del reel, el cineasta no buscaba simplemente que una escena funcionara, sino que encajara con una imagen mental precisa, repetida una y otra vez hasta rozar el agotamiento de sus intérpretes. 

Uno de los datos que mejor sintetiza esa obsesión es el récord Guinness asociado al rodaje. Guinness World Records atribuye a El resplandor el récord de más repeticiones para una escena con diálogo, 148 tomas durante la secuencia conocida como la escena del “shine”. Esa cifra se ha convertido en una especie de símbolo del método Kubrick, la repetición como vía para destruir la comodidad de la interpretación y alcanzar una tensión que pareciera real, no actuada.

La dureza del proceso afectó especialmente a Shelley Duvall. La actriz, que interpretaba a Wendy Torrance, habló años después de la exigencia emocional del rodaje. En declaraciones recogidas por People, Duvall explicó que Kubrick no daba por buena una toma hasta muy avanzado el proceso y que debía sostener una intensidad física y emocional desde los primeros ensayos, corriendo, llorando y cargando con el niño durante repetidas tomas. Su experiencia terminó formando parte inseparable de la leyenda incómoda de la película, una interpretación recordada por su fragilidad y angustia, pero también por el precio que pudo implicar alcanzarla.

Con el tiempo, la película pasó de una recepción inicialmente discutida a convertirse en un clásico indiscutible. Su influencia puede rastrearse en la forma en que el cine posterior ha representado el terror psicológico; menos dependiente del sobresalto y más atento a la atmósfera, al sonido, a la repetición y al deterioro emocional. Sin embargo, esa consagración artística no ha cerrado el debate ético que rodea al rodaje.

Porque la pregunta que deja El resplandor no pertenece solo a la historia del cine, sino también a la cultura laboral de Hollywood y a la relación entre genio, poder y vulnerabilidad. ¿Hasta dónde puede llegar un director en nombre de una visión artística? ¿La grandeza de una película justifica el sufrimiento que pudo producirse para alcanzarla? ¿O precisamente las obras maestras deben ser examinadas con más rigor porque su prestigio tiende a silenciar lo que ocurrió tras las cámaras?

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