"Es media noche y un bombazo israelí sacude Beirut. Tiemblan las casas, que llevan ya dos semanas con las ventanas abiertas. Sin previo aviso, aquí no hay alarmas antiaéreas, ni refugios, ni búnkeres. Rezas, aunque no creas en nada, para que haya caído en una zona ya evacuada". Son palabras de Marta Maroto, periodista española que convirtió Beirut en su hogar hace algo más de dos años. La corresponsal llegó a Líbano en 2023 con el fin de realizar sus estudios, pero el estallido de la guerra terminó cambiando sus planes. Desde hace algunas semanas, Maroto, al igual que los libaneses, viven en una especie de déjà vu. Mientras que el país aún no se había recuperado de la última ofensiva israelí, la de octubre de 2024, cuando "más de un millón de personas fueron expulsadas de sus casas, hubo 4.000 muertos y el Líbano quedó devastado", la rueda vuelve a comenzar. 

Pregunta: Antes de llegar a Líbano, donde te encuentras actualmente, ¿cómo empezó tu carrera como corresponsal?

Respuesta: Llevo ya más de 10 años haciendo periodismo. Mi foco o especialidad son las migraciones, he cubierto fronteras europeas y el Mediterráneo central -mi primera cobertura fue en un barco de rescate-. He hecho mucho periodismo local, cubrí la pandemia desde la calle y los hospitales en Madrid, de donde soy. He trabajado en varias ocasiones en América Latina: el estallido social en Chile en 2019, el intento de golpe de estado en Brasil en 2023, la migración venezolana entre Bolivia y Chile, crisis medioambientales, y lo más reciente, en 2025 la represión del Régimen de Excepción en El Salvador y el exilio salvadoreño, que seguí hasta México.

Beirut lleva siendo mi casa desde hace ya más de dos años y medio, me hice periodista por el libro de Maruja Torres Mujer en Guerra, así que siempre quise venir al Líbano. Llegué en 2023 para hacer un máster en Derecho Internacional y Derechos Humanos, me pilló el estallido de la guerra y me quedé. Desde aquí cubro Oriente Medio, entre Beirut y Damasco, para varios medios en diferentes formatos. Siempre había hecho texto y fotografía, pero ya hago creo que de casi todo: también tele, radio y vídeos para redes sociales.

(P): ¿Cómo es un día a día cubriendo la información en pleno conflicto?

(R): La guerra es una alerta constante, es imposible desconectar y los días son muy largos. Los periodistas nos desplazamos a las zonas que han sido atacadas o donde se refugian personas desplazadas.

Hay lugares a los que la prensa internacional no puede acceder, como Dahie, las afueras del sur de Beirut donde se concentran los bombardeos en la capital. Hemos intentado entrar varias veces, pero es muy inseguro porque los bombardeos son constantes. La frontera con Israel actualmente es el otro foco de información, donde Israel está invadiendo territorio libanés y donde hay combates entre Hezbolá y tropas terrestres israelíes.

Estas zonas están marcadas en ‘rojo’ en los mapas de desplazamiento forzoso que envía el Ejército israelí, donde hay riesgo inminente de bombardeos. Cada día, cada minuto, la situación cambia. Hay que estar constantemente analizando riesgos, buscando un equilibrio entre cubrir la información de la manera más rigurosa y cercana a la noticia posible, y tu seguridad e integridad física.

Cada día, cada minuto, la situación cambia. Hay que estar constantemente analizando riesgos

(P): ¿Tenéis libertad para informar? ¿Estás acompañada de fixers o estás sola?

(R): En el Líbano tenemos bastante capacidad para movernos y preguntar. Es algo que sé que compañeras en otros lugares no tienen, por ejemplo, en Israel, donde los accesos están más controlados.

Suelo trabajar sola, aunque muchas veces hacemos equipo varios periodistas freelance, sobre todo para movernos fuera de Beirut o ir a zonas más peligrosas donde necesitamos ir con un periodista local. Es una forma también de compartir gastos, es sabido que las condiciones del periodismo incluso -o sobre todo- en zonas de conflicto no son boyantes. Y aunque vayas sola, te sueles encontrar con compañeras en los lugares que han sido atacados.

Las ocasiones que he podido trabajar con compañeros locales han sido un auténtico privilegio. Es increíble la integridad, profesionalidad y compromiso de los periodistas libaneses y palestinos. En equipos grandes, sobre todo de medios internacionales, sé que ellos son la razón de que las cosas salgan adelante.

(P): En momentos de guerra, la información se convierte en un armas más para poder conseguir el control del relato.

(R): Por eso hace falta que haya periodistas en terreno, que se transmitan las historias de los supervivientes, se explique el contexto, se haga hincapié en los crímenes de guerra. En el imaginario occidental tenemos asumido y normalizado que en Oriente Medio caen bombas, pero esto es una barbaridad y no debería ser así. Los reduccionismos y estereotipos deshumanizan a las poblaciones que sufren estos ciclos constantes de violencia, que se sienten impotentes ante la vulneración sistemática de sus derechos, el silencio internacional, los dobles estándares… pero que no tienen más remedio que resistir.

En el Líbano, en Palestina o en Siria, la maquinaria propagandística del Ejército israelí es muy potente, a las redacciones en Madrid llegan sus comunicados, su versión tantísimas veces falsa de los hechos, y en muchas ocasiones es a partir de ese relato desde donde se arman las noticias. Las versiones oficiales son importantes, pero como complemento a lo que los periodistas vemos y escuchamos en terreno.

En el imaginario occidental tenemos asumido y normalizado que en Oriente Medio caen bombas

(P): Frente al trabajo que realizais los corresponsales sobre el terreno, os encontrais con los vídeos en directo o las redes sociales, lugares donde los bulos campan a sus anchas.

(R): Es una pena que esto ocurra. Pasamos mucho tiempo corroborando, yendo a las fuentes, verificando con testigos. Hay muchísima información disponible, la mayoría de calidad, pero a veces algo sacado de contexto, simplista, impactante parece que hace más ruido y tiene más alcance que un reportaje con voces expertas y testimonios, que es el trabajo de hormiguita que hacemos la inmensa mayoría. Pero la gente no es tonta.

Una de las cosas que más me gustó de empezar a hacer televisión es la sensación de que este formato llega a una audiencia muy amplia. Empecé a recibir mensajes de gente muy diversa, a la que quizá con mis artículos en prensa escrita o mis redes sociales no hubiera podido tener acceso antes. Es muy enriquecedor para mi leer algunos comentarios: la gente pregunta -¡muchas veces cosas que no sé responder!-, opina, empatiza, reflexiona…

(P): ¿Cuál es la situación actualmente en Líbano? ¿Cuál es el estado de ánimo de la ciudadanía?

(R): Ya son casi tres semanas de guerra y sigue habiendo una extraña sensación de déjà vu, de que amanece en octubre de 2024, cuando Israel intensificó sus operaciones durante la última guerra y provocó una crisis de desplazados terrible. Más de un millón de personas fueron expulsadas de sus casas, hubo 4.000 muertos y el Líbano quedó devastado. No hubo tiempo de recuperarse ni de reconstruir antes de que empezara todo de nuevo: órdenes de desplazamiento forzoso -otra vez un millón de personas fuera de sus casas-, asesinatos, bombardeos, invasión.

Los primeros días fueron de enfado e incredulidad de una parte importante de la sociedad con Hezbolá. Israel no había respetado el alto al fuego y se sabía que aprovecharía cualquier provocación del grupo libanés como excusa para empezar una nueva guerra. En general, hay una sensación de hastío y agotamiento que se agrava con las amenazas cada vez más recurrentes de ministros y figuras del Gobierno israelí de convertir el Líbano en una nueva Gaza. Es enfermizo que se haya normalizado que un país que lleva dos años y medio cometiendo un genocidio en directo, amenace a otro con otra guerra genocida y no pase nada.

Este conflicto en el Líbano, a diferencia del anterior, es para muchas personas con las que hablo existencial. Hay una sensación de vulnerabilidad, de estar a merced de decisiones y gobiernos extranjeros sin ninguna consideración por la vida, y de que la configuración interna del país puede cambiar por completo si no hay un alto al fuego pronto.

Ya son casi tres semanas de guerra y sigue habiendo una extraña sensación de déjà vu, de que amanece en octubre de 2024

(P): Ya hay más de un millón de desplazados e Israel ha avisado de que no volverán a sus hogares. Tú misma has informado de que en Líbano no hay refugios ni sirenas antiaéreas, y que se está llevando a cabo el mismo plan que se ejecutó sobre Gaza.

(R): Pasan tantas cosas en la región que a veces se olvida que la Doctrina Gaza, con la que ahora se hace referencia a la destrucción masiva que Israel despliega en Palestina, nació precisamente en Beirut. En la guerra de 2006 entre Hezbolá e Israel, cuando el Ejército israelí llevó a cabo una estrategia que después reconoció como de “uso desproporcionado de la fuerza”, saltándose el principio fundamental del Derecho Internacional Humanitario que es la distinción entre civiles y combatientes. De los barrios de Dahie apenas quedaron su recuerdo. Tuvieron que ser reconstruidos casi en su totalidad.

Israel después trasladó este modus operandi a Palestina, que fue perfeccionándose en un contexto de impunidad y silencio hasta el genocidio actual en Gaza. Ahora esa Doctrina Dahie convertida en Doctrina Gaza regresa a los barrios donde fue acuñada. Las similitudes con Gaza son muchas, aunque ya son cosas que vimos en la guerra de 2023-2024 en el Líbano: desplazamiento forzoso de población y persecución de los desplazados, que después son asesinados en zonas consideradas seguras; ensañamiento contra equipos paramédicos y emergencias; familias enteras que están siendo borradas, aniquiladas en ataques a edificios residenciales; puentes, infraestructura civil atacada con la justificación de que es utilizada por Hezbolá; asesinatos e intimidación a periodistas. Hace unos días Israel atacó un centro universitario público en Beirut, asesinó a un rector y a otro académico, esto sí que es la primera vez que lo vemos aquí pero que ocurre constantemente en Gaza, matar a intelectuales.

(P): ¿Estamos asistiendo en directo a una nueva fase del plan anexionista de Netanyahu para crear ese "Gran Israel"?

(R): La parte más preocupante de la guerra está ocurriendo en el sur del Líbano. Ya en la última escalada y durante el alto al fuego Israel ocupó cinco posiciones en zonas fronterizas. Estos puntos están siendo ahora usados como base para la invasión que comenzó a los pocos días de que se reactivase el conflicto. Habla de crear una zona de contención, una franja de territorio desmilitarizado e inhabitado entre el Líbano e Israel para, según justifica, evitar que Hezbolá lance cohetes a sus poblaciones del norte. Lo que los rehenes han sido para alimentar la guerra en Gaza, esta función propagandística la cumplen ahora los residentes del norte de Israel. Pero este perímetro de seguridad lleva fraguándose desde el último alto al fuego: fue durante los primeros meses de tregua cuando el Ejército terminó de detonar viviendas y arrancar campos de olivos en varios pueblos fronterizos de los que meses más tarde sí se retiró.

Es una estrategia similar a la que despliega en Gaza o en Siria, escudándose en la autodefensa, estas zonas de contención con las que pretende asegurar sus fronteras amplían de facto su territorio y allanan el camino a una ocupación.

Israel después trasladó el modus operandi a Palestina, que fue perfeccionándose en un contexto de impunidad y silencio hasta el genocidio actual en Gaza

(P): ¿Qué es lo más duro de estar cubriendo el conflicto?

(R): Creo que una de las cosas que más me cuesta aceptar como como periodista es que muchas veces las dinámicas de los medios de comunicación juegan en contra de a realidad a la que queremos hacerle justicia. Me explico. Durante los meses de alto al fuego, pese a que las violaciones eran constantes -Naciones Unidas contabilizó más de 10.000 en el primer año de cese de hostilidades- el Líbano desapareció de la agenda mediática. Lo comprendo, porque el mundo está ardiendo y hay muchos focos en los que centrarse que también son muy importantes. Pero después, cuando regresa la guerra, vuelve a ser noticia que caen bombas. Yo quisiera hablar menos de la espectacularidad de bombas y más de a quién benefician, menos de los combates y más de los mecanismos de impunidad que permiten que estos ciclos de barbarie sigan reproduciéndose una y otra vez.

(P): En momentos como estos, ¿has llegado a plantear si merece la pena ser corresponsal?

(R): Todos los días. Sobre todo porque sé que mi familia y la gente que más quiero en España sufre mucho. Pero también es por ellos, por su apoyo y protección por lo que tengo fuerza para seguir.

Beirut lleva siendo más de dos años y medio mi hogar, tengo amigos desplazados, gente que he entrevistado en los últimos años que en esta guerra está siendo asesinada y herida. Este país de gente trabajadora, alegre e inteligentísima no merece vivir constantemente en guerra o bajo su amenaza.

Me gustaría hablar menos de la espectacularidad de las bombas y más de a quién benefician

(P): ¿Cuál es la historia que más te ha marcado desde que estás allí?

(R): En esta guerra a varias compañeras se nos encogió el estómago con un ataque reciente a tiendas de campaña a personas desplazadas en el paseo marítimo de Beirut. Fue de madrugada y yo estaba en directo, se me cerraban los ojos del agotamiento después de otro día sin parar, y cuando nos llegaron los primeros vídeos de ese ataque me costó contarlo con serenidad. Las imágenes se parecían demasiado a Gaza.

A la mañana siguiente fui a la zona. Me encontré con un chico con el que había estado hablando días antes, había pasado la mañana con él y otra familia haciendo directos con el fondo de las tiendas de campaña y la playa, donde dormían personas desplazadas. Me ofrecieron comida y agua, me preguntaban qué pensaba la gente en España. Cuando regresé después de aquel ataque, que era casi en el mismo lugar, este chico me contó que la mamá y su hijo de ocho años estaban en el hospital, habían sido heridos por la explosión.

Y hay una historia que me contó hace meses un conductor de ambulancia del sur del Líbano, el jefe de la Defensa Civil en la ciudad de Tiro, que ha pasado de todo y ha visto la cara más terrible de la Humanidad. Me dijo que lo peor de los misiles es cuando no escuchas su impacto, porque eso quiere decir que tú eres el que ha sido bombardeado. Ahora, cada noche, cuando empiezan a sobrevolar bajo los aviones de combate israelíes, haciendo ruido para aterrorizar, anticipando las explosiones y las muertes, me acuerdo de esa historia.

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