Los BRICS quieren ganar peso en un orden internacional construido durante décadas alrededor de Estados Unidos y sus aliados occidentales. Quieren reformar instituciones como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, comerciar más en sus propias monedas, desarrollar sistemas de pagos alternativos y aumentar la capacidad de influencia del llamado Sur Global. El problema aparece cuando llega el momento de decidir cómo hacerlo y, sobre todo, quién debe dirigir ese proceso.
La cumbre celebrada los días 12 y 13 de septiembre en Nueva Delhi ha vuelto a mostrar las dos caras de una organización que ha ganado músculo político y económico al mismo tiempo que multiplicaba sus contradicciones. El grupo cuenta actualmente con 11 miembros —Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica, Egipto, Etiopía, Irán, Emiratos Árabes Unidos, Indonesia y Arabia Saudí— y otros diez países participan como socios. Una ampliación que refuerza su capacidad para reclamar una mayor representación internacional, pero que también obliga a poner de acuerdo a gobiernos con intereses exteriores, económicos y estratégicos muy diferentes. La propia organización recoge aquí su composición y estructura.
El anfitrión, el primer ministro indio Narendra Modi, presentó la reunión como la demostración de que los BRICS han alcanzado la madurez. El presidente chino, Xi Jinping, fue todavía más ambicioso y pidió desarrollar unos “BRICS mayores” capaces de profundizar en la integración comercial, financiera y tecnológica. Entre sus propuestas estuvieron una zona de código abierto para inteligencia artificial, una mayor cooperación entre zonas económicas especiales y nuevas iniciativas relacionadas con el comercio de servicios.
La fotografía permite a todos exhibir unidad. Detrás de ella, sin embargo, persiste una pregunta mucho más incómoda. ¿Puede construirse un polo alternativo de poder internacional cuando sus dos grandes economías compiten también entre ellas por liderarlo?
China e India comparten bloque, pero compiten por dirigirlo
La principal grieta atraviesa precisamente a los dos gigantes asiáticos. China e India representan dos visiones diferentes de lo que deberían ser los BRICS. Pekín aspira a convertir el formato en una plataforma cada vez más ambiciosa desde la que disputar influencia a Estados Unidos y a las instituciones vinculadas al orden occidental. Nueva Delhi también reclama una reforma de ese sistema, pero intenta impedir que el resultado sea simplemente sustituir la hegemonía estadounidense por una mayor dependencia de China.
La tensión quedó especialmente clara en uno de los asuntos más importantes debatidos en Nueva Delhi, el futuro de los pagos internacionales. El comunicado conjunto, de cerca de 18.000 palabras, respalda ampliar el uso de monedas nacionales en el comercio entre miembros y avanzar en la interoperabilidad de monedas digitales de bancos centrales. Sin embargo, India mantiene importantes reservas ante las propuestas que podrían colocar a China en una posición predominante dentro de esa nueva infraestructura financiera y ha rechazado incorporarse al sistema mBridge, respaldado por Pekín.
La batalla tiene mucho más alcance que una discusión técnica. Reducir el peso del dólar aparece recurrentemente entre las aspiraciones de algunos miembros de los BRICS, especialmente de Rusia y China, pero crear una alternativa requiere decidir qué monedas, bancos y mecanismos terminarían sosteniendo el sistema. Y ahí aparece uno de los grandes dilemas de India: debilitar la dependencia de las estructuras occidentales sin terminar entrando en una arquitectura económica diseñada alrededor del gigante chino.
La visita de Xi a Nueva Delhi ha servido al menos para mostrar cierta distensión entre ambas potencias. El dirigente chino regresaba a India por primera vez en siete años, después de que las relaciones bilaterales quedaran profundamente deterioradas por el choque militar registrado en 2020 en la disputada frontera del Himalaya. Modi y Xi acordaron reforzar sus conexiones comerciales y de transporte y continuar normalizando sus relaciones.
Pero cooperación no significa ausencia de competencia. India aspira desde hace años a presentarse como portavoz del Sur Global, mientras China cuenta con una capacidad económica, financiera y comercial muy superior para convertir esa retórica en influencia internacional. Reuters apunta precisamente a esta contradicción: la cumbre puede considerarse un éxito diplomático para Modi por haber reunido en Nueva Delhi a los líderes de once importantes economías emergentes, pero al mismo tiempo ha ofrecido a Xi un escaparate privilegiado desde el que impulsar la agenda china.
Un bloque enorme que no siempre consigue hablar con una sola voz
La expansión de los BRICS ha amplificado esa dificultad. No es sencillo construir una política común cuando en una misma mesa se sientan democracias, regímenes autoritarios, grandes exportadores energéticos, potencias manufactureras, países sancionados por Occidente y gobiernos que mantienen una importante cooperación con Estados Unidos y Europa.
El caso de Irán y Emiratos Árabes Unidos ofrece un buen ejemplo. Ambos países aprobaron en Nueva Delhi una declaración conjunta que reclama moderación y desescalada en Oriente Próximo a pesar de encontrarse en posiciones muy distintas ante el conflicto regional. El documento también pide protección para los civiles y preservar el comercio internacional. El consenso constituye un éxito diplomático para el bloque, aunque el lenguaje acordado muestra también los límites de una organización obligada a acomodar sensibilidades profundamente diferentes.
Algo similar ocurre con Rusia. Moscú encuentra en los BRICS una plataforma con la que combatir el aislamiento promovido por Estados Unidos y Europa desde la invasión de Ucrania. Para otros miembros, sin embargo, formar parte de la organización no implica necesariamente asumir la agenda exterior del Kremlin ni romper sus relaciones con Occidente.
De ahí que el crecimiento numérico pueda terminar convirtiéndose simultáneamente en la principal fortaleza y debilidad del grupo. Los BRICS representan una porción gigantesca de la población y la economía mundiales, incorporan importantes productores de petróleo y gas y reúnen a dos de las mayores economías del planeta. Pero cuantos más actores participan, más difícil resulta transformar ese peso agregado en una estrategia política común.
Cambiar el orden mundial sin construir otro alrededor de Pekín
La cuestión de fondo tampoco consiste únicamente en enfrentarse a Occidente. India, Brasil o Sudáfrica llevan años reclamando una distribución más equilibrada del poder en organizaciones como el FMI, el Banco Mundial o Naciones Unidas, pero eso no significa que compartan necesariamente el objetivo de construir un bloque antioccidental.
Esa diferencia explica en buena medida la ambigüedad de los BRICS. El grupo puede coincidir en que las instituciones internacionales no reflejan suficientemente el peso adquirido por las economías emergentes, mientras sus miembros discrepan sobre casi todo lo demás. Pueden defender una mayor utilización de monedas nacionales, pero no acordar fácilmente una arquitectura común de pagos. Pueden exigir un mundo multipolar, pero competir por ocupar el centro de ese nuevo mapa.
Xi aprovechó la cumbre para insistir en que los BRICS deben asumir mayores responsabilidades internacionales y reforzar su cooperación en comercio, inteligencia artificial, finanzas y tecnología. Modi, por su parte, defendió que las soluciones desarrolladas por los países del grupo se abran al resto del mundo y presentó a la organización como una herramienta al servicio de una estructura internacional más equilibrada.
Son discursos compatibles hasta cierto punto. La diferencia aparece al definir quién dispone de mayor capacidad para transformar esas palabras en hechos. Y ahí China parte con ventaja.
Los BRICS han dejado de ser aquella sigla utilizada originalmente para agrupar a cuatro grandes economías emergentes y se han convertido en un actor imposible de ignorar. Su expansión confirma que existe un número creciente de países interesados en disponer de espacios de cooperación menos dependientes de Washington y Bruselas. Pero querer reformar el orden internacional no equivale a compartir una idea sobre el orden que debería sustituirlo.
Nueva Delhi ha mostrado las dos realidades al mismo tiempo. Los BRICS son hoy más grandes, tienen más influencia y acumulan más herramientas para disputar poder en la economía mundial. También reúnen más intereses nacionales, rivalidades estratégicas y proyectos incompatibles. Su principal desafío ya no consiste únicamente en crecer. Consiste en demostrar que once países con ambiciones diferentes pueden convertir su enorme peso colectivo en algo más que una fotografía de familia.
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