6 de enero de 2026. El tiempo vuela y se cumplen ya cinco años del asalto al Capitolio de los Estados Unidos, cuando agitadores trumpistas, neoconfederados, neonazis, trolls y conspiranoicos entraron al Capitol Building con el objetivo de dar un autogolpe de Estado para perpetuar a Donald Trump en el poder. El republicano todavía era presidente en ese momento, pero con carácter saliente, ya que había perdido las elecciones contra Joe Biden dos meses atrás y en apenas unas semanas tendría que abandonar el cargo, y los asaltantes intentaron ocupar el edificio para revertir los resultados electorales, que el propio Donald Trump puso en duda anteriormente en uno de sus interminables ejercicios de discurso populista. El golpe no tuvo éxito, los asaltantes fueron detenidos por la Guardia Nacional y, tras ello, el propio Trump se comprometió a hacer una transferencia pacífica de poderes.

El del 6 de enero de 2021 fue el primer asalto al Capitolio desde la quema de Washington en 1814 por parte del Ejército británico. El golpe se produjo en medio de un contexto de elevada crispación fruto de acciones y palabras del propio Trump. Según revelaron encuestas de opinión, la gran mayoría de estadounidenses desaprobaba lo ocurrido y el comportamiento de Trump que condujo al asalto, aunque cierto porcentaje de los republicanos apoyó el ataque o no culpó a Trump del mismo. Varios servicios de inteligencia de la OTAN informaron a sus gobiernos de que los incidentes se enmarcaban en un intento de golpe de Estado perpetrado por el propio Trump con posible apoyo de miembros de los organismos de seguridad federales. Trump admitió ante los principales líderes del Congreso republicano que se consideraba parcialmente culpable de la violencia en el Capitolio​, y salió del poder igual que entró: envuelto en polémica.

​El enfrentamiento en las puertas del Capitol Building dejó cuatro fallecidos: una mujer fue tiroteada por las fuerzas del orden dentro del Capitolio y posteriormente falleció en el hospital a causa de las heridas y otros tres murieron como resultado de emergencias médicas durante el día. A su vez, se encontraron tres artefactos explosivos caseros, uno en los terrenos del edificio, otro en las oficinas del Comité Nacional Republicano y otro del Comité Nacional Demócrata cerca del Capitolio.

Los precedentes y la cronología

Las elecciones se celebraron el 3 de noviembre de 2020, y el demócrata Biden salió victorioso. Antes, durante y después del recuento de votos, Trump y otros republicanos fueron calentando el terreno para impugnar el resultado electoral si les era negativo, hablando de fraude y no reconociendo la derrota.​ El día del asalto, el Congreso estaba reunido para certificar los resultados del Colegio Electoral, y Trump anunció un mítin antes del evento para seguir protestando por los resultados en varios Estados. La alcaldesa de Washington D. C., Muriel Bowser, pidió varios días antes, a vista de las tensiones que podrían generarse, que se desplegaran tropas de la Guardia Nacional del Distrito de Columbia para apoyar a la policía local durante las manifestaciones anticipadas. Pidió que dichos guardias no estuvieran armados para que se limitaran a la gestión de multitudes y el tráfico y la policía pudiera centrarse en la seguridad. El secretario de Defensa interino, Christopher Miller, aprobó la solicitud y se activaron aproximadamente 1.100 tropas.​

Tres días antes de los disturbios, el Pentágono se ofreció también a enviar a la Guardia Nacional, pero la Policía del Capitolio de los Estados Unidos argumentó que no haría falta. Robert Contee, jefe interino del Departamento de Policía Metropolitana del Distrito de Columbia, argumentó después del asalto que su departamento no tenía información ni indicios de lo que iba a ocurrir en el Capitolio. El jefe de policía del Capitolio de los Estados Unidos, Steven Sund, dijo que su departamento tenía planes de actuación relacionados con la Primera Enmienda (eliminación de la libertad de expresión y del derecho a la asamblea pacífica de las personas), pero que no estaba entre sus planes hacer frente al "comportamiento desenfrenado y criminal" que tuvieron delante.​

Durante aproximadamente una hora y cuarto, entre las 13:00 y las 14:15, hora local, los manifestantes comenzaron el intento de golpe en el Capitol Building. Algunos de los edificios fueron evacuados y los manifestantes traspasaron la seguridad para ingresar al Capitolio, incluida la Sala Nacional de las Estatuas. Algunos entraron andando, otros hicieron rápel por la fachada y otros rompieron ventanas para ingresar en el Complejo. Con la intrusión en marcha, todos los edificios fueron cercados y se pidió a los golpistas que se desplazaran a las oficinas, y a los que estaban por fuera se les aconsejó buscar refugio ante la actuación policial inminente.​ ​ABC News informó que hubo disparos dentro del edificio del Capitolio y que hubo un enfrentamiento armado en la puerta principal. A las 14:30, la alcaldesa Bowser ordenó un toque de queda en la ciudad.

Cuando la normalidad volvió a imponerse y el ataque cesó, se terminó de recontar el voto y se certificó la victoria electoral de Joe Biden y el cambio presidencial. Trump corrió a las redes sociales para emitir un comunicado: "Por favor, apoyen a nuestra Policía del Capitolio y las fuerzas del orden. Ellos realmente están del lado de nuestro país. ¡Manténgase en paz! [...] Estoy pidiendo a todos en el Capitolio de los Estados Unidos que permanezcan en paz. ¡Sin violencia! Recuerden, nosotros somos el Partido de la Ley y el Orden, respeten la Ley y nuestros grandes hombres y mujeres de Azul. Váyanse a casa en paz". Ante los hechos, fue suspendido de Twitter, Facebook e Instagram por riesgo de futura incitación a la violencia. Un año después, en febrero de 2022, Trump lanzó TruthSocial, su propia red social, desde donde se comunica habitualmente, y cuando el magnate Elon Musk compró la red social del pájaro y la rebautizó a X, le levantó la sanción, retomando uno de sus altavoces más importantes.

El retorno de Trump al poder

Tan pronto como el 6 de junio de 2021, cinco meses después de que sus seguidores irrumpieran en el Capitolio, Trump retomó sus mítines de campaña con intenciones de volver a ser presidente en 2025, con un discurso de más de una hora de duración en la convención anual del partido Republicano de Carolina del Norte. El 27 de junio celebró su primer mitin público desde lo ocurrido. Pese a haber salido de la presidencia, Trump consiguió influir en ciertos Estados con gobernadores afines, como Florida, Texas o Dakota del Sur, con Ron DeSantis, Greg Abbott y Kristi Noem, respectivamente, aprobando leyes conservadoras como la prohibición del aborto e impulsando políticas muy duras con la inmigración.

En 2023, Trump fue imputado en el distrito de Manhattan por el caso de la actriz pornográfica Stormy Daniels, a la que el magnate pagó 130.000 dólares para que mantuviera silencio sobre la relación que mantuvieron en 2006. Los fiscales encontraron falsificaciones de documentos empresariales en el proceso en plena campaña electoral. Tanto Trump como sus aliados calificaron la investigación de "motivada políticamente" y defendieron su inocencia. Se impuso la libertad sin cargos, pero se convirtió en el primer expresidente de los Estados Unidos en enfrentar cargos criminales con la justicia. Tan solo unos meses después, el fiscal especial Jack Smith acusó de 37 cargos al republicano, 31 de ellos por almacenar documentos clasificados en Mar-a-Lago tras dejar la casa blanca en 2021.​ El 24 de agosto fue tomado su mugshot, después que este se entregara a las autoridades tras una acusación estatal en su contra. Es la primera y única fotografía policial jamás tomada de un presidente estadounidense. Ninguno de estos escándalos impidió que regresara al poder.

La baja popularidad de Joe Biden y su deteriorado estado de salud, que provocó que Kamala Harris tuviera que sucederle en la carrera electoral, sumado al incisivo discurso de Trump en cuestiones como la inmigración y la política exterior le hicieron reconectar con sus votantes más fieles y con los indecisos, haciéndose con la victoria en los estados pendulares necesarios en 2024 y convirtiéndose en el segundo presidente que conseguía la reelección no consecutiva después de que Grover Cleveland lo hiciera en 1892, siendo el 22º y 24º presidente de los States.

¿Cómo estamos ahora?

Cinco años después del asalto, con un mandato de Joe Biden de por medio y con Trump de nuevo en la Casa Blanca, las cosas no han cambiado tanto. Aquellos hechos no supusieron un punto de quiebre de cara al exterior, ya que el término de Biden fue insustancial en términos de que Estados Unidos sigue siendo Estados Unidos: el mismo ente imperialista y con una política exterior agresiva de siempre, con el asalto a Caracas como último ejemplo. El presidente de turno no es tan importante cuando la naturaleza del Estado es siempre la misma: la del saqueo y la intervención sistemática en cualquier parte del globo donde se libren transformaciones sociopolíticas contrarias a sus intereses, como una suerte de estatus autoatribuido de 'policía del mundo'.

La política exterior agresiva ha sido, históricamente, la seña de identidad de Washington con independencia del color político de sus dirigentes. La diferencia en el presente, no obstante, es que el tono ha cambiado: ya no importa tanto "llevar la democracia" al mundo, como se articulaba ante la credulidad de los ilusos de antaño, sino que Donald Trump ha adoptado posiciones mucho más frontalistas e incisivas: habla directamente de controlar el petróleo, de hacerse con los recursos e incluso se otorga a sí mismo la autoridad para dirigir otros países como, en este caso, Venezuela. Poco importan las leyes del derecho internacional y el orden basado en reglas si existe un ente más poderoso que los supuestos responsables de velar por su cumplimiento.

Ahora ha sido Venezuela, pero anteriormente fueron Corea, China, Indonesia, Cuba, Guatemala, Laos, Vietnam, Camboya, Líbano, Irán, Panamá, Kuwait, Somalia, Bosnia, Afganistán, Yemen, Irak, Libia o Siria. Trump ha mostrado especial comodidad a la hora de mantener una política exterior expansionista y agresiva, pero es un error personalizar en él las actuaciones estadounidenses. La historia del país tiene precedentes de actuaciones similares a la de Venezuela sin que Trump hubiera siquiera nacido. Por ello, atribuir la actuación en Caracas a la megalomanía del republicano es una equivocación, en tanto que el problema de fondo reside en la naturaleza de la superpotencia norteamericana, su carácter imperialista y sus principales objetivos en todo el globo: hacerse con el control económico y designar gobiernos que les permitan ejecutar exitosamente tal misión. Y ello nunca ha dependido del color del gobernante, sino de la mera existencia de la superpotencia occidental y de la defensa y perpetuación de su posición.

La principal diferencia, como se ha expresado en líneas anteriores, es el cambio de tono. La detención de Nicolás Maduro para sacarle del poder trae un mensaje más directo, ya no tan velado como otrora. Cuando se bombardeaba en Libia, en Siria, en Irak o en Somalia, por poner algunos ejemplos, se hablaba de que el objetivo era "llevar la democracia" a estos lugares, aunque los intereses materiales fueran más que evidentes. Pero se maquillaba un poco. Trump lo intentó en los meses previos a la operación alegando que la presencia militar estadounidense en las costas venezolanas trataría de frenar el avance del narcotráfico, siendo, de hecho, uno de los cargos que le han atribuido a Nicolás Maduro para detenerle. Pero cuando tuvo que explicar la operación ante todo el mundo, se quitó por completo la careta y admitió abiertamente que lo que buscaban en Venezuela era hacerse con el control de los recursos petrolíferos para entregárselos a las empresas estadounidenses, e incluso se atribuyó la capacidad de dirigir el país. Una injerencia mucho más agresiva que la de sus predecesores más cercanos.

Si no existe un contrapoder que pueda hacer frente a este avance y los organismos supranacionales presuntamente encargados de velar por el orden quedan por debajo de Washington, como ocurre actualmente con sus derechos de veto en las Naciones Unidas y con las vulneraciones sistemáticas del derecho internacional, será difícil frenar las pulsiones expansionistas de Estados Unidos. Donald Trump es, simplemente, un mero catalizador de la naturaleza de este país. Se avecinan tiempos convulsos en el tablero geopolítico.

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