Hubo un actor tan insoportable que, en mitad de un rodaje en la selva, algunos indígenas preguntaron al director si quería que lo mataran. La frase parece una exageración inventada para alimentar la mitología del cine, pero forma parte de la leyenda negra de Klaus Kinski, uno de los intérpretes más intensos, magnéticos y problemáticos del cine europeo del siglo XX.
Nacido en 1926 en Zoppot, entonces parte de Alemania y hoy Sopot, Polonia, Kinski desarrolló una carrera de más de cuatro décadas entre el teatro y el cine. La Encyclopaedia Britannica lo define como un actor alemán de origen polaco conocido por sus interpretaciones “intensas” y por sus trabajos con Werner Herzog, el director que mejor supo aprovechar -y sufrir- su energía desbordada. Kinski murió el 23 de noviembre de 1991 en Lagunitas, California, a los 65 años.
Su nombre quedó unido para siempre al de Herzog. Juntos firmaron cinco películas fundamentales: Aguirre, la cólera De Dios, Woyzeck, Nosferatu, vampiro de la noche, Fitzcarraldo y Cobra Verde. La propia Britannica resume aquella relación como una colaboración “volátil” entre un director brillante y un actor emocionalmente inestable, una alianza que dio algunos de los mejores trabajos de ambos.
El caso más extremo fue Fitzcarraldo. La película cuenta la historia de Brian Sweeney Fitzgerald, un hombre obsesionado con levantar una ópera en plena Amazonía. Para ello, Herzog decidió filmar una de las secuencias más desmesuradas de la historia del cine; arrastrar un barco real por una montaña en la selva peruana. No quería maquetas ni trucos. Quería que el gesto existiera de verdad. El documental Burden of Dreams, de Les Blank, capturó aquella producción marcada por la decisión de rodar sin modelos ni efectos especiales, incluida la escena en la que cientos de indígenas locales tiraban de un vapor de 320 toneladas por una pequeña montaña.
Pero el barco no fue el único problema. La otra fuerza ingobernable era Kinski. Sus estallidos, sus ataques de ira y su trato con el equipo convirtieron el rodaje en una guerra diaria. En el documental Mi enemigo íntimo, Herzog reconstruyó años después su relación con el actor y alimentó una de las anécdotas más célebres del cine. Según el director, algunos indígenas que participaban en la filmación estaban tan hartos del comportamiento de Kinski que uno de sus jefes se ofreció a matarlo. Herzog habría rechazado la propuesta porque todavía necesitaba al actor para terminar la película.
Durante años, el cine ha tratado figuras como la de Kinski desde una fascinación casi romántica. El artista indomable, el genio imposible, el actor que vive cada plano como si fuera el último. Sin embargo, revisar hoy su figura obliga a mirar más allá del mito. No solo por sus comportamientos documentados en los rodajes, sino también por las acusaciones posteriores de su hija Pola Kinski, que en 2013 afirmó en sus memorias haber sufrido abusos sexuales por parte de su padre durante su infancia y adolescencia.
Klaus Kinski dejó interpretaciones imposibles de olvidar. Su Nosferatu sigue siendo una criatura triste, enfermiza y perturbadora. Su Aguirre parece un conquistador poseído por la locura del poder. Su Fitzcarraldo encarna como pocos la obsesión humana por convertir una fantasía en realidad, aunque para ello haya que arrastrar un barco por una montaña.
Pero su legado ya no puede contarse solo como el de un genio desatado. También pertenece a una tradición cultural que durante demasiado tiempo convirtió el abuso, la violencia y la crueldad en rasgos excéntricos de los grandes artistas. Kinski murió en 1991 de un ataque al corazón en California. Un final silencioso para alguien que vivió, trabajó y destruyó como una tormenta. La pregunta, décadas después, sigue abierta: ¿era un genio irrepetible o uno de esos monstruos que el cine aprendió a romantizar demasiado?