El ministro israelí de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, ha vuelto a colocar el lenguaje más extremo sobre Gaza en el centro del debate político israelí. Esta vez lo ha hecho proponiendo que Israel mate mediante ataques selectivos a “30 o 40” personas cada noche en el enclave palestino, unas declaraciones realizadas durante una conversación con Rom Braslavski, antiguo rehén de la Yihad Islámica Palestina. Ben Gvir sostuvo además que entre los objetivos deberían encontrarse personas que, según su criterio, “no merecen vivir”.
Israel's Ben Gvir Calls For Nightly Kill Quota In Gaza
— Ryan Rozbiani (@RyanRozbiani) August 15, 2026
Ben Gvir:
"There are people there who are not alive. They don't need to live. They are not people. I'm doing them a favor by calling them people."
He is calling for the killing of 30 to 50 people in Gaza EVERY NIGHT,… pic.twitter.com/dCqrCY5Hf9
Las palabras constituyen un nuevo episodio de lo que podría definirse como el exterminio verbal de Ben Gvir: un discurso en el que matar, expulsar o desplazar a palestinos aparece planteado como una opción política ordinaria y cuantificable. No se trata, además, de un dirigente situado en los márgenes del sistema. Ben Gvir es ministro de Seguridad Nacional y líder de Poder Judío —Otzma Yehudit—, una de las fuerzas ultranacionalistas que sostienen el bloque político de Benjamin Netanyahu. Aunque no dirige al Ejército ni puede ordenar operaciones militares en Gaza, controla una cartera con importantes competencias sobre la Policía y el sistema penitenciario.
Su posición explica también por qué sus declaraciones tienen una relevancia diferente a las de un agitador externo al poder. Netanyahu ha dependido durante buena parte de los últimos años del respaldo parlamentario de Ben Gvir y del también ultraderechista Bezalel Smotrich para mantener su mayoría y sacar adelante su proyecto político. Reuters ya describía en 2024 a Ben Gvir como un actor con capacidad para condicionar al primer ministro precisamente por la fragilidad de sus apoyos parlamentarios. Esa dependencia no significa que Netanyahu comparta o apruebe cada una de sus palabras, pero sí ha proporcionado al dirigente ultra un espacio político desde el que pronunciar declaraciones que hace apenas unos años pertenecían a sectores mucho más marginales de la política israelí.
De los márgenes del kahanismo al corazón del Gobierno
El episodio tampoco puede presentarse como una salida de tono aislada. Ben Gvir tiene una larga trayectoria vinculada a posiciones extremistas contra la población palestina y árabe. Fue seguidor del rabino radical Meir Kahane, cuyo movimiento defendía la expulsión de árabes y acabó proscrito. Ben Gvir ha sido condenado en Israel por delitos relacionados con incitación racista y apoyo a una organización extremista y llegó a quedar fuera del servicio militar cuando era joven debido a la radicalidad de sus posiciones.
Su transformación de activista situado en los márgenes a ministro es una de las imágenes más claras del desplazamiento experimentado por una parte de la política israelí. Ideas que durante décadas fueron consideradas demasiado extremas para ocupar el centro del poder han terminado encontrando representación directa en el Gobierno. Ben Gvir no ha abandonado durante ese proceso buena parte de sus planteamientos fundamentales: se opone a la creación de un Estado palestino, defiende la expansión de los asentamientos y ha reclamado reiteradamente una política mucho más agresiva en Gaza.
En enero de 2024, Estados Unidos ya calificó de “inflamatorias e irresponsables” unas declaraciones de Ben Gvir y Smotrich en las que ambos defendían que palestinos abandonasen Gaza y hablaban de reconstruir asentamientos israelíes en el territorio. Meses después, Ben Gvir participó en un encuentro organizado junto a Gaza para reclamar precisamente el regreso de los colonos israelíes al enclave. “Si queremos, podemos renovar los asentamientos en Gaza”, afirmó entonces.
La última intervención sigue esa misma línea. Junto a la propuesta de matar cada noche a decenas de personas, el ministro volvió a defender la salida masiva de palestinos de Gaza y la recuperación de asentamientos israelíes dentro del enclave. No es, por tanto, únicamente el vocabulario utilizado, sino la persistencia de un proyecto político en el que expulsión, ocupación territorial y violencia militar aparecen conectadas.
Un ministro incómodo al que Netanyahu sigue necesitando
La supervivencia política de Ben Gvir resulta especialmente significativa porque sus controversias no se han limitado a declaraciones públicas. Su gestión como ministro ha provocado conflictos institucionales dentro del propio Israel. La fiscal general israelí llegó a respaldar una petición para que fuese apartado del cargo por supuestas interferencias en la actuación de la Policía, acusaciones que el ministro rechazó. La legislación aprobada tras su entrada en el Ejecutivo amplió, además, su capacidad para fijar prioridades generales de las fuerzas policiales.
A pesar de esas polémicas, Ben Gvir continúa formando parte del núcleo político que sostiene a Netanyahu. Ahí reside buena parte del significado de sus palabras. No porque el primer ministro las haya suscrito públicamente, sino porque el sistema de alianzas que mantiene su gobierno ha convertido al dirigente ultra en un socio difícil de ignorar. Ben Gvir y Smotrich han amenazado en diferentes momentos con provocar crisis de Gobierno ante posibles acuerdos sobre Gaza y han utilizado su peso parlamentario para presionar hacia posiciones más duras.
La propia evolución de Ben Gvir muestra hasta qué punto se han movido los límites del debate. Un político condenado por incitación racista, antiguo discípulo de Kahane y durante años identificado con los sectores más radicales del nacionalismo israelí ocupa hoy una de las principales carteras de seguridad del país. Sus declaraciones generan condenas y controversias, pero no han supuesto hasta ahora su expulsión definitiva del espacio de poder construido alrededor de Netanyahu.
El discurso extremo se expande, pero también encuentra resistencia
Ben Gvir tampoco es una figura completamente solitaria dentro de la derecha israelí. Su discurso no surge en el vacío, sino que se inscribe en una deriva estructural del sionismo político contemporáneo, en la que la expansión de los asentamientos, la normalización del control militar permanente sobre la población palestina y el rechazo casi transversal a un Estado palestino han dejado de ser posiciones marginales para convertirse en elementos ampliamente aceptados dentro del sistema político.
La actual coalición de Netanyahu ha sido descrita como una de las más nacionalistas y religiosas de la historia israelí, pero esa caracterización a menudo suaviza una realidad más incómoda: una parte significativa de la sociedad israelí ha ido desplazando sus propios límites morales y políticos hacia posiciones cada vez más excluyentes, especialmente en lo relativo a los derechos de los palestinos. En ese contexto, dirigentes procedentes del movimiento de los asentamientos no solo han ganado influencia institucional, sino que han logrado normalizar un marco ideológico en el que la ocupación prolongada y la desigualdad estructural aparecen como hechos asumidos dentro del proyecto sionista dominante.
Sería, sin embargo, impreciso extender esa evolución al conjunto de la diáspora israelí o judía. Existen organizaciones y personalidades proisraelíes en Estados Unidos y Europa que han defendido posiciones muy duras sobre Gaza y han respaldado a la derecha israelí, pero también se está produciendo el fenómeno contrario. En 2026, más de un millar de judíos de la diáspora reclamaron al presidente israelí, Isaac Herzog, medidas contra la violencia de extremistas judíos en Cisjordania; posteriormente, una carta similar reunió miles de firmas.
En Estados Unidos, además, organizaciones judías que tradicionalmente han defendido a Israel han mostrado crecientes críticas por la situación humanitaria de Gaza, mientras rabinos y colectivos judíos han participado en protestas contra determinadas políticas del Gobierno israelí. Esa división importa porque impide presentar el sionismo, la sociedad israelí o la diáspora judía como bloques homogéneos. El endurecimiento de una parte del discurso es evidente, pero también lo es la resistencia que está provocando dentro y fuera de Israel.
Precisamente por eso, la relevancia de las últimas palabras de Ben Gvir no reside únicamente en su brutalidad. “30 o 40 cada noche” es la última expresión de una trayectoria política que ha convertido planteamientos antes relegados a la extrema derecha en asuntos discutidos desde dentro del Consejo de Ministros israelí. El problema ya no es únicamente qué dice Ben Gvir. Es el lugar desde el que puede decirlo, el poder institucional que conserva después de hacerlo y hasta qué punto el sistema político israelí ha incorporado discursos que hace no demasiado tiempo permanecían fuera de los límites aceptables de su política institucional.
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