Ante la noticia de que la actriz Susan Sarandon recibirá el Goya Internacional durante la próxima edición de los galardones del cine español, los medios han recordado la brillante trayectoria de la estadounidense. Y es que entre la filmografía de Sarandon podemos encontrar joyas como las icónicas Thelma & Louise o Mujercitas, pero la actriz le debe su única Oscar a Mejor Actriz a Pena de Muerte.

Estrenada en 1995 y dirigida por Tim Robbins, Pena de muerte -Dead Man Walking- es una de las películas más contundentes del cine estadounidense contemporáneo sobre el debate de la pena capital. Lejos del sensacionalismo o del panfleto ideológico, unas premisas presentes en este cine, la cinta propone una reflexión ética profunda sobre la culpa, el perdón y los límites de la justicia institucional, cuestiones también tratadas en películas actuales como Jurado Nº2. 

Basada en el libro homónimo de la monja Helen Prejean, la película sigue la relación entre la religiosa y Matthew Poncelet, un condenado a muerte acusado del asesinato de dos adolescentes. A partir de este vínculo, Robbins construye un relato íntimo que enfrenta al espectador con una pregunta incómoda: ¿qué distingue moralmente al crimen individual de la violencia ejercida por el Estado?

Humanizar sin justificar

Uno de los mayores logros de Pena de muerte es su negativa rotunda a simplificar el conflicto. Matthew Poncelet, interpretado con crudeza por Sean Penn, no es presentado como una víctima del sistema, sino como un hombre violento, racista y profundamente negado frente a su propia responsabilidad. La película erige en este sentido una confrontación con el espectador. Frente a él, Susan Sarandon encarna a la sobria hermana Helen Prejean. Su personaje no absuelve el crimen ni minimiza el dolor causado, pero se mantiene firme en la polémica idea de que toda persona, incluso en el umbral de la muerte, merece ser acompañada y escuchada.

Lejos de centrar el relato en el condenado, Robbins da espacio al sufrimiento de las familias de las víctimas. Sus testimonios recuerdan que el crimen no termina con la condena, y que la ejecución tampoco repara la pérdida. Estas escenas impiden que la película se convierta en una defensa unilateral del reo y refuerzan su equilibrio moral. La propuesta es clara: la pena de muerte no restituye la justicia, sino que prolonga el ciclo de violencia bajo una apariencia legal.

La ejecución como acto burocrático

El clímax del film, la ejecución de Poncelet, se filma sin adornos. La cámara observa el procedimiento con frialdad casi documental, un acto rutinario y deshumanizado. La muerte se convierte en un trámite, lo que acentúa la crítica al sistema penitenciario y a la normalización de la violencia institucional.

Pena de muerte no pretende ofrecer soluciones definitivas al debate sobre la pena capital. Su fuerza reside en la capacidad de incomodar, de obligar al espectador a cuestionar sus propias convicciones morales. Al final, la película sugiere que una justicia desprovista de compasión corre el riesgo de perder su legitimidad ética. A casi tres décadas de su estreno, la obra de Tim Robbins mantiene intacta su vigencia. En un mundo donde la justicia continúa debatiéndose entre castigo y humanidad, Pena de muerte sigue siendo una película necesaria, incómoda y profundamente humana.

Síguenos en Google Discover y no te pierdas las noticias, vídeos y artículos más interesantes

Síguenos en Google Discover