Israel y Líbano han acordado extender durante tres semanas más el alto el fuego que mantenían desde mediados de abril, según ha anunciado el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, tras una reunión celebrada en la Casa Blanca con representantes de ambos países. La prórroga llega en un contexto de máxima fragilidad sobre el terreno, con nuevos ataques atribuidos a Hezbolá, bombardeos israelíes en el sur del Líbano y una creciente presión diplomática para evitar una nueva escalada regional.

El anuncio fue realizado por Trump después de participar en un encuentro con los embajadores de Israel y Líbano en Estados Unidos, Yechiel Leiter y Nada Hamadeh. Según el mandatario estadounidense, la reunión fue “un gran éxito” y Washington colaborará con Beirut para “ayudarlo a protegerse de Hezbolá”. La Casa Blanca aspira ahora a transformar esta prórroga temporal en un marco de negociación más amplio, aunque la distancia entre las partes sigue siendo profunda.

La tregua inicial, declarada el pasado 16 de abril, tenía una duración de diez días y fue alcanzada después de una primera ronda de contactos en Washington. Aquella cita supuso uno de los encuentros de mayor nivel entre representantes israelíes y libaneses desde 1993, un dato que subraya tanto la excepcionalidad del momento como la dificultad de convertir el diálogo indirecto o limitado en un proceso político sostenido.

Pese al anuncio, el alto el fuego continúa siendo extremadamente precario. Mientras se desarrollaban los contactos en Washington, Hezbolá reivindicó nuevos ataques contra el norte de Israel, que el Ejército israelí aseguró haber interceptado. La milicia chií justificó sus lanzamientos como respuesta a lo que considera violaciones israelíes de la tregua, en particular por los bombardeos y operaciones en el sur del Líbano. Israel, por su parte, sostiene que sus ataques se dirigen contra infraestructura militar de Hezbolá y que actúa en defensa propia.

El Gobierno libanés llega a esta nueva fase de conversaciones con varias exigencias sobre la mesa. Beirut reclama el cese de los ataques israelíes, la retirada de las tropas desplegadas en el sur del país, la liberación de detenidos y avances en la delimitación de la frontera. También ha puesto el foco en las demoliciones y la destrucción de viviendas en localidades del sur libanés, una cuestión que el presidente Joseph Aoun había señalado como prioritaria antes de la reunión en Washington.

La situación humanitaria añade presión a la negociación. El conflicto ha provocado miles de muertos y más de un millón de desplazados en Líbano, según los balances difundidos en los últimos días por agencias internacionales. La muerte de la periodista libanesa Amal Khalil en un ataque israelí en el sur del país ha incrementado además la indignación en Beirut y ha reavivado las denuncias sobre el impacto de la ofensiva en la población civil y en los trabajadores de la información.

Trump ha asegurado que espera recibir próximamente en Washington al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y al presidente libanés, Joseph Aoun, con el objetivo de dar continuidad a las conversaciones. Sin embargo, el margen político es reducido: Hezbolá no participó en las reuniones y ha rechazado cualquier normalización con Israel, mientras que en Líbano persisten fuertes divisiones internas sobre el alcance de las negociaciones y el papel de Estados Unidos como mediador.

La Administración estadounidense intenta presentar la prórroga como un avance diplomático, pero la realidad sobre el terreno sigue marcada por la desconfianza y la violencia. La extensión de tres semanas concede tiempo a Washington, Beirut y Tel Aviv para explorar un acuerdo más duradero, aunque no resuelve los principales focos de tensión: la presencia israelí en el sur del Líbano, el arsenal de Hezbolá, la reconstrucción de las zonas devastadas y las garantías de seguridad exigidas por ambas partes.

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