Europa empieza a mirar a Estados Unidos de otra manera. No como el aliado incuestionable que durante décadas actuó como pilar de su seguridad, sino como un socio necesario, útil en muchos ámbitos, pero cada vez menos fiable. Una encuesta de The Guardian publicada por el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores antes de las próximas cumbres del G7 y de la OTAN refleja un cambio de fondo en la opinión pública europea: solo el 11% de los ciudadanos encuestados en 15 países considera ya a Estados Unidos un aliado. Hace seis meses eran el 16% y en noviembre de 2024, el 22%.

El dato resume una transformación que va más allá de una reacción coyuntural a Donald Trump. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, una parte creciente de la ciudadanía europea deja de asumir que Washington acudiría automáticamente en su defensa en caso de ataque. La llamada garantía de seguridad estadounidense, base del orden transatlántico durante buena parte del siglo XX y del inicio del XXI, atraviesa su momento de menor confianza.

La encuesta, realizada en mayo en Austria, Bulgaria, Dinamarca, Estonia, Francia, Alemania, Hungría, Italia, Países Bajos, Polonia, Portugal, España, Suecia, Suiza y Reino Unido, dibuja una Europa más desconfiada, más pragmática y más dispuesta a reducir su dependencia militar de Estados Unidos. La mayoría de los encuestados ya no espera que Washington acuda en su ayuda si su país es atacado. En cambio, salvo en Bulgaria, la mayoría cree que al menos algunos países europeos sí prestarían apoyo en una situación de crisis.

Del aliado al socio necesario

La categoría que mejor define ahora la relación con Washington no es la de aliado, sino la de socio necesario. Según el estudio, el 11% de media ve a Estados Unidos como aliado, mientras que una parte significativa de la ciudadanía europea lo percibe como un actor con el que hay que cooperar, pero sin confiar plenamente en sus garantías. Además, el 13% considera a EEUU un rival y el 12% lo ve directamente como un adversario.

El giro es especialmente relevante porque afecta al corazón del vínculo transatlántico. Durante décadas, Europa construyó su seguridad bajo el paraguas militar estadounidense. La OTAN, las bases norteamericanas en suelo europeo, la disuasión nuclear y la presencia de tropas de EEUU formaron parte de una arquitectura asumida como estable. Esa confianza se ha erosionado de forma acelerada con el regreso de Trump, sus amenazas sobre la Alianza Atlántica, su agresividad en Oriente Medio, sus advertencias sobre Groenlandia y sus promesas de revisar la presencia militar estadounidense en Europa.

El informe del ECFR apunta precisamente a ese nuevo clima de desconfianza. Muchos europeos siguen pensando que las relaciones con Washington podrían mejorar cuando Trump deje el poder, pero eso no impide que aumente el apoyo a prepararse para un escenario en el que Estados Unidos deje de ser un garante fiable. La conclusión política es clara: Europa no quiere necesariamente romper con EEUU, pero empieza a asumir que ya no puede depender de él como antes.

Más defensa europea, pero sin recortes sociales

El cambio de percepción también se traduce en preferencias concretas. Los europeos son ahora más favorables que hace un año a aumentar el gasto en defensa nacional, aunque ese respaldo tiene límites claros. El apoyo cae cuando la factura implica recortes en políticas públicas internas. En países como Italia, Austria, Alemania, España y Dinamarca, una mayoría rechaza reducir gasto social para financiar mayores presupuestos militares.

Ese matiz es clave. La encuesta no refleja un giro militarista sin condiciones, sino una demanda de mayor autonomía estratégica que no sacrifique el Estado del bienestar. La ciudadanía europea parece aceptar que el continente necesita reforzar sus capacidades de defensa, pero no a costa de sanidad, educación, pensiones o servicios públicos. La seguridad gana peso, pero no desplaza por completo las prioridades sociales.

En paralelo, el 47% de los encuestados apoya la posibilidad de recurrir a endeudamiento colectivo de la Unión Europea para financiar un mayor gasto en defensa, frente a un 35% que se opone. El respaldo es especialmente alto en Portugal, Dinamarca, Países Bajos y España, lo que muestra un espacio político creciente para fórmulas comunes de financiación.

Comprar europeo frente a depender de Washington

Otra de las conclusiones más relevantes del sondeo es el deseo de reducir la dependencia del armamento estadounidense. En casi todos los países encuestados, una mayoría considera que su país debería disminuir esa dependencia estratégica. Los partidarios de comprar productos europeos son mayoría clara en Dinamarca, Países Bajos, Suecia, Portugal, Francia, Suiza, Reino Unido y España, donde el apoyo alcanza el 62%.

Ese dato conecta con uno de los grandes debates abiertos en Bruselas: si Europa debe limitarse a gastar más en defensa o si debe hacerlo reforzando su propia industria militar. La diferencia no es menor. Comprar más armamento a Estados Unidos puede aumentar las capacidades a corto plazo, pero mantiene la dependencia tecnológica, logística e industrial. Comprar europeo, en cambio, implica apostar por una autonomía más profunda, aunque exige coordinación, inversión y decisiones políticas complejas.

La encuesta muestra que ese debate ya no pertenece solo a los gobiernos o a los expertos en seguridad. Ha llegado a la opinión pública. Y lo ha hecho en un momento en el que las próximas cumbres del G7 y de la OTAN estarán marcadas por la incertidumbre sobre el papel de Estados Unidos y por la presión para que los aliados europeos asuman más responsabilidades.

La OTAN sigue, pero el vínculo cambia

Pese al desplome de confianza en Washington, la mayoría de europeos no quiere sustituir la OTAN por un nuevo organismo exclusivamente comunitario. Solo el 29% apoya esa opción. La lectura es menos rupturista y más pragmática: Europa quiere mantener la Alianza Atlántica, pero al mismo tiempo prepararse para que su principal potencia ya no sea un socio plenamente previsible.

Ese equilibrio define el momento actual. No se trata de un antiamericanismo clásico ni de una ruptura abrupta con Washington. Se trata de algo más profundo: la pérdida de automatismo. Durante décadas, la pregunta sobre la seguridad europea tenía una respuesta casi inmediata: Estados Unidos. Ahora, una parte creciente del continente empieza a responder de otra manera: Europa.

La guerra en Ucrania, la amenaza rusa, el debate energético y la agresividad de Trump han acelerado una conversación que durante años avanzó lentamente. El llamado siglo americano en Europa no termina con una declaración formal ni con una salida de la OTAN. Se desgasta de forma más silenciosa, encuesta a encuesta, crisis a crisis, cada vez que los europeos dudan de que Washington vaya a cumplir el papel que dio por hecho durante generaciones.

El resultado es una Europa que sigue necesitando a Estados Unidos, pero que empieza a planear su futuro como si algún día pudiera no tenerlo. Ese cambio de mentalidad es, en sí mismo, un hecho histórico.

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