Hezbolá ha decidido mover ficha antes de que Líbano e Israel se sienten cara a cara en Washington. Lo ha hecho sin matices, con una advertencia pública y con otra más profunda de fondo: el Estado libanés no puede negociar al margen de la milicia chií sin abrir una crisis interna de primer orden. El líder de Hezbolá, Naim Qassem, pidió este lunes al Gobierno libanés que cancele la reunión prevista para este martes entre los embajadores de ambos países en la capital de Estados Unidos y despachó esas conversaciones como inútiles. No se quedó ahí. Reafirmó además que el grupo seguirá enfrentándose a los ataques israelíes sobre territorio libanés.

La presión llega en un momento especialmente delicado. Washington impulsa ese contacto directo con la intención de abrir una vía que al menos sirva para contener la guerra en la frontera y avanzar hacia un alto el fuego. Beirut, según explicó su ministro de Exteriores, pretende usar esa cita para reclamar precisamente eso: un cese de hostilidades. Israel, en cambio, llega con otra agenda. Benjamin Netanyahu ha dejado claro que quiere el desarme de Hezbolá como parte de cualquier eventual acuerdo y no contempla, por ahora, un alto el fuego con la organización. Ahí está el choque. Y ahí está también el motivo por el que Hezbolá ha salido a torpedear la reunión antes de que empiece.

Hezbolá marca la línea roja

 

Lo que está en juego no es solo una negociación con Israel. Está en juego quién manda de verdad en Líbano cuando se habla de guerra, paz y armas. Hezbolá no actúa como un actor periférico molesto por no haber sido consultado. Actúa como un poder que quiere dejar claro que ningún acuerdo será aplicable si no pasa por él. Esa idea la formuló con toda claridad Wafiq Safa, uno de los altos cargos del consejo político del grupo, al asegurar que la organización no se considera vinculada por lo que puedan pactar Beirut e Israel en Washington. La frase es seca. También demoledora. Dice, en la práctica, que el Gobierno libanés puede sentarse, hablar e incluso firmar, pero que el terreno real seguirá dependiendo de la voluntad de Hezbolá.

Esa posición retrata bastante bien el bloqueo libanés. El Ejecutivo de Joseph Aoun y Nawaf Salam intenta recuperar margen institucional en medio de una guerra que ha dejado al país otra vez al borde del colapso. Pero cada intento de conducir la crisis por cauces estatales tropieza con la misma pared: Hezbolá conserva capacidad militar, control territorial e influencia política suficiente para desbordar cualquier iniciativa que perciba como una cesión. La negociación en Washington encaja justo en esa categoría. Para Qassem, sentarse con Israel bajo mediación estadounidense equivale a regalar una concesión previa a sus enemigos. Para el Estado libanés, seguir negándose a hablar solo prolonga una guerra que no puede sostener.

La tensión entre ambos planos ya no es soterrada. Según AP, las relaciones entre el Gobierno y Hezbolá se han deteriorado de forma visible en los últimos meses. Beirut aprobó el año pasado un plan para retirar todas las armas que no dependieran del Estado y, después del recrudecimiento bélico del 2 de marzo, fue un paso más allá al declarar ilegal el brazo armado de Hezbolá. La respuesta del grupo no ha sido la ruptura frontal, pero sí una advertencia política constante: las armas de la “resistencia”, sostienen, son un asunto libanés y no materia negociable ni para Israel ni para Estados Unidos.

Negociar bajo el sonido de las bombas

El problema es que la diplomacia avanza, si es que avanza, bajo fuego. Las conversaciones de Washington no se celebran en un contexto de distensión, sino en mitad de una ofensiva israelí que ha seguido golpeando Líbano. Reuters sitúa en al menos 1.888 los muertos por ataques israelíes en territorio libanés desde la escalada de marzo, mientras más de un millón de personas han sido desplazadas, según AP. En ese paisaje, la sola idea de una mesa de negociación resulta frágil, casi precaria. Hezbolá explota precisamente esa contradicción: denuncia que Washington quiere vender un proceso político mientras Israel mantiene la presión militar sobre el sur del país.

También hay una batalla por el relato de esas conversaciones. Para Beirut, el encuentro entre la embajadora Nada Hamadeh Moawad y el embajador israelí Yechiel Leiter puede servir al menos para abrir una puerta y fijar una fecha de inicio para negociaciones bajo mediación estadounidense. Para Israel, la cita encaja en una estrategia mucho más ambiciosa: apartar a Hezbolá de la frontera, forzar su desarme y, si fuera posible, empujar a Líbano hacia una relación más estable con el Estado israelí. Son objetivos muy distintos. Casi incompatibles. Por eso la reunión nace con tan pocas expectativas. Y por eso Hezbolá ha decidido marcar territorio antes de que nadie pueda venderla como un avance histórico.

Hay además un riesgo que en Beirut conocen de sobra: el temor a una fractura civil si el Ejército libanés acaba empujado a confrontar a Hezbolá para cumplir las exigencias de Israel. Esa es la línea roja que nadie se atreve a cruzar con ligereza. El Estado libanés quiere recuperar soberanía. Pero hacerlo a costa de una pelea interna con la principal fuerza armada chií puede abrir una crisis aún mayor que la que intenta cerrar. Hezbolá juega con esa certeza. Sabe que el Gobierno tiene poco margen, que el Ejército no puede forzar un desarme inmediato sin pagar un precio enorme y que la comunidad internacional tampoco dispone de una fórmula sencilla para resolver ese nudo.

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