Belfast se ha convertido esta semana en el epicentro de escenas de violencia y disturbios con motivación racista. El miedo se ha instaurado en las familias inmigrantes, muchas de las cuales aseguran sentirse inseguras incluso para abandonar sus hogares para hacer tareas cotidianas. Los ataques, protagonizados por grupos supremacistas, han tenido como objetivo viviendas, vehículos y negocios vinculados a comunidades migrantes. No obstante, pese al clima de tensión, numerosos vecinos han respondido con iniciativas de apoyo a las familias afectadas. En una región donde la población perteneciente a minorías étnicas sigue siendo reducida, muchos ciudadanos se han movilizado para ofrecer ayuda a los afectados de cualquier manera que sea posible.

Entre quienes viven la situación con mayor preocupación se encuentra Twasul Mohammed, un refugiado sudanés asentado en Irlanda del Norte desde 2016. Según explica, el impacto psicológico sobre las familias está siendo profundo. "Los niños y las mujeres están aterrorizados. Desde que comenzaron los incidentes no he vuelto a llevar a mis hijos al colegio", afirma en una entrevista. Los disturbios comenzaron el martes por la noche después de que un ciudadano sudanés fuera acusado de intento de asesinato tras un apuñalamiento. Acto seguido, varios grupos extremistas recorrieron distintos barrios de la ciudad provocando incendios y lanzando ataques dirigidos contra personas pertenecientes a minorías étnicas. Aunque el miércoles la intensidad de los altercados disminuyó, persiste el temor a que los incidentes se repitan. Desde el Gobierno británico, los hechos han sido condenados como actos de violencia motivados por el racismo.

Heridas reabiertas

Para muchos inmigrantes, estos acontecimientos han despertado recuerdos de conflictos y persecuciones que creían haber dejado atrás al abandonar sus países de origen. Mohammed recuerda que gran parte de estas comunidades está integrada por personas que escaparon de guerras, violencia o crisis humanitarias muy graves. "La mayoría solo quiere integrarse, trabajar y contribuir a la sociedad", sostiene. El contexto histórico de Irlanda del Norte suma, además, una dimensión especialmente sensible a los sucesos. Tras décadas marcadas por el enfrentamiento entre comunidades nacionalistas y unionistas, algunos líderes sociales consideran que parte de la tensión social se está desplazando ahora hacia los grupos étnicos minoritarios, con casos como el de esta semana como detonante.

Patricia McKeown, representante sindical de Unison, advierte de que la sociedad norirlandesa continúa arrastrando divisiones profundas. A su juicio, ciertos sectores están aprovechando el malestar social para alimentar discursos de odio. La organización ha colaborado en la evacuación de decenas de familias que temían convertirse en objetivo de los ataques. Además, trabajadores de distintos sectores han denunciado episodios de intimidación en la vía pública.

Según McKeown, algunos empleados han sido interceptados por grupos que les preguntaban por su origen o registraban información sobre sus vehículos. También se han reportado casos de seguimiento y acoso, incluido el de una enfermera perseguida por varios individuos encapuchados a la salida de un hospital.

Solidaridad frente al odio

Pese a la escalada violenta de esta semana, han aflorado iniciativas solidarias y caritativas en respuesta.

Una de ellas está liderada por Ruchira Rangaprasad, una residente de origen indio que comenzó a preparar comidas para quienes no se atrevían a salir de casa. La respuesta fue inmediata. Más de treinta voluntarios se ofrecieron para colaborar en el reparto de alimentos, permitiendo distribuir decenas de paquetes en apenas unas horas. "Cuando la gente tiene miedo incluso de ir a comprar, proporcionar comida se convierte en algo fundamental", reivindica.

Para Kashif Akram, representante del Centro Islámico de Belfast, estos gestos reflejan la verdadera identidad de la ciudad. Aunque reconoce la gravedad de los ataques, insiste en que quienes promueven el odio representan a una minoría. "Lo ocurrido es devastador, pero también hemos visto una enorme muestra de solidaridad. La mayoría de las personas en Belfast son gente respetuosa y comprometida con la convivencia", sentencia Akram.

Más allá de Belfast y el reflejo europeo

Lo ocurrido en Irlanda del Norte, no obstante, no se queda en Belfast, sino que supone otro episodio más de una tendencia cada vez más visible en Europa. Cuando el presunto autor de un delito es extranjero, la responsabilidad deja de leerse como individual y se proyecta sobre comunidades enteras que lo pagan todo. El sospechoso tiene nombre, rostro y una causa judicial abierta. Quienes pagaron las consecuencias, no. Solo compartían una condición migratoria, un color de piel o un origen similar.

Bajo esa lógica opera la xenofobia contemporánea: no necesita probar una culpa concreta, sino que es suficiente con la pertenencia a un grupo concreto. El mecanismo es conocido: un delito grave, un sospechoso extranjero, imágenes circulando por redes, una multitud que decide que la justicia penal no basta y una comunidad entera colocada en el punto de mira. Es exactamente lo mismo que ocurrió en Torre Pacheco (Murcia) , donde episodios de tensión vinculados a la inmigración acabaron alimentando discursos que señalaban a colectivos enteros por los actos de unos pocos. Cambian los contextos y las dimensiones, pero la lógica es parecida: el foco se desplaza del individuo acusado a una comunidad convertida en sospechosa.

En Belfast, según Reuters y otras agencias internacionales, los ataques se dirigieron de forma indiscriminada contra minorías étnicas después de que circularan imágenes y relatos del apuñalamiento. Esta clase de movimientos y pulsiones se presentan, habitualmente, como una suerte de barrera cultural: no habla necesariamente desde el prisma de superioridad de los movimientos xenófobos de otrora, sino desde la posición de que el extranjer "no encaja". No siempre habla de raza, sino que centra el discurso en cuestiones como la seguridad, las costumbres, las fronteras o la civilización. El resultado práctico puede ser el mismo: determinados cuerpos, acentos, religiones y procedencias quedan marcados como problema. Esta mutación hace que sea más difícil de combatir, porque ahora se entremezcla con debates contemporáneos sobre integración, vivienda, empleo o seguridad.

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