https://www.youtube.com/watch?v=8Viz788Dl3Q

La trama real es muy conocida. Hablamos del Match del Siglo (veinte), de una de las partidas de ajedrez más sonadas de la historia, y probablemente de la de mayor trascendencia política. Corría 1972 cuando el estadounidense Bobby Fischer derrotaba al soviético Boris Spassky en el campeonato mundial, celebrado ese año en Reikiavik (Islandia). Se ponía fin a un mandato soviético, que duraba ya veinticuatro años, en el reino del ajedrez. Pero aquella partida, que se prolongó durante más de un mes y en la que Spassky se rindió por teléfono, no solo se jugaba en el tablero. Eran los años más calientes de la Guerra Fría, y tanto el Kremlin como la Casa Blanca vieron en ella un campo de batalla. La convirtieron en una metáfora política, en una cuestión de Estado. El presidente Nixon hizo suyo el jaque mate, y en la sociedad soviética, que se tomaba el ajedrez muy en serio, la derrota se vivió como una auténtica humillación.


Hace apenas un mes se estrenó en Estados Unidos la película Pawn Scrifice, del director Edward Zwick, inspirada en aquel duelo. Y en nuestro país, el dramaturgo Juan Mayorga, Premio Nacional de Teatro 2007 y una de nuestras mayores autoridades teatrales, prolífico autor de más de treinta obras invariablemente densas y profundas, como Palabra de Perro o El chico de la última fila, ha subido a escena Reikiavik, una pieza inspirada en el legendario encuentro. “No recuerdo la primera imagen que tengo de aquella partida, pero probablemente supe de ella en un momento cercano a cuando se produjo, porque siempre he sido lector de periódicos”, cuenta. “A lo largo de los años, he ido siguiendo con zozobra las biografías de aquellos dos ajedrecistas, sobre todo de Fischer, que tuvo un final tan malogrado. Un día, paseando por un parque (me encantan, me parecen bosques urbanos, encuentro en ellos caperucitas, hansels y gretels, y lobos feroces), vi a uno de esos grupos de aficionados al ajedrez que se reúnen en busca de rivales, e imaginé que podrían recrear una y otra vez aquella partida, intercambiándose los roles del estadounidense y el soviético”.


Sin duda, aquel duelo tuvo una épica que lo convierte en arcilla perfecta para el arte. “Para mí, el enfrentamiento entre aquellos dos ajedrecistas tiene algo de La Ilíada, y de una Odisea fallida, porque al final, son dos expatriados, no hay Ítaca”. Es más, probablemente el ajedrez mismo tenga mucho de dramatúrgico. “Creo que sí. Es un juego de autoconocimiento, es El Aleph de Borges. Ha habido obras de teatro basadas en él, como Deep Blue, y por supuesto narraciones, como Novela de ajedrez de Stefan Zweig”, opina Mayorga. “Sin embargo, cuando comenté a mi círculo cercano que estaba escribiendo este texto, mucha gente me dijo que el ajedrez le parecía lo menos dramatúrgico del mundo. Lo cual me gustó, creo que el reto de los dramaturgos es encontrar teatro donde aparentemente no lo hay, llevar al espectador a lugares donde nunca lo han llevado”. No era primerizo, no obstante, en transportar aquel deporte a las tablas. “Me fascina, y lo había tocado en otra de mis obras, El jardín quemado. Respecto a la partida Fischer – Spassky, mi primera ambición fue hacer algo así como un teatro documental sobre ellos. He acabado ficcionando sobre todo aquello, pero con verosimilitud. El lenguaje del ajedrez es muy poético, está cargado de belleza, y yo he querido recrearlo, he buscado el diálogo en lo que no podemos oír, en los silencios de los jugadores, porque el cerebro de un ajedrecista debe de ser de lo más espectacular que hay. También me ha interesado su miedo, en lo que constituye una lucha de un hombre contra sí mismo”.


Reikiavik es la segunda pieza que dirige Mayorga tras La lengua en pedazos, cuyo texto también era de su cosecha y dedicó a Teresa de Jesús. “Creo que dirigir me ha convertido en un autor mejor. Y en el caso de Reikavi, que escribí en 2012 [y ahora edita La Uña Rota], la puesta en escena ha sido una pelea conmigo mismo”. La lengua… y Reikiavik tienen en común su escenografía mínima. “El tablero apenas está sugerido. Creo que se ha hecho un gran trabajo de imágenes y luz, que capta la poesía de la escena. Y el peso dramatúrgico lo tienen los actores [Daniel Albaladejo, Elena Rayos, César Sarachu], que han captado muy bien el alma de los varios personajes que interpreta cada uno. La verdad es que siempre he creído que el teatro es el arte del actor”.


Fisher – Spassky. Una batalla histórica y a tumba abierta por un trono mundial, con sonoros ecos políticos. ¿Cuáles son, para Mayorga, las batallas que libra el teatro español en los tiempos que corren? “Yo creo que hay un orgullo creciente de los dramaturgos. Los diagnósticos fatalistas no se han cumplido. Se ha revalorizado el teatro como arte de reunión, el público acude a las salas. Pero no debemos conformarnos. Trabajamos con la lengua de Calderón, de Valle, de Lorca. Tenemos que hacer un teatro que incendie, revelador. Un teatro que atraviese, porque siempre habrá gente que nos acompañe”.


Reikiavik. Hasta el 1 de noviembre. Teatro Valle Inclán de Madrid. cdn.mcu.es