La muerte, este martes, de Antonio Tejero ha querido cruzarse con el calendario como una mueca del destino. El mismo día en que se desclasificaban los documentos del 23-F, se apagaba la voz del hombre que, pistola en mano, irrumpió en el Congreso de los Diputados el 23 de febrero de 1981 y congeló durante horas la respiración de un país. Con él desaparece el rostro más reconocible de aquella intentona golpista que puso en jaque a la joven democracia.

El Tribunal Supremo lo condenó el 22 de abril de 1983 a 30 años de prisión por rebelión militar consumada, con la agravante de reincidencia. No era su primera vez ante los jueces, ya que en 1979 ya había sido procesado por la llamada Operación Galaxia, otro conato conspirativo que anticipaba el estruendo de los disparos en el hemiciclo.

La vida tras los muros

El periplo penitenciario de Tejero fue tan singular como su biografía. Cumplió los primeros compases de su condena en la prisión militar de Alcalá de Henares, pasó por Ferrol y recaló, de nuevo, en el castillo que ya conocía, el de Sant Ferran, en Figueres. Aquel recinto ciclópeo -una de las mayores fortalezas de Europa- volvería a convertirse en su morada.

En diciembre de 1996 abandonó la cárcel militar de Alcalá en libertad condicional, tras cumplir las tres cuartas partes de la pena gracias a redenciones por trabajo. Antes, en noviembre de 1993, había accedido al tercer grado. Un indulto solicitado en su momento no prosperó: su falta de arrepentimiento pesó como una losa.

Pero fue en la fortaleza ampurdanesa donde su estancia adquirió un aura casi novelesca. El Ministerio de Defensa habilitó la antigua enfermería para alojarlo cuando llegó el 18 de mayo de 1983. Años antes, tras la Operación Galaxia, ya había pasado por allí como condenado por conspiración para la rebelión militar. El castillo no le era ajeno.

En declaraciones recogidas en 1986 por La Vanguardia, el propio Tejero presumía de su situación: “Aquí hago lo que me sale de la punta del níspero cuándo y cómo quiero. Estoy tan feliz como el día 24”. La frase retrataba un régimen que muchos consideraron indulgente como era una habitación individual, espacios ajardinados dentro del pabellón y libertad de movimientos por zonas delimitadas de la inmensa fortaleza.

ElPlural visita el Castillo Militar de Figueres.

ElPlural visita el Castillo Militar de Figueres

El castillo, la sombra del 23F y los privilegios

El Castillo de San Fernando no es una prisión cualquiera. Con 320.000 metros cuadrados -el equivalente a unos 60 campos de fútbol- comenzó a levantarse en 1753. Su perímetro defensivo supera los tres kilómetros y bajo su patio de armas laten cuatro cisternas con capacidad para nueve millones de litros de agua, diseñadas para resistir un asedio de un año.

Transformado en penal civil en 1904, fue también la última capital política y militar de la España republicana, ya que allí se celebró la última sesión de las Cortes antes del exilio. Tras la Guerra Civil regresó a su función castrense y, desde 1997, abrió sus puertas como monumento visitable.

Durante los años de Tejero entre sus muros, el castillo se convirtió en lugar de peregrinación para nostálgicos del régimen anterior. Llegaron autocares, hubo visitas restringidas y hasta episodios pintorescos, como un “suquet de peix” organizado en su honor por la Cofradía de pescadores de Rosas, que terminó costándole el puesto al mando militar responsable. Algunos visitantes se marchaban con cuadros pintados por el propio golpista, que cultivaba un huerto y se refugiaba en la pintura mientras redactaba unas memorias que nunca vieron la luz.

Las críticas no tardaron en aflorar. El entonces Defensor del Pueblo, Álvaro Gil-Robles, denunció en un informe a las Cortes el agravio comparativo: mientras en algunas prisiones militares se hablaba de ratas en los retretes, en Figueres un interno disponía de sala de pintura y proyección de vídeo. Tras el escándalo, las condiciones se endurecieron.

Tejero salió de prisión sin haber pedido perdón. Fue expulsado de la Guardia Civil, pero nunca renegó de su acción. Su figura quedó asociada para siempre al eco de los disparos en el Congreso y al “¡Quieto todo el mundo!” que se incrustó en la memoria colectiva.

Su muerte coincide ahora con la apertura de archivos que prometen arrojar nueva luz sobre el 23F. Ironías del calendario, mientras los papeles hablan, el protagonista calla para siempre.

Interior del Castillo de San Fernando de Figueres.

Interior del Castillo de San Fernando de Figueres 

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