El asalto en Caracas por parte del Ejército de los Estados Unidos cumplió el mayor anhelo de María Corina Machado: la captura de Nicolás Maduro y su salida forzada del poder. Pero lo hizo con una contraparte agridulce para ella, ya que Donald Trump la desautorizó delante de todo el mundo y señaló que no contaba con los apoyos ni el respeto necesario para tomar las riendas de Venezuela. Las loas al republicano, que llegaron incluso al extremo de ofrecerle el Premio Nobel de la Paz que la líder opositora obtuvo en 2025, fueron insuficientes para que fueran ella o Edmundo González los que recogieran el testigo del madurismo y, en su lugar, la sustituta provisional de Maduro ha sido su propia vicepresidenta, Delcy Rodríguez. Pero Machado aún se aferra a un clavo ardiendo para ser presidenta de Venezuela: que la unidad oficialista se resquebraje eventualmente, al haberse producido la sucesión en un momento de inestabilidad. En estos momentos, la líder opositora está sufriendo el elevado coste de haberse adherido a un personaje tan volátil como Donald Trump, pero le queda esperar una oportunidad en el futuro si la sustitución de Maduro no da sus frutos diplomáticos.

La líder opositora de 58 años tiene delante una situación paradójica: el cambio ha llegado, en tanto que se ha producido un cambio de dirigente, pero con el reconocimiento limitado del resultado electoral de 2024 y no mediante una transición al uso, sino mediante un pacto fraguado en Mar-a-Lago que deja claro que a Washington le preocupan más los recursos y el acceso a los mismos que el color del Gobierno de turno en el país caribeño. La designación de Delcy Rodríguez como presidenta encargada con el beneplácito de Trump supone un duro golpe a las aspiraciones de Machado y Edmundo González. Al elegir como sustituta a una figura de la máxima confianza de Nicolás Maduro para asegurar una estabilidad y continuidad inmediatas, el mensaje que se lanza desde la superpotencia es crudo y claro: los resultados electorales y la ideología no importan tanto mientras se controle de manera efectiva el territorio y se pueda acceder a los recursos naturales que éste brinda. Business is business no matter what.

Por ende, el escenario al que hace frente la líder opositora es complejo: cuenta con cierto respaldo popular en Venezuela y puede jugar la carta del triunfo electoral en 2024, pero ni Trump se encuentra en disposición de premiarla, ni de convocar elecciones, ni existen puentes internos que puedan acercarla al poder. Por ello, a lo que le toca aferrarse es a la paciencia de que las tornas se vuelvan de nuevo a su favor en el futuro.

Limitado margen de maniobra

Por ello, la pregunta que aflora instantáneamente es clara: ¿Qué margen de maniobra le queda a la líder de la oposición? El discurso de "hasta el final", marcado por el objetivo principal de derrocar primero a Maduro y después a sus acólitos, se ha topado de pleno con la doctrina del imperio. Para Washington, ni ella ni Edmundo González tienen la legitimidad ni la capacidad para controlar las Fuerzas Armadas ni el talante para gestionar todo lo que supondría un cambio tan radical en el país. Corina, además, no ha vuelto a Venezuela desde que salió en noviembre para recoger el Premio Nobel de la Paz.

El escenario a corto y medio plazo requiere estabilidad para los intereses norteamericanos, por lo que la opción preferida para el imperialismo ha sido el cambio de dirigente pero manteniendo el Gobierno, para no levantar mayores tensiones y garantizarse el acceso a lo que verdaderamente le interesa a Washington. Por ello, la figura de González Urrutia tampoco ha sido tenida en consideración y el riesgo de la irrelevancia azota con fuerza tanto para él como para la propia María Corina Machado.

Aunque el episodio del 3 de enero no representa necesariamente el fin de su carrera política, de varias décadas de recorrido, Venezuela ha entrado en una etapa de incertidumbre en la que no parece haber espacio para heroicidades ni personalismos lejos del paraguas y de los intereses de Washington. La realpolitik arrolla todo lo que se encuentra a su paso y si algunos pensaban que lo más importante para Estados Unidos era derrocar a Maduro y su séquito, claramente se equivocaban.

La coalición gobernante ha nacido en un momento de inestabilidad, y aún es muy joven para saber si la apuesta de la Casa Blanca llegará a buen puerto. El peso del tutelaje externo norteamericano y los intereses personales de la cúpula del poder podrían resquebrajar una unidad oficialista que, bajo el mandato de Maduro, parecía incorruptible. El tiempo lo pondrá todo en su lugar, y eso es lo único a lo que puede aferrarse la opositora.

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