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España

El precio de tener hijos en una España que pide más nacimientos

Las dificultades económicas, residenciales y laborales son las protagonistas al hablar de aumentar la natalidad

Imagen de archivo de una mujer embarazada.

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España quiere y necesita más niños. La preocupación por el envejecimiento de la población, el futuro de las pensiones y el descenso de la natalidad se entrecruzan constantemente en el debate político mientras se reclaman medidas para incentivar los nacimientos y revertir una tendencia demográfica que amenaza con transformar el país. Pero hay dos preguntas que suele quedar en segundo plano: ¿cuánto cuesta tener hijos en España y qué ocurre cuando el deseo de formar una familia choca con las condiciones económicas y laborales? ¿Quién puede permitirse tener hijos en España?

La distancia entre los hijos que se desean y los que finalmente se tienen ofrece una perspectiva distinta sobre el problema. La Encuesta de Fecundidad difundida por el Instituto Nacional de Estadística (INE) el pasado 29 de septiembre puso cifras a esa brecha: el 34,8% de las mujeres que habían tenido hijos declaró haber tenido menos de los que deseaba. El dato refleja que, detrás del descenso de los nacimientos, no solo hay decisiones personales de no ser madre, sino también proyectos familiares que se han quedado a medio camino. Entre las mujeres de 35 a 44 años que no habían alcanzado la maternidad deseada, las razones laborales, de conciliación y económicas tienen un peso significativo. Ellos son factores que aparecen una y otra vez cuando se pregunta por qué se retrasa la llegada de un primer hijo, por qué se renuncia a un segundo o por qué la posibilidad de ampliar la familia termina descartándose.

Muchas barreras

La primera barrera puede ser encontrar un lugar donde vivir. Para una pareja joven que destina buena parte de sus ingresos al alquiler, la idea de tener un hijo implica revisar unas cuentas que ya están muy ajustadas dada la tensión del mercado inmobiliario tanto en el alquiler como en la compra. Una habitación más, una vivienda con mejores condiciones o la posibilidad de abandonar un piso compartido dejan de ser aspiraciones a largo plazo y se convierten en requisitos que condicionan una decisión vital y a la que muchas familias no llegan económicamente. La emancipación tardía y la dificultad para acceder a una vivienda estable retrasan, además, el momento en el que muchas personas se plantean formar una familia.

A la vivienda se suma la incertidumbre laboral. Los contratos temporales, los salarios que no crecen al ritmo del coste de la vida y la dificultad para anticipar los ingresos de los próximos meses hacen que tener un hijo se perciba como un compromiso imposible. Tener hijos supone asumir durante años una serie de gastos que afectan a la economía doméstica: alimentación, ropa, transporte, material escolar, actividades extraescolares y, sobre todo, cuidados. A medida que los niños crecen, cambian las necesidades, pero no desaparece la presión económica. Para muchas familias, cada nueva etapa obliga a reorganizar el presupuesto y a renunciar a todo lo demás.

En ese escenario, la conciliación se convierte en otra de las grandes dificultades. Los horarios laborales no siempre encajan con los escolares, las jornadas partidas siguen complicando la organización familiar y las alternativas para atender a los menores cuando termina el colegio no están al alcance de todos los bolsillos. Las familias que no cuentan con una red de apoyo cercana, especialmente con abuelos disponibles, se enfrentan a una dificultad añadida. En ocasiones, la solución pasa por pagar servicios de cuidado; en otras, por reducir la jornada o renunciar a oportunidades profesionales.

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Carga adicional sobre la mujer

Esa factura, a su vez, no se reparte siempre por igual. Las mujeres continúan asumiendo una parte desproporcionada de las responsabilidades de crianza y cuidados, con consecuencias sobre sus ingresos, sus carreras profesionales y su desgaste físico y mental. Además, para quienes ya han experimentado esas dificultades con un primer hijo, la posibilidad de tener un segundo puede convertirse en una decisión mucho más complicada. Tener hijos implica una inversión económica, pero también una disponibilidad que no siempre resulta compatible con el modelo laboral. Y mientras la conversación pública se centra en la necesidad de elevar los nacimientos, las dificultades cotidianas para cuidar a los hijos siguen ocupando un lugar secundario.

Ante todos estos argumentos, surge una pregunta: ¿qué ayudaría realmente a tener más hijos? La respuesta no se encuentra en una única medida para incentivar los nacimientos. Las ayudas económicas directas pueden aliviar parte de los gastos, pero no compensan por sí solas, ni compensarán, la falta de vivienda asequible, la precariedad laboral o la ausencia de recursos públicos para atender a los menores.

Por eso, una de las preguntas fundamentales es qué políticas públicas reclaman quienes se encuentran con dificultades para desarrollar sus proyectos familiares. La vivienda asequible, la ampliación de la educación infantil de cero a tres años, unos horarios laborales más compatibles con la crianza, la estabilidad en el empleo y unos permisos que favorezcan la corresponsabilidad aparecen como elementos centrales de esa discusión. También lo hacen las prestaciones y ayudas que acompañen a las familias durante las distintas etapas de la crianza, y no solamente en el momento del nacimiento.

La diferencia entre incentivar y construir condiciones óptimas

Pese a todas las medidas paliativas que puedan impulsarse, existe una diferencia clara entre anunciar incentivos a la natalidad y construir condiciones de fondo para que las personas puedan tener hijos. Lo primero puede formar parte de un programa electoral; lo segundo exige políticas sostenidas en el tiempo, recursos públicos y cambios en la organización del trabajo y los cuidados. En vísperas de una campaña en la que previsiblemente volverán a escucharse propuestas para aumentar los nacimientos, conviene cambiar el punto de partida y centrarse en lo material. El descenso de la natalidad suele presentarse como un problema colectivo, asociado al envejecimiento demográfico y a la sostenibilidad de las pensiones, pero tras las cifras también hay casos reales de personas de carne y hueso que han aplazado decisiones, han reducido sus expectativas o han renunciado a tener más hijos porque las condiciones materiales no acompañaban sus deseos.

El problema de la natalidad no se resolverá apelando a la responsabilidad de las generaciones jóvenes o recordándoles las consecuencias del envejecimiento de la población. Si tener hijos se ha convertido en una decisión condicionada por el nivel de ingresos, el acceso a una vivienda, la estabilidad laboral y la disponibilidad de tiempo para cuidar, el debate debería empezar por ahí. España puede reclamar más nacimientos, pero esa petición tiene poco recorrido si no va acompañada de condiciones que permitan llevar adelante un proyecto de vida.

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