La carrera de Atom Egoyan tiene una clara línea divisoria que puede establecerse en 2002. Antes de esa fecha, desde sus inicios a finales de los setenta, se convirtió en uno de los referentes del ‘cine de autor’, sobre todo en la década de los noventa, con títulos como El liquidador, Exótica o El dulce porvenir. Después de esa fecha, cuando estrena Ararat, su carrera comienza un paulatino declive, aunque con obras en un primer momento con interés como Where the Truth Lies o Adoration, no así las últimas, las decepcionantes Condenados, Cautivos o la que nos ocupa, Remember, si bien, ésta es posiblemente la mejor obra de su última etapa.

Podría decirse que Egoyan lleva años buscando su lugar en el panorama cinematográfico actual, recuperar el estatus que tuvo en los noventa. Pero da la impresión que lo está haciendo más desde la temática, es decir, trabajando argumentos que entroncan con los intereses de sus mejores películas y no así mediante la creación de las imágenes. Algo que evidenció con Condenados o Cautivos, tímidos intentos de volver a territorios explotados en su cine anterior con tan solo alguna buena idea en el plano visual. Pero poco más. Ahora, con Remember, sin embargo, ha optado por una puesta en escena enormemente sencilla, muy convencional y plana, pero que, sin embargo, y a diferencia de las aquellas, tiene la fortuna de contar con un guion bastante más interesante y sólido así como, ante todo, con un Christopher Plummer magnífico en su papel.

Por tanto, el interés de Remember lo encontramos más en lo que plantea a nivel argumental que en el trabajo visual del director, que es lo peor que se le puede decir a un cineasta, máxime, a uno como Egoyan. El problema es que ese interés que encontramos en la historia no tiene relación alguna con el planteamiento visual. Cabe pensar que Egoyan ha elegido esa planicie en la construcción de las imágenes precisamente para que el fondo de la historia llegue de manera más directa, pero la sensación es más bien la contraria, que ha teniendo demasiada fe en las posibilidades de ella como para plantearse un trabajo visual elaborado.

Así, en Remember seguimos los pasos de Zev (Plummer), un anciano con alzheimer, superviviente del Holocausto, que acaba de enviudar. Un compañero (Martin Landau) de la residencia de ancianos en la que se encuentra, elabora un plan, a partir de una promesa que al parecer Zev hizo a su difunta esposa, para encontrar a un criminal nazi que acabó con sus familias en Auschwitz. Así, Zev comienza un periplo, bastante complicado dada su edad, sus problemas de movimiento y su constante pérdida de memoria, que en ocasiones resulta un poco complicado de creer, sin embargo, Plummer es capaz de dotar de fuerza y convicción al personaje. Cuatro paradas en su trayecto, ante cuatro posibles candidatos a ser ese criminal al que debe matar.

Remember plantea un juego sobre la (des)memoria, tanto íntima como histórica tan interesante como en cierta manera previsible en su resolución final, aunque su desenlace no se puede revelar, lo cual es una lástima porque en él se encuentra gran parte de la fuerza discursiva de la película. Egoyan juega a los espejismos, a las apariencias, y crea, aunque sin desarrollar la idea, un contexto por el que se mueve Zev en el que un anciano de noventa años puede comprar una pistola sin problema alguno o en el que encontramos a un oficial de la policía con ideas nazis. Apuntes que consiguen dar una cierta idea de la pervivencia de un pasado en la sociedad contemporánea, en la norteamericana en particular, que no dejan de ser simples apuntes que enriquecen la propuesta, pero no son suficientes como para ampliar el interés de la película. Egoyan ha perdido fuerza, poder transgresor.

La película intenta establecer una mirada sobre la pervivencia del pasado en el presente, mirar a aquel desde los restos que quedan hoy; también, sobre la necesidad de recordar o de no olvidar. Pero Egoyan no se ha preocupado de hacerlo también a través de las imágenes y eso ocasiona que Remember, al final, acabe en tierra de nadie.