La realidad de Occidente es la que Estados Unidos (EEUU) quiere que sea. La Unión Soviética y sus históricos aliados, desde Yugoslavia hasta Cuba, pasando por las relaciones con China y potencias africanas, conformaban un bloque que había que destruir porque ponía en riesgo la libertad (del capital). Europa, genuflexa ante las migajas del Plan Marshall, compró el marco y décadas de Hollywood hicieron el resto. En 1991, el gigante rojo cayó; a finales de esta década, la creación de Tito pereció bajo los bombardeos; China se entregó al capitalismo de Estado; y Lumumba, Sankara o Gadafi, entre otros muchos, fueron liquidados.
Entre tantos, Cuba ha conseguido resistir el imperialismo y la tiranía estadounidense desde 1959, cuando la Revolución triunfó, y ha servido históricamente de ejemplo para otros países (Chile, Nicaragua, Venezuela). La resistencia cubana siempre ha frustrado los intentos de golpes de Estado en la isla y los atentados dirigidos a los líderes del Partido Comunista Cubano patrocinados por Estados Unidos y esa es la única razón por la que la Casa Blanca persigue desde hace décadas la destrucción de la isla y de la ideología castrista.
El bloqueo sostenido y criminal con el que somete Estados Unidos a Cuba es el ejemplo más claro de este intento de doblegamiento. La Organización de Naciones Unidas (ONU) impulsó en 2023 una nueva resolución que reclamaba poner fin al embargo económico, financiero y militar, que condena desde 1988, con el voto a favor de 187 países y el voto en contra de EEUU e Israel, a los que se sumó la abstención mendigante de Ucrania. La estrategia es clara y la propia administración estadounidense la dejó reflejada en un memorándum firmado por el que fuera subsecretario de Estado, Lester Mallory:
“Hay que emplear rápidamente todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba […] una línea de acción que, siendo lo más habilidosa y discreta posible, logre los mayores avances en la privación a Cuba de dinero y suministros, para reducirle sus recursos financieros y los salarios reales, provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del Gobierno”
La discreción ha desaparecido con Donald Trump, pero el proceder es el mismo que en la década de los 60, cuando se escribieron estas palabras. Es el mismo desplegado en múltiples partes del mundo, en nombre de la libertad y la democracia, inventando amenazas nucleares, asegurando combatir grupos terroristas previamente financiados por la Casa Blanca o presentando cualquier otra excusa torticera, emitidas a sabiendas de que Europa agachará la cabeza y colaborará del circo. Sin embargo, más que le pese a Estados Unidos y su OTAN, la realidad cubana, con sus luces y sombras, no es la de 'Scarface'.
Antecedentes, Revolución y cambios
Estados Unidos ha gozado de tratar al resto de países de América como sus colonias, refiriéndose a ellos como su patio de atrás y haciendo y deshaciendo, vía atentados y golpes de Estado, para colocar a sus títeres al frente del Gobierno. En Cuba, la historia no fue diferente. Fulgencio Batista se autoproclamó presidente y llegó al frente de la isla en 1940 y, tras finalizar su mandato cuatro años después, huyó a Florida para evitar las consecuencias de sus actos. Desde allí, retornó en 1952 para volver a optar por la Presidencia, pero, ante una previsible derrota, lanzó un golpe de militar patrocinado por la Casa Blanca.
El apoyo logístico, militar y financiero permitió al dictador mantenerse en el poder (gracias a las administraciones de Truman y Eisenhower), entregando el país a sus mecenas, hasta 1959. Mafias estadounidenses, como la liderada por Meyer Lansk, controlaban la droga, el juego y la prostitución, mientras multinacionales se lucraban explotando el terreno. A la par, llenaba los bolsillos de los terratenientes y explotadores cubanos. La Revolución Cubana estalló en julio de 1953 y alcanzó su triunfo el 1 de enero de 1959, acabando con el dictador y todos los negocios fraudulentos y explotadores que llenaban las arcas estadounidenses.
Estados Unidos jamás perdonaría a Cuba que cerrase uno de sus múltiples chiringuitos transcontinentales, tampoco las medidas que aplicaría al llegar al poder. La reforma agraria expropió y nacionalizó los bienes y propiedades de grandes empresas extranjeras, grandes propietarios favorecidos por la dictadura, sobre todo plantaciones y propiedades agrarias. El grifo del dinero se cerró y las riquezas dejaron de traspasar fronteras y llenar unos pocos bolsillos para repartirse entre el pueblo cubano.
Acabar con el expolio, lanzar una campaña contra el analfabetismo y las diferencias raciales de la isla, impulsar un sistema educativo público y de calidad, establecer un sistema sanitario público, gratuito y universal y luchas contra la desnutrición y el hambre, todas medidas con extraordinarios resultados, terminaron por enfurecer a EEUU. Cuba eligió bloque en la Guerra Fría, plantó cara y sigue siendo considerado un foco moral para muchos.
El bloqueo no ha conseguido acabar con el bastión y Trump prepara ahora un golpe definitivo para acabar con la isla y asesinar o secuestrar a quien sea necesario. Ya lo ha hecho en otros lugares y le ha salido bien. Pero Cuba también se ha enfrentado en otras ocasiones al imperialismo yanki y, desde que triunfase la Revolución, siempre ha vencido.
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