María Corina Machado intentó regresar a Venezuela tres veces en las últimas horas. Ninguna funcionó. Son ya varios los intentos frustrados desde que abandonó el país, y los últimos han coincidido con una escena que resume mejor que muchas proclamas la Venezuela posterior a Maduro: Delcy Rodríguez viajando a Nueva York como presidenta interina y reuniéndose con Donald Trump mientras Machado sigue fuera, tratando de encontrar la forma de volver a casa

La imagen tiene algo de ajuste de cuentas con los últimos años de la oposición venezolana. Machado ha sido candidata inhabilitada, referente internacional, ganadora del Nobel de la Paz y una de las dirigentes que con mayor insistencia reclamó presión exterior contra el chavismo. Maduro finalmente cayó. Pero la oposición no llegó detrás de él. Washington prefirió sostener una transición encabezada por Rodríguez y hablar con quienes conservaban realmente las palancas del Estado. Guaidó ya había aprendido años antes una versión de la misma lección: el reconocimiento exterior puede convertirte en presidente en decenas de cancillerías y seguir sin darte las llaves de Miraflores.

La situación actual resulta todavía más paradójica porque Machado sí conserva un respaldo social importante. No es una figura residual ni está en la misma posición en la que terminó Guaidó. Pero Washington ha mostrado reticencias ante su regreso y su movimiento no ocupa el centro de las conversaciones respaldadas por EEUU para ordenar la transición. Puede seguir siendo una de las figuras opositoras más populares y, al mismo tiempo, resultar prescindible para quien ahora negocia el futuro inmediato del país. Reuters señalaba hace apenas unos días que responsables estadounidenses temían que su regreso pudiera alterar el proceso impulsado después de Maduro. 

Un Nobel, una oposición movilizada y la misma puerta cerrada

Machado llegó donde Guaidó nunca pudo llegar en sus últimos años. Recuperó capacidad de movilización, ganó las primarias opositoras, sostuvo políticamente la candidatura de Edmundo González después de ser inhabilitada y terminó convertida en el rostro internacional de la resistencia al chavismo. El Nobel de la Paz de 2025 coronó esa trayectoria y reforzó la idea de que, si alguna vez se abría una transición, ella estaría llamada a ocupar un papel central.

También convirtió la presión internacional en una pieza básica de su estrategia. Durante años pidió sanciones, más aislamiento para Maduro y un mayor compromiso de Washington. La lógica era comprensible: la oposición podía acumular respaldo social, pero el Gobierno seguía controlando las Fuerzas Armadas, los tribunales, las instituciones y el aparato administrativo. La capacidad que faltaba dentro debía llegar desde fuera.

Y llegó. Solo que lo hizo de una manera mucho más extrema de lo que cualquiera podía imaginar. Estados Unidos lanzó en enero una operación militar en territorio venezolano, capturó a Maduro y a Cilia Flores y los trasladó a EEUU para ser procesados. El principal obstáculo político de la oposición desapareció físicamente del país por decisión de una potencia extranjera. La estrategia de presión exterior alcanzaba así su máxima expresión.

La oposición podía pensar que su momento había llegado. Lo que ocurrió después demostró que sacar a Maduro y entregar Venezuela a sus adversarios eran dos cosas completamente distintas.

El día después de Maduro no llevaba el nombre de Machado

Ahí aparece el error de cálculo más importante. Una parte de la oposición confundió durante demasiado tiempo los intereses de Washington con los suyos propios. Mientras ambos querían debilitar a Maduro, esa coincidencia parecía total. Cuando Maduro desapareció, comenzaron a aflorar las diferencias.

Trump no colocó a Machado al frente del país. Tampoco convirtió automáticamente a Edmundo González en presidente efectivo. Washington optó por trabajar con Delcy Rodríguez, una de las dirigentes más poderosas del mismo aparato chavista al que llevaba años enfrentándose.

Este martes ambos se reunieron en Nueva York, en el primer encuentro personal desde la captura de Maduro. La delegación venezolana ha mantenido conversaciones en Estados Unidos sobre energía, minería, reestructuración de deuda y financiación internacional, además de contactos con organismos como el Banco Mundial, el FMI y el Banco Interamericano de Desarrollo. 

Mientras tanto, Machado sigue intentando regresar. La paradoja es evidente. Machado tiene reconocimiento, votos y un Nobel. Rodríguez tiene ministerios, PDVSA, una administración y capacidad para firmar acuerdos. Y cuando hay que discutir quién explota los recursos, quién paga la deuda o quién garantiza los contratos, lo segundo pesa mucho.

Después de Maduro llegaron los barriles

El petróleo ayuda a entender por qué Washington ha cambiado tan rápidamente de interlocutor. Venezuela posee unas reservas gigantescas y EEUU ha impulsado desde enero una reapertura acelerada del sector a las compañías extranjeras, especialmente estadounidenses.

Las negociaciones ya no son una hipótesis. Chevron ha ampliado sus planes; ExxonMobil avanza conversaciones para regresar a la Faja del Orinoco; otras empresas estudian nuevos proyectos y la Administración Trump ha alentado activamente ese movimiento. Reuters informó la semana pasada de que Exxon negocia volver a zonas de las que salió tras las nacionalizaciones de Hugo Chávez, dentro de una estrategia más amplia de Washington para atraer inversión y reducir la presencia rusa y china. 

A finales de agosto, varias compañías —entre ellas Chevron— estaban además cerca de cerrar nuevos acuerdos energéticos bajo una reforma que concede mayor flexibilidad a los operadores extranjeros. Reuters señaló entonces que existe un acuerdo más amplio entre Caracas y Washington vinculado a 17 campos que concentran alrededor de 64.000 millones de barriles de reservas.

El negocio ya se nota en las exportaciones. Venezuela envió en agosto alrededor de 1,17 millones de barriles diarios, mientras Vitol y Trafigura gestionaron conjuntamente cerca de 600.000, más de la mitad del total.

Nada de esto demuestra que el petróleo explique por sí solo la intervención estadounidense. Venezuela arrastraba una crisis democrática profunda, denuncias de fraude, persecución política y años de represión. Pero tampoco permite mantener intacto el relato de una operación destinada únicamente a restaurar la democracia. Washington sacó por la fuerza al presidente venezolano y pocos meses después estaba negociando con quienes sobrevivieron a él cómo reabrir uno de los mayores reservorios petroleros del planeta.

Lo que solo EEUU puede permitirse

No hace falta ser jurista para entender que lo ocurrido en enero plantea, como mínimo, preguntas difíciles. Estados Unidos desplegó sus fuerzas armadas dentro de otro Estado, capturó al hombre que ejercía su presidencia y se lo llevó fuera del país para juzgarlo en Nueva York. Que Maduro estuviera acusado de narcotráfico, que Washington cuestionara su legitimidad o que su Gobierno acumulara años de denuncias por represión no elimina la excepcionalidad de la escena.

De hecho, los juristas que después analizaron la operación fueron bastante más lejos. Expertos en derecho internacional consultados por Reuters cuestionaron seriamente su legalidad porque el uso de la fuerza contra otro Estado está prohibido salvo excepciones muy concretas, como la legítima defensa o una autorización del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Ninguna de ellas concurrió en este caso. Una acusación penal tampoco concede automáticamente a un país el derecho a lanzar una operación militar dentro de otro para detener al acusado.

El debate jurídico importa, pero hay otra cuestión todavía más evidente: cuántos países podrían permitirse una operación semejante sin afrontar inmediatamente consecuencias internacionales de enorme calibre. Washington dispone de una capacidad militar, diplomática y económica que hace que los límites aplicables al resto del sistema internacional sean, en la práctica, mucho más difíciles de imponerle.

Trump tampoco ha mostrado demasiado interés en ocultar esa asimetría. Esta misma semana volvió a reivindicar ante Naciones Unidas la captura de Maduro como ejemplo de la “potencia militar sin igual” de Estados Unidos y la integró en una doctrina más amplia destinada a reafirmar la primacía estadounidense en el hemisferio occidental.

Pero donde Trump ha sido todavía más transparente es en el petróleo. Desde los primeros días posteriores a la captura de Maduro, el presidente estadounidense habló abiertamente de la posibilidad de que EEUU participara en la explotación de los recursos venezolanos y de que Washington asumiera temporalmente un papel central en el futuro del país. Reuters recogió ya entonces que Trump vinculaba el nuevo escenario político con la posibilidad de explotar las reservas petroleras venezolanas, una declaración que provocó incluso recelos dentro de sectores de su propia base política.

Meses después, aquellas palabras tienen una traducción mucho más concreta. Washington y Caracas trabajan en una estructura de explotación que afecta a campos con alrededor de 64.000 millones de barriles de reservas probadas, con acceso prioritario para Estados Unidos al crudo producido y mecanismos destinados a reforzar su seguridad energética. Uno de los esquemas planteados contempla incluso que el Pentágono adquiera una participación del 35% en una empresa vinculada al proyecto y que otra parte de la producción pueda destinarse a la Reserva Estratégica de Petróleo estadounidense.

El secretario de Energía de EEUU, Chris Wright, tampoco lo ha presentado como una relación distante. Durante su visita a Caracas aseguró que Washington mantendrá un control muy estricto sobre los flujos financieros vinculados a uno de los nuevos acuerdos petroleros.

La secuencia resulta difícil de ignorar. Estados Unidos entra militarmente en Venezuela, captura a Maduro, mantiene en el poder a una parte del aparato que gobernaba con él y, pocos meses después, participa en la reorganización de la industria petrolera del país y garantiza acceso preferente a su producción.

Se puede discutir cómo denominar esa operación. Washington habla de seguridad, lucha contra el narcotráfico, reconstrucción económica y estabilización. Sus críticos hablan de imperialismo, apropiación de recursos o directamente saqueo. Lo que resulta más difícil es sostener que el petróleo es una sospecha añadida después por los detractores de Trump. El propio Trump lo puso encima de la mesa desde el principio.

Ganaron la caída y perdieron el día después

Y ahí vuelve Machado. La oposición venezolana ha sufrido persecución, cárcel, exilio e inhabilitaciones y cualquier análisis serio tiene que partir de esa realidad. Pero reconocerla no obliga a ignorar los errores de una estrategia que depositó durante años demasiadas expectativas en que una potencia extranjera resolviera aquello que la oposición no conseguía resolver dentro del país.

Guaidó fue el primer aviso. Llegó a ser reconocido por decenas de gobiernos y terminó sin controlar el Estado. Machado construyó una base interna mucho más sólida, consiguió respaldo internacional y llegó incluso al Nobel de la Paz. Pero el desenlace provisional vuelve a mostrar el mismo límite.

Maduro ya no está. Delcy Rodríguez sí. Washington negocia con ella, las petroleras vuelven y Machado intenta regresar a Venezuela. La gran ironía es que Estados Unidos terminó haciendo aquello que una parte de la oposición llevaba años reclamando: elevar la presión hasta quebrar el poder de Maduro. Pero cuando llegó el momento de decidir qué hacer después, actuó como lo que siempre fue, una potencia con intereses propios.

Podía querer una Venezuela sin Maduro. Podía querer menos influencia rusa y china. Podía querer estabilidad, petróleo y contratos para sus empresas. Lo que nunca estuvo escrito era que quisiera necesariamente una Venezuela gobernada por María Corina Machado. Este martes quedó resumido en dos movimientos simultáneos. Delcy Rodríguez entraba en una sala de Nueva York para reunirse con Donald Trump mientras Machado seguía buscando la manera de entrar en su propio país.

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