El siglo XXI no solo arranca, en lo artístico, con la integración de las técnicas digitales. En España, los albores de esta centuria están asistiendo a un reflote del arte de la Ilustración, así como al definitivo reconocimiento del Arte Urbano como disciplina artística.


Pero fijémonos en la ilustración. Las obras de este género son arte para gourmets. Nos atrapan por la vista, a menudo nos embriagan por el olfato (con su intenso olor a tinta) y nos repercuten también al tacto, por las cuidadas serigrafías en las que suelen imprimirse.


Explorar los orígenes del arte de la ilustración nos conduce primero a los papiros egipcios; después, a los códices, gran parte de cuyos textos se acompañaban de imágenes dibujadas; luego, a documentos sagrados de la Edad Media, en los que la información también se transmitía y divulgaba en forma de imágenes además de con palabras; más tarde llegó el momento de las estampas de grabados… Hasta que la ilustración alcanzó, a finales del siglo XIX, su primer momento de esplendor.


Un esplendor debido, por un lado, al fenómeno del cartelismo, uno de cuyos máximos exponentes fue Tolouse Lautrec, y que se manifestaba claramente influido por las corrientes artísticas del momento, el postimpresionismo y el Art Noveau, con sus escenas cotidianas, trazos estilizados y compactos, y sus colores vivos. Y, por otro lado, la ilustración se difundió merced a la moda de incorporar viñetas en la prensa y con la ebullición de revistas con portadas y diseños ilustrados, aunque su esplendor solo duró tres o cuatro décadas, hasta que entró en guerra con la fotografía, y pasó a un plano secundario cuando ésta segunda se volvió imprescindible para los periódicos.


Las revistas ilustradas se dirigían fundamentalmente a las eruditas clases media y alta. Debieron su éxito no solo al perfeccionamiento de las técnicas de imprenta y las posibilidades que esta ofrecía, sino también a la agitación social de la época con el furor de los movimientos democráticos europeos, ya que estas revistas aportaban textos extensos, analíticos, aunque no se limitaban a lo político sino que también abarcaban lo social y ofrecían literatura. La pionera de esta generación de cabeceras fue la francesa Le Rire, que, además de ilustrada, era satírica, beneficiada de la liberación del yugo de la censura. Abrió una senda que luego siguieron otras como L´illustration, en París; Die illustrierte Zeitung, en Leipzig; y en la década de 1850, se lanzaron en estados Unidos las revistas Frank Leslie´s illustrated Newspaper y Harper´s Weekly. Algo más tarde surgió, por supuesto, The New Yorker.


La tendencia alcanzó también España, donde nacieron elegantes revistas ilustradas, como Cosmópolis o Blanco y Negro. Nombres propios que comparecieron en ellas fueron los mismísmos Dalí, Picasso, Juan Gris o Maruja Mallo, y también Carlos Sáenz de Tejada, Mariano Benlliure, Eulogio Varela o Inocencio Medina Vera. Normalmente, las láminas de estos artistas hablaban por sí mismas, pero a menudo, vestían textos de los mejores escritores del momento, como Juan Ramón Jiménez o Manuel Machado. Poco a poco, al igual que en los periódicos generalistas, se fueron incorporando los humoristas, como Antonio Mingote o Manolo Summers.


El museo ABC, uno de los centros españoles que mejor conserva nuestra memoria ilustrada al pertenecer a la empresa editora de aquella revista Blanco y Negro, nos presenta ahora la primera retrospectiva, con más de 900 dibujos, de Francisco Sancha, un dibujante español esencial de las tres primeras décadas del siglo XX, y que responde a las características que hemos mencionado: color, figuras verticales, composiciones condensadas y de temática social. La obra de Sancha se compone, sobre todo, de estampas costumbristas inspiradas en el Madrid que vivió. Las publicó, sobre todo, en el semanario Blanco y Negro entre 1904 y 1911, y el artista aprovechó el altavoz que significaba esta publicación para situar, como protagonistas de los dibujos, a mendigos y clases desfavorecidas, reivindicando mayor atención sobre ellos. Un colectivo que el autor conoció en su vida bohemia, y con los que empatizó en gran medida gracias a su ideología progresista, probablemente influida por sus estancias en París y Londres, donde deslumbró con sus trabajos anti germánicos. Sancha murió en la cárcel de Oviedo, donde trabajaba para el diario socialista Avance desde poco antes del estallido de la Guerra Civil en 1936.


Esas cabeceras tan artísticas como aquellas en las que publicó Sancha fueron los precedentes inmediatos de los libros ilustrados tal como los conocemos hoy, en este nuevo boom del género que presenciamos. Sin embargo, aunque en ellas los textos que se acompañaban de ilustración versaban sobre contenido socio político y literario, en España, en los años posteriores y durante mucho tiempo, la ilustración de libros se dejó fundamentalmente para la literatura infantil, en un movimiento parejo a la proliferación de álbumes ilustrados desatada en el mundo anglosajón, con Richard Scarry, Maurice Sendak, Eric Carle o John Burnigham.


La evolución estilística de la ilustración evolucionó desde la imitación de estéticas novecentistas a un estilo más expresivo y pictórico, favorecido por los nuevos avances en la tecnología de la impresión. Entre los grandes ilustradores españoles que despuntaron en el último tercio del siglo XX se encuentran Miguel Calatayud, Fernández Pacheco, Fuencisla del Amo, Ana Juan, que suele encargarse de las cubiertas de las obras de Isabel Allende en Plaza y Janés, o Emilio Urberuaga, el creador de la imagen de Manolito Gafotas.


Y en los años recientes, el libro ilustrado ha alcanzado la mayoría de edad, ha vuelto a la palestra incorporado ya a títulos para todos los públicos, abandonando su encasillamiento en lo infantil. Sintomático de este cambio de mentalidad ha sido la modificación de la denominación del hoy conocido como Premio Nacional de Ilustración, así distinguido desde 2008, pero que, en los años anteriores, desde que comenzó a concederse en 1978, se titulaba Premio a las mejores ilustraciones infantiles y juveniles.


Los motivos de esta nueva fiebre ilustrada hay que buscarlos en la apuesta personal de ilustradores que han conseguido cautivar a millones de lectores con sus obras, como la francesa Rebeca Drautemer, cuyos dibujos han resultado un auténtico imán de público. También en el renovado gusto por la estética artesanal, que, en el mundo del libro -las revistas no están mostrando el mismo interés por la vuelta de la ilustración-, se expresa con el registro de decenas de editoriales consagradas al libro ilustrado. En el caso de España, entre ellas están la editorial Lunwerg, que, precisamente, ha publicado la fantástica compilación del periodista Mario Suárez, Ilustradores Españoles; la editorial Media Vaca, que edita libros divertidísimos de textos atípicos (como la obra El paseo de Buster Keaton); la editorial Libros del Zorro Rojo, que revisa a gran cantidad de autores clásicos; Impedimenta, que, entre otras cosas, tiene una estupenda colección de biografías hechas a base de ilustración; o Modernito Books, con un variado catálogo de libros cuidadísimos. Son editoriales que cuentan con firmas de ilustradores como Ricardo Cavolo, Aitor Saraiba o Paula Bonet (la autora de Qué hacer cuando en la pantalla aperece the end, cuyas imágenes fueron tremendamente virales en las redes sociales). Autores que no solo imprimen su obra en libros, también se benefician de nuevas tendencias del coleccionismo, abiertas a estos formatos, y que no se limitan a hacer un retrato costumbrista de su época: en el eclecticismo que marca el conjunto de todas sus piezas, encontramos una intención más conceputal, abstracta y simbólica.


Francisco Sancha. El alma de la calle. Museo ABC  de Madrid. Hasta el 25 de enero. http://museo.abc.es/


Imágenes: Francisco Sancha.