Canadá lleva décadas construyendo buena parte de su prosperidad sobre una realidad difícil de esquivar: Estados Unidos es su vecino, su principal mercado y el socio alrededor del que gira una parte decisiva de su economía. Pero el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y la escalada de las tensiones comerciales entre ambos países están acelerando un movimiento que hasta hace poco parecía mucho más gradual. Ottawa quiere depender menos de Washington y mira cada vez con más interés hacia Europa.
El primer ministro canadiense, Mark Carney, ha puesto fecha al siguiente paso. El próximo mes, Canadá comenzará conversaciones con la Unión Europea para construir lo que él mismo ha definido como una “alianza económica y de seguridad única”, un vínculo que no supondría la adhesión canadiense al club comunitario, pero que sí podría profundizar de forma inédita la relación entre ambas partes.
Carney lo anunció este martes durante el Canada Investment Summit celebrado en Toronto. Allí explicó que su Gobierno pretende fortalecer la economía nacional y, al mismo tiempo, diversificar sus alianzas en un contexto internacional que considera cada vez más inestable. “La integración económica está siendo utilizada como arma”, advirtió en su intervención, en la que situó como objetivo central de la política exterior canadiense el aumento de la autonomía estratégica.
La referencia no resulta difícil de interpretar. Aunque Carney evitó convertir su discurso en un ataque directo contra Trump y recalcó que Canadá y Estados Unidos seguirán siendo vecinos y socios fundamentales, Ottawa lleva meses tratando de reducir los riesgos derivados de una relación que se ha vuelto considerablemente más imprevisible.
Una dependencia de Estados Unidos que Canadá ya considera un riesgo
La magnitud del reto aparece con claridad en las cifras. Estados Unidos continúa siendo el destino de la gran mayoría de las exportaciones canadienses. Según datos recogidos por Reuters, alrededor del 72% de las ventas de Canadá al exterior siguen teniendo como destino el mercado estadounidense, una dependencia construida durante décadas de integración económica, industrial y energética.
Esa integración siempre había sido una ventaja. Dos economías vecinas, conectadas por largas cadenas de suministro y por un mercado norteamericano que permitía que piezas, materias primas y productos terminados cruzaran varias veces la frontera antes de llegar al consumidor. Con Trump, sin embargo, Ottawa ha comenzado a mirar esa misma interdependencia como una vulnerabilidad potencial.
Las nuevas tensiones arancelarias han acelerado ese cambio de percepción. Canadá ha respondido a las medidas comerciales estadounidenses con sus propios aranceles sobre productos procedentes de Estados Unidos, mientras el Gobierno de Carney intenta aumentar las exportaciones hacia otros mercados. Los primeros movimientos ya empiezan a apreciarse. Las ventas canadienses destinadas fuera de Estados Unidos han crecido durante 2026, aunque siguen siendo insuficientes para modificar de manera sustancial una relación comercial profundamente asentada.
Carney no plantea romper con Washington. Su propuesta es distinta: conseguir que Canadá pueda negociar con Estados Unidos sin que cualquier amenaza comercial tenga capacidad para comprometer una parte tan grande de su economía. De ahí que conceptos habitualmente asociados a la política industrial europea, como “soberanía” o “autonomía estratégica”, hayan pasado a formar parte también del discurso canadiense.
“Un país que no puede alimentarse, abastecerse de energía o defenderse por sí mismo no es verdaderamente soberano”, defendió este martes el primer ministro. Esa autonomía, añadió, ya no se limita al comercio tradicional, sino que afecta a sectores como la inteligencia artificial, el espacio, los sistemas de pago, los minerales críticos y las energías limpias.
Europa aparece como algo más que un mercado alternativo
La Unión Europea es el socio natural para esa estrategia, aunque la distancia comercial con Estados Unidos continúa siendo enorme. La UE representa actualmente el segundo socio comercial de Canadá, pero concentra menos del 10% de su comercio de bienes. Según la Comisión Europea, el intercambio bilateral de mercancías alcanzó los 81.500 millones de euros en 2025, un 76% más que antes de la aplicación provisional del acuerdo comercial CETA en 2017. El comercio de servicios prácticamente se ha duplicado desde 2016, hasta alcanzar los 49.000 millones.
Ese crecimiento ofrece una base sobre la que construir una relación más amplia. Bruselas necesita materias primas críticas, energía, capacidad industrial y socios políticos estables. Canadá dispone de reservas de minerales fundamentales para la transición energética, producción de uranio, petróleo y gas, una potente industria aeroespacial y capacidades avanzadas en inteligencia artificial, ciberseguridad y tecnologías cuánticas.
La complementariedad empieza además a trasladarse desde el comercio a la defensa. Canadá se convirtió este año en el primer país no europeo que participa en SAFE, el instrumento comunitario diseñado para financiar compras conjuntas y reforzar la industria militar europea. El acuerdo permite que empresas canadienses participen en contratos financiados por este mecanismo y constituye uno de los signos más visibles del acercamiento entre Ottawa y Bruselas.
No se trata de un movimiento menor. SAFE moviliza hasta 150.000 millones de euros en préstamos para aumentar las capacidades militares de los Estados miembros y promover adquisiciones conjuntas. La incorporación de Canadá coloca a su industria de defensa dentro de una arquitectura que hasta ahora había sido esencialmente europea y abre nuevas oportunidades para sectores como el aeroespacial, la construcción naval, los drones, la inteligencia artificial o los sistemas autónomos.
Carney pretende ahora ir más allá. Según explicó, las conversaciones con Bruselas buscarán una relación que combine economía y seguridad, dos ámbitos que en la nueva política canadiense aparecen cada vez más unidos. Reuters ha apuntado incluso a que en círculos europeos se estudian fórmulas especiales de asociación para países como Canadá, aunque por el momento no existe ningún proceso de adhesión ni una propuesta formal para integrar al país en el mercado único.
Trump acelera un cambio que ya estaba en marcha
El acercamiento entre Canadá y Europa no nació con Trump. El CETA lleva en aplicación provisional desde 2017, Ottawa mantiene una presencia militar importante en el flanco oriental de la OTAN y ambos socios firmaron en 2025 una asociación específica de seguridad y defensa. Pero la nueva política estadounidense ha convertido la diversificación en una cuestión más urgente.
Carney está intentando presentar a Canadá como una potencia media capaz de ofrecer algo especialmente valioso en el actual escenario internacional: estabilidad. En su discurso ante inversores en Toronto insistió en que el país dispone de energía, recursos naturales, tecnología, capital y una reputación como socio fiable en un momento en el que las relaciones comerciales tradicionales están siendo sustituidas por vínculos mucho más condicionados por la geopolítica.
La estrategia va más allá de Europa. Canadá ha firmado en el último año decenas de acuerdos sobre minerales críticos, comercio y seguridad con países de distintos continentes y negocia nuevas asociaciones con economías asiáticas y emergentes. Pero el vínculo europeo tiene un componente diferente. Ottawa y Bruselas comparten estructuras políticas, alianzas militares, intereses de seguridad y una preocupación similar por depender demasiado de potencias capaces de utilizar el comercio como herramienta de presión.
También existen límites evidentes. Europa no puede sustituir a corto plazo al mercado estadounidense. La geografía seguirá pesando, las cadenas de producción norteamericanas no pueden desmontarse de un día para otro y una integración económica más profunda con la UE obligaría a Canadá a adaptar regulaciones y estándares en sectores que llevan décadas diseñados para funcionar junto al mercado de Estados Unidos.
Pero el objetivo de Carney no parece ser elegir entre Washington y Bruselas. La apuesta consiste en que Canadá deje de depender de una sola puerta de salida para su economía. Cuanto mayores sean sus relaciones con Europa, Asia y otros socios, menor será la capacidad de cualquier Gobierno estadounidense para utilizar esa dependencia como instrumento de presión.
Por eso el movimiento canadiense tiene también interés para Bruselas. La UE lleva años hablando de autonomía estratégica frente a Estados Unidos, China y Rusia y ahora encuentra al otro lado del Atlántico un país que ha llegado a una conclusión parecida por motivos distintos. Canadá necesita mercados y aliados. Europa necesita energía, minerales, industria y socios previsibles.
Trump no ha roto la relación entre Canadá y Estados Unidos, ni parece probable que pueda hacerlo. Pero sí ha acelerado una transformación más profunda: Ottawa ya no quiere que la cercanía con su vecino determine casi por completo sus opciones económicas y estratégicas. Y en esa búsqueda de margen propio, Europa ha dejado de ser únicamente un socio comercial para convertirse en una parte cada vez más importante de la alternativa.
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