Había una vez un niño en Baltimore que no soñaba con castillos ni finales felices, sino con cines oscuros, monstruos sinceros, señoras desatadas y vecinos horrorizados. Ese niño era John Waters, uno de los grandes nombres del cine underground estadounidense y probablemente el director que mejor ha sabido convertir el escándalo en una forma de arte popular.

John Samuel Waters Jr. nació en Baltimore, Maryland, en 1946, y desde muy joven entendió que el cine podía ser algo más que una fábrica de glamour. Podía ser una bomba fétida lanzada contra la moral dominante. En lugar de buscar la respetabilidad, Waters abrazó lo grotesco, lo marginal y lo deliberadamente incorrecto. Su obra temprana, filmada con presupuestos mínimos y un grupo estable de colaboradores conocidos como los Dreamlanders, convirtió a Baltimore en una especie de capital mundial del mal gusto militante.

El gran punto de inflexión llegó con Pink Flamingos, estrenada en 1972. La película, protagonizada por Divine, no solo escandalizó por su contenido extremo, sino que redefinió el cine de medianoche y el circuito underground. Waters construyó una fábula sucia, provocadora y profundamente consciente de sí misma alrededor de una competición por ser “la persona más inmunda del mundo”. Lo que en su momento fue visto por muchos como una aberración cinematográfica terminó convertido en pieza de museo: la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos incorporó Pink Flamingos al National Film Registry en 2021.

La paradoja es parte esencial del mito Waters. El director al que William S. Burroughs bautizó como “Pope of Trash”, el Papa de la basura, acabó siendo preservado por una de las grandes instituciones culturales de Estados Unidos. Pero esa contradicción, más que domesticarlo, confirma su victoria. Waters no entró en el canon por moderarse, sino porque el canon terminó aceptando que también la basura, cuando está filmada con inteligencia y libertad, puede ser patrimonio cultural.

Su relación con Divine fue decisiva. Actor, performer, musa y cómplice, Divine encarnó como pocos la alianza entre cultura queer, exceso y desafío frontal a la respetabilidad. En el cine de Waters, los cuerpos apartados del ideal normativo no eran secundarios cómicos ni víctimas piadosas. Ocupaban el centro del plano, mandaban, deseaban, gritaban y se imponían. Esa operación política, envuelta en chistes salvajes y estética de vertedero con purpurina, explica por qué su obra sigue siendo reivindicada décadas después.

Con Hairspray, estrenada en 1988, Waters dio un giro aparentemente más amable sin abandonar su mirada subversiva. La película cuenta la historia de Tracy Turnblad, una adolescente de Baltimore que sueña con bailar en televisión y acaba enfrentándose a la segregación racial. Era, en apariencia, una comedia musical colorista sobre laca, bailes y televisión juvenil; en el fondo, una crítica directa al racismo y a la hipocresía social de la América de los años sesenta. En 2022, Hairspray también fue incluida en el National Film Registry.

La trayectoria posterior de Hairspray confirmó su potencia popular. La película inspiró un musical de Broadway y una nueva adaptación cinematográfica en 2007, demostrando que el universo de Waters podía saltar del circuito de culto al entretenimiento de masas sin perder del todo su carga política.

En 1994, Waters volvió a demostrar su habilidad para dinamitar la normalidad con Serial Mom, una sátira negrísima protagonizada por Kathleen Turner. Una madre perfecta de barrio residencial es, en realidad, una asesina en serie. El objetivo de la burla no era solo el crimen, sino la obsesión estadounidense por las apariencias, la familia impecable, el consumo doméstico y la moral de fachada. Waters retrataba el suburbio como un decorado reluciente bajo el que se escondía una violencia mucho más familiar de lo que nadie quería admitir.

La consagración institucional llegó de forma especialmente simbólica en 2023. Ese año, John Waters recibió su estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood, la número 2.763, en la categoría de cine, situada en el 6644 de Hollywood Boulevard. Ese mismo periodo coincidió con la gran exposición John Waters: Pope of Trash en el Academy Museum of Motion Pictures de Los Ángeles, la primera retrospectiva exhaustiva dedicada a su contribución al cine.

Waters también tuvo su peculiar entrada en la cultura popular televisiva a través de Los Simpson. En 1997 puso voz a John, el dueño de una tienda de antigüedades en el episodio “La fobia de Homer”. El capítulo, centrado en la homofobia de Homer tras descubrir que John es gay, se convirtió en uno de los episodios más recordados de la serie por su mensaje contra la intolerancia. Ganó el Emmy al mejor programa animado de menos de una hora y un premio GLAAD al mejor episodio individual de televisión.

Por eso su cuento no termina con castillos ni príncipes azules. Termina con Divine convertida en icono, con Pink Flamingos custodiada por la Biblioteca del Congreso, con Hairspray bailando en Broadway, con una estrella en Hollywood y con varias generaciones de espectadores entendiendo que, a veces, los monstruos del cuento eran los únicos que decían la verdad.

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