Durante años, Yemen pareció desaparecer de las grandes portadas internacionales. La intensidad de los combates había disminuido, Arabia Saudí buscaba una salida negociada y la guerra que comenzó hace más de una década parecía haber entrado en una fase de relativa contención. Esa apariencia, sin embargo, se ha roto. Los hutíes han vuelto a golpear territorio saudí, han ampliado su presencia sobre puntos estratégicos del mar Rojo y la escalada regional amenaza ahora con trasladar sus consecuencias desde la península Arábiga hasta los mercados energéticos internacionales.
El conflicto está recuperando así una dimensión que va mucho más allá de Yemen. Arabia Saudí vuelve a encontrarse directamente expuesta a los ataques de un movimiento armado respaldado por Irán, mientras dos de las principales rutas marítimas para el transporte mundial de energía —el estrecho de Ormuz y Bab el-Mandeb— atraviesan simultáneamente un momento de enorme tensión.
El último episodio especialmente grave se produjo el 8 de septiembre. Los hutíes lanzaron una serie de ataques contra ciudades e instalaciones energéticas del sur de Arabia Saudí que dejaron 73 heridos, según las autoridades saudíes. Entre los objetivos se encontraban infraestructuras vinculadas a Saudi Aramco y una base aérea. Riad calificó aquella ofensiva como una grave escalada y anunció una respuesta.
La violencia no se ha detenido desde entonces. Un nuevo ataque con drones obligó este fin de semana a cerrar temporalmente el estratégico oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudí, una infraestructura especialmente relevante porque permite transportar petróleo desde el golfo Pérsico hasta el puerto de Yanbu, en el mar Rojo, sin atravesar el estrecho de Ormuz. El conducto suele mover alrededor de cuatro millones de barriles diarios y su interrupción podría comprometer el equivalente a cerca del 4% del suministro mundial de petróleo.
Arabia Saudí vuelve a una guerra de la que intentaba salir
La nueva escalada devuelve a Riad a un escenario del que llevaba años intentando alejarse. Arabia Saudí intervino militarmente en Yemen en marzo de 2015 al frente de una coalición internacional para apoyar al Gobierno reconocido internacionalmente, después de que los hutíes se hicieran con Saná y amplias zonas del país. Aquella operación dio paso a una larga guerra que provocó miles de víctimas civiles, destruyó buena parte de las infraestructuras y agravó una de las mayores crisis humanitarias de las últimas décadas.
Con el paso de los años, el coste político, militar y económico llevó a Riad a buscar una salida. La reducción de los combates permitió abrir conversaciones y alimentar la expectativa de que el conflicto pudiera desembocar en un acuerdo político. Naciones Unidas sigue defendiendo precisamente un proceso inclusivo dirigido por los propios yemeníes como única salida sostenible.
Pero esa ventana se ha ido cerrando. Los combates volvieron a intensificarse este verano y los hutíes declararon en julio un bloqueo marítimo contra Arabia Saudí. Desde entonces han aumentado los ataques contra barcos vinculados al reino, instalaciones energéticas y objetivos militares. Este fin de semana, el propio movimiento aseguró que Arabia Saudí había lanzado más de 50 ataques contra sus posiciones en apenas 24 horas, mientras continuaban los enfrentamientos con fuerzas yemeníes respaldadas por Riad.
La consecuencia es incómoda para Mohamed bin Salmán. El príncipe heredero saudí llevaba años intentando transformar la imagen internacional del país y reducir su exposición a guerras regionales mientras concentraba recursos en su ambicioso programa de diversificación económica. Yemen vuelve ahora a recordarle que una parte fundamental de la seguridad saudí sigue dependiendo de lo que ocurra al otro lado de su frontera sur.
El avance hutí amenaza una de las arterias del comercio mundial
El problema no termina en los ataques contra Arabia Saudí. En los últimos días, los hutíes han ganado posiciones en la costa occidental yemení y han alcanzado la estratégica isla de Perim, situada en pleno estrecho de Bab el-Mandeb, según fuentes del Gobierno yemení citadas por Reuters.
El lugar explica buena parte de la inquietud internacional. Bab el-Mandeb conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y, posteriormente, con el océano Índico. Por allí circulan rutas esenciales entre Asia, Oriente Próximo y Europa. Cualquier amenaza sostenida contra el tráfico marítimo puede obligar a los barcos a desviarse miles de kilómetros alrededor de África, aumentando los tiempos de navegación, el consumo de combustible, los seguros y los costes del transporte.
La presión se multiplica porque, al mismo tiempo, el estrecho de Ormuz atraviesa otra grave crisis. Buena parte del petróleo y el gas producido en los países del Golfo necesita atravesar ese estrecho para alcanzar los mercados mundiales. Arabia Saudí contaba precisamente con el oleoducto Este-Oeste como vía alternativa para sacar crudo por el mar Rojo en caso de problemas en Ormuz. Ahora también esa alternativa ha quedado temporalmente comprometida.
Los ataques han provocado una nueva reacción en el mercado energético. El Brent superó los 106 dólares por barril este lunes, mientras el petróleo estadounidense se situaba por encima de los 102 dólares, en un contexto en el que las restricciones sobre la oferta del Golfo llevan semanas presionando los precios.
El problema, por tanto, ya no consiste únicamente en que una de las grandes vías energéticas del planeta pueda sufrir interrupciones. La tensión alcanza simultáneamente Ormuz, Bab el-Mandeb y el corredor terrestre saudí concebido precisamente para reducir la dependencia del primero.
Irán, los hutíes y un tablero que se hace cada vez más grande
En el centro de esa ecuación aparece inevitablemente Irán. Los hutíes mantienen desde hace años una estrecha relación política y militar con Teherán, aunque reducir el movimiento yemení a un simple brazo ejecutor iraní sería simplificar una organización con agenda, intereses y dinámica interna propios. Las potencias occidentales y Arabia Saudí consideran que Irán ha suministrado durante años apoyo, tecnología y conocimiento militar al grupo.
La relación se ha hecho todavía más visible durante los últimos meses. Naciones Unidas informó en julio del traslado de delegaciones hutíes en vuelos procedentes de Irán, en medio de acusaciones del Gobierno yemení por vulneraciones de su soberanía.
Esa proximidad adquiere una importancia especial en el actual contexto regional. Con la tensión entre Irán y sus adversarios extendiéndose por Oriente Próximo, la capacidad de los hutíes para atacar territorio saudí y condicionar la navegación por el mar Rojo proporciona a Teherán un importante elemento de presión, independientemente del grado de coordinación directa existente detrás de cada operación.
Para Arabia Saudí y las demás monarquías del Golfo, el dilema es evidente. Una nueva campaña militar contra los hutíes supondría regresar a una guerra larga, costosa y de resultado incierto. Pero permitir que consoliden su posición sobre las rutas del mar Rojo incrementaría su capacidad para condicionar la seguridad saudí y el comercio internacional.
Reuters apunta que esta situación está llevando a los países del Golfo a reconsiderar incluso su estrategia regional y su dependencia de Estados Unidos como garante último de su seguridad. El aumento de los costes energéticos y comerciales puede empujarlos nuevamente hacia la negociación con Teherán, precisamente para evitar que la escalada termine comprometiendo sus propias economías.
Mientras las potencias calculan sus movimientos, Yemen continúa pagando la factura más elevada. La relativa reducción de los combates de los últimos años nunca significó que la crisis estuviera resuelta. Naciones Unidas ya advertía antes de esta nueva escalada de un deterioro del entorno político y de seguridad y de fuertes restricciones a la actividad humanitaria en las zonas controladas por los hutíes. Solo durante 2025, la ONU verificó 742 violaciones graves contra menores, incluidos 150 niños asesinados y 281 heridos.
La guerra que durante un tiempo pareció quedar relegada a un segundo plano vuelve así a mezclarse con algunos de los grandes conflictos de Oriente Próximo. Y esta vez Yemen no está únicamente en juego por su territorio. También lo están la seguridad de Arabia Saudí, el pulso regional con Irán y dos de las arterias de las que depende una parte esencial del comercio energético mundial.
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