Los salarios de los trabajadores podrían subir hasta la extenuación, pero sería inútil si el coste de los mínimos vitales lo hacen en un nivel superior. Esta relación, de lógica común, se lleva replicando en España durante la última década, especialmente después de la superación de la pandemia de la Covid-19, y Syndex, una consultora especializada en el diálogo social y la representación laboral, la ha aterrizado con cifras en un estudio de más de 50 páginas.
La conclusión del informe es clara: “los ingresos han subido, pero no lo han hecho con la intensidad ni con la distribución necesarias para recomponer de forma general el poder adquisitivo”. Pero para llegar a certificar esta máxima es necesario poner sobre la mesa muchos datos. En primer lugar, si bien en los últimos años los ingresos de la población han crecido en términos absolutos, tomar medidores como el salario medio puede inducir al error, dado que la mayoría de los asalariados cobran por debajo de esta cifra.
Existen niveles de protección económica muy distintos frente al mismo coste de la vida
Sin embargo, son precisamente estos estratos de la población, los débiles con ingresos más bajos, los que soportan en mayor medida el incremento de los costes de los bienes y servicios de primera necesidad. La vivienda es el principal elemento tensor y son las rentas más bajas, las que más complicado tienen acceder a la compra de un inmueble y al acceso a una hipoteca, las que se ven avocadas al mercado libre del alquiler, principal extractor de rentas en manos de rentistas y grandes fortunas.
Lo mismo sucede con los suministros básicos (agua, luz y gas), en manos de grandes energéticas, y los alimentos, dominados por macroempresas de distribución, cuyo coste se han incrementado también muy por encima de los salarios. Esta dinámica ha derivado en que el gasto de los hogares se haya incrementado, pero, lejos de suponer esto una mejora económica de las familias plasmada en el consumo, significa que ha desaparecido su capacidad de ahorro, obligadas a destinar más porcentaje para simplemente sobrevivir, recortando a su vez otros gastos.
El gasto se desplaza hacia partidas de mayor rigidez y de menor margen de ajuste
Los hogares con rentas más bajas destinan ya un 40% de sus ingresos a pagar la vivienda y los suministros básicos, porcentaje al que hay que sumar otro 20% para llenar la cesta de la compra. Seis de cada diez euros destinados exclusivamente a sobrevivir, a los que, además, se suman educación, vestido y calzado o gastos sanitarios derivados, también ineludibles. Justos, en el mejor de los gastos, endeudados, en un gran porcentaje. “El gasto se desplaza hacia partidas de mayor rigidez y de menor margen de ajuste, especialmente en los hogares más expuestos”, apunta Syndex.
En contraposición, las rentas más altas, cuyos salarios elevados suben en mayor medida y obtienen otros ingresos por la extracción de rentas a los trabajadores, diversifican si problema su gasto. “En la parte baja de la escala de ingresos, el presupuesto está más tensionado, más concentrado en lo imprescindible y más expuesto al encarecimiento de las partidas básicas. En la parte alta, el gasto también crece, pero lo hace con más margen y con una estructura mucho más diversificada”, plasman la investigación de la consultora.
Misma subida de costes, distinta protección
Las referencias laborales actuales, recabadas y desgranadas por Syndex, dejan constancia de las verdaderas realidades más allá del inútil, a nivel de análisis veraz, salario medio. “Entre el salario medio, el salario mínimo, la prestación contributiva y la renta neta de una persona parada no hay simples matices, sino niveles de protección económica muy distintos frente al mismo coste de la vida”, hacen constar los investigadores.
La diferencia es clave, dado que permite ver que el encarecimiento actual “no opera sobre una única realidad salarial o laboral, sino sobre posiciones muy desiguales en capacidad de gasto, margen de maniobra y exposición a los precios”. “Las subidas salariales y de renta de los últimos años han amortiguado parte del golpe, pero no han sido suficientes para cerrar la brecha abierta por el aumento del gasto cotidiano, y mucho menos por el aumento del precio de la vivienda”, trasladan.
En definitiva, entre las convocatorias del 1 de mayo, puede entenderse la celebración sindical y de organizaciones sociales por el aumento salarial conseguido a través de la lucha; no obstante, es de recibo exponer que esta entregada pugna puede ser en vano si el coste de sostener una vida ordinaria avanza en igual o mayor medida, haciéndolo especialmente en partidas muy difíciles de recortar, como la vivienda, los suministros básicos o los alimentos.
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