¿Puede una película vengarse de la realidad? Esa es la pregunta que sobrevuela Érase una vez en Hollywood, la obra con la que Quentin Tarantino regresó al verano de 1969 para mirar de frente una de las noches más oscuras de la historia de Los Ángeles. El asesinato de Sharon Tate y de otras cuatro personas en la casa de Cielo Drive.

 

La historia real es conocida, pero sigue conservando una enorme potencia traumática. Sharon Tate era una joven actriz de 26 años, casada con el director Roman Polanski y embarazada de más de ocho meses. En la noche del 8 al 9 de agosto de 1969, miembros de la llamada Familia Manson, el grupo dirigido por Charles Manson, irrumpieron en la vivienda de 10050 Cielo Drive, en Benedict Canyon. Allí asesinaron a Tate, a Jay Sebring, Abigail Folger, Wojciech Frykowski y Steven Parent. Al día siguiente, el grupo cometió otros dos asesinatos, los de Leno y Rosemary LaBianca.

Aquellos crímenes fueron mucho más que una noticia negra. Para parte de Estados Unidos simbolizaron el derrumbe del sueño californiano, el reverso sangriento de la contracultura y el final abrupto de una inocencia asociada a los años sesenta. Hollywood, que vivía su propia transformación con el declive de los viejos estudios y la llegada de nuevos cineastas, quedó marcado por una sensación de vulnerabilidad. La violencia exterior había entrado en el corazón mismo del mito.

Medio siglo después, Tarantino decidió regresar a ese lugar, pero no para reproducir la matanza. Érase una vez en Hollywood, estrenada en 2019, se sitúa en Los Ángeles en 1969 y sigue a dos personajes ficticios. Rick Dalton, un actor televisivo en decadencia interpretado por Leonardo DiCaprio, y Cliff Booth, su doble de acción, al que da vida Brad Pitt. Ambos orbitan alrededor de una industria que cambia demasiado deprisa para ellos. Rick vive, además, al lado de Sharon Tate y Roman Polanski, convertidos en la película en la imagen de un futuro luminoso al que el protagonista mira con deseo y melancolía.

La gran decisión de Tarantino consiste en desplazar el centro emocional de la historia. Sharon Tate, interpretada por Margot Robbie, no aparece como simple víctima anunciada. La película la muestra bailando, conduciendo por Los Ángeles, comprando un libro para su marido, entrando en una sala de cine para verse a sí misma en pantalla y disfrutando de la reacción del público. Tarantino no la encierra en su muerte. Al contrario, le devuelve presencia, movimiento y vida.

Ahí está una de las claves de la película. El espectador conoce el desenlace real y, por tanto, contempla cada escena de Sharon con una mezcla de ternura y angustia. La cámara de Tarantino estira el tiempo, se recrea en gestos cotidianos y construye una vida antes de que la historia oficial la interrumpa. La tensión no procede de lo que vemos, sino de lo que sabemos. Cada sonrisa de Sharon parece amenazada por la memoria.

Pero Tarantino rompe el pacto con la realidad en el tramo final. En lugar de entrar en la casa de Tate, los asesinos acaban en la vivienda de Rick Dalton. Allí se encuentran con Cliff Booth, su perro Brandy y, finalmente, con un desenlace hiperbólico y violento marca de la casa. La tragedia real queda sustituida por una fantasía de justicia poética. Los verdugos no alcanzan a Sharon, sino que se topan con dos figuras del viejo Hollywood que, por una noche, consiguen proteger el futuro.

No es la primera vez que Tarantino utiliza la ficción como revancha histórica. Ya lo hizo en Malditos bastardos, donde imaginó una muerte alternativa para Hitler, y en Django desencadenado, donde convirtió el western en un ajuste de cuentas contra la esclavitud. En Érase una vez en Hollywood, sin embargo, el gesto es más íntimo y melancólico. No se trata solo de castigar a los culpables, sino de regalarle a Sharon Tate una posibilidad negada. Seguir viva.

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