No recuerdo la última vez que vi el Movistar Arena así. Y no lo digo como una frase hecha. Eran las ocho de la tarde y aquello estaba a reventar. La pista era un bloque compacto de cuerpos, sudor y nervios. En las gradas no se veía ni un solo asiento libre. Ni uno. Hacía mucho tiempo que no sentía ese cosquilleo previo, esa intuición de que algo grande estaba a punto de suceder.

El concierto de Delaossa no estaba planteado como un simple directo. Desde el principio se nos propuso un viaje: cinco actos, cinco etapas de su vida, cada una asociada a un lugar y a un momento del día. No era solo música; era relato, memoria. Y yo, que he crecido escuchando muchas de esas canciones en momentos clave de mi vida, estaba preparada para sentirlo todo.

El arranque fue sencillamente espectacular. 2 The Sky. Delaossa apareció subido a un andamio a unos veinte metros de altura. Literalmente en el aire. La imagen era poderosa, casi simbólica: alguien que viene de abajo, que ha pasado por todo, cantando desde lo más alto. El público estaba en silencio, mirando hacia arriba, soñando. Y entonces, en el final de la canción, llegó el salto.

El arnés falló. No fue un susto controlado ni una caída prevista. Fue un golpe seco, inesperado. El silencio que se hizo en el Movistar Arena fue de los que ponen la piel de gallina. No sabíamos qué estaba pasando, solo que algo iba mal. Delaossa no volvía. Un parón que se hizo eterno. El diagnóstico llegó rápido: hombro dislocado.

Ahí, sinceramente, pensé que el concierto había terminado.

Pero volvió. Dolorido, tocado, claramente jodido. Intentó seguir. Tuvo que parar otra vez. Le colocaron un cabestrillo. Y entonces dijo algo que se me quedó grabado: “Esto puede ser una mierda o el concierto de nuestras vidas”. No sonaba a frase ensayada. Sonaba a verdad. A alguien que decide, en caliente, no rendirse. Y a partir de ese momento, todo cambió.

Lo que vino después fue uno de los mayores ejercicios de entrega que he visto nunca sobre un escenario. Con un solo brazo, con dolor evidente, Delaossa lo dio absolutamente todo. El público cantaba por él cuando hacía falta. Se creó una comunión brutal, de esas que no se planean. Estábamos todos empujando en la misma dirección.

El setlist fue un regalo para cualquiera que haya seguido su carrera. Un recorrido honesto por su historia, con temas de La Madrugá que sonaron a confesión nocturna, pero sin dejar fuera los himnos que nos hacen gritar como si nos fuera la vida en ello: La Placita, El Patio, Ojos Verdes. Canciones que no son solo suyas, que ya son nuestras.

Y entonces llegó uno de los instantes más bonitos de la noche. Delaossa subido a un coche, junto a su padre, para cantar Cuánto Falta. No recuerdo haber visto algo tan sincero en un escenario tan grande. Un hijo cantando su historia con quien estuvo ahí desde el principio. Destrozado físicamente, con el hombro hecho mierda, pero con la tranquilidad de quien sabe que ha llegado. Que ha salido de todo lo malo. 

Hubo momentos en los que el Movistar Arena parecía una terapia colectiva. Veneno y Mariposas Rojas dolieron. Mucho. Se cantaron con ese nudo en la garganta que solo aparece cuando una canción te ha acompañado en momentos oscuros. Mirabas alrededor y veías ojos brillantes, gente rota pero agradecida.

Los invitados fueron otro espectáculo en sí mismos. Ver aparecer a sus hermanos de Space Hammu fue emocionante, casi obligatorio. Luego llegaron Pepe y Vizio, Recycled J y Fernandocosta. Cada aparición levantaba el pabellón, pero más allá de la sorpresa, lo que se respiraba era cariño. Amistad real. Gente que estaba allí no por marketing, sino por respeto.

Y cuando ya pensábamos que nada podía superar aquello, cuando el concierto ya era perfecto pese a todo, empezó a sonar Still Luvin. Y apareció Quevedo. El estallido fue total. Fue el cierre ideal para una noche imposible de repetir.

Puede que dentro de unos años se recuerde este concierto por la caída, por el cabestrillo o por la lista interminable de invitados. Yo lo recordaré por otra cosa. Por un tipo roto físicamente que decidió quedarse, mirarnos a los ojos y cantar su vida con una verdad que no se ensaya. Y por un Movistar Arena lleno hasta arriba que entendió que, a veces, los conciertos más grandes no son los que salen perfectos.

Salí con la voz rota, el cuerpo cansado y una sonrisa rara, de esas que mezclan emoción y orgullo. Porque aquella noche, más que ver a Delaossa triunfar, lo vimos resistir

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