Cuando yo iba a octavo de EGB – allá por el año 1.988 – me vi envuelto, sin quererlo ni beberlo, en un caso de corrupción. No sé si la palabra adecuada es "corrupción" por la simpleza del asunto, pero, lo cierto y verdad, es que aquella historia marcó los valores de mi vida. Os cuento lo que sucedió. Todas las mañanas, a eso de las once, cuando sonaba la sirena, los alumnos de octavo "A" del colegio público Rafael Altamira vendíamos tortas, napolitanas y cruasanes en el patio del recreo. Las vendíamos, les decía, para pagar el viaje de estudios. La clase estaba dividida en grupos de vendedores. Cada semana, los grupos rotaban para que no les tocara siempre a los mismos estar al frente del chiringuito. Así las cosas, como éramos cinco equipos, nos tocaba una vez al mes. Al finalizar el recreo se hacía el "cierre de caja". La operación era muy sencilla: recuento de piezas vendidas; beneficios del día y pago al panadero. El delegado de la clase – Ernesto – se encargaba de ingresar, en el banco de la esquina, el dinero recaudado. Hasta aquí todo fenomenal: una clase de octavo que vendía tortas, napolitanas y cruasanes para pagar su viaje estudios.

Tal semana como ésta; la del tres al siete de noviembre, de hace veintiséis años, nos tocaba a nosotros montar el chiringuito y capotear al toro en el patio del recreo. Nuestro grupo era como una ensalada murciana repleta de tomates, huevos, atunes y pepinillos. En la jerga pedagógica: un grupo muy diverso. En él estaba Braulio, nervio en estado puro; Paco, raro como ninguno; Manoli, una fuera de serie en matemáticas; Javi, el hijo del barrendero; Carmina, una rata de biblioteca; "el tuerto", el nieto de Manolo, y yo: Abel, el gafotas de la clase y el peor jugador de fútbol que jamás haya existido. Manoli era la encargada de cuadrar la caja al final de la “jornada". Todos los días, las cuentas cuadraban "al pelo" hasta que llegó el viernes al mediodía. Ese día, a Manoli no le salían los números. "Esta mañana – recuerdo como si fuera hoy, las palabras de Manoli -, Alberto – el panadero – ha traído veinte napolitanas, cincuenta tortas y quince cruasanes. ¿Cómo puede ser que falten ochocientas pesetas en la caja?". Sin duda alguna: o alguien había cobrado de menos o alguno había metido la mano en la caja de las tortas. Al no salir ningún valiente que reconociese su fechoría, el tema trascendió al tutor; de éste al jefe de estudios y, finalmente a don José, el director.

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