Hace apenas unos días una amiga periodista nos enseñaba las lindezas que varias personas le habían dedicado en mensajes privados a través de Instagram. Ni que decir tiene que le llamaban de todo menos “guapa”, nunca mejor dicho, y, tal vez lo peor de todo es que la mayoría de insultos que le dirigían eran relacionados con su aspecto físico, aunque tampoco faltaban los dedicados a su supuesta ideología, acompañados de imprecaciones a una imaginada ausencia de santidad de su madre, que las madres siempre acabamos pagando todo, incluida la fruta.

Me dio rabia, y pena, y un cada vez más profundo hastío. Los consejos del resto de componentes del chat en el que lo estábamos comentando iban desde la denuncia al bloqueo, y a ninguna de ellas les faltaba razón.

No obstante, la cuestión de denunciar estos insultos no es tan evidente como muchas personas creen. Poderse denunciar, se puede -en realidad, se puede denunciar cualquier cosa- pero lo de que prospere es harina de otro costal, porque los insultos leves quedaron despenalizados en el año 2015, salvo determinados casos como el de funcionarios públicos en el ejercicio de su cargo o determinadas autoridades o instituciones, y muy gorda tiene que ser la cosa para que se consideren injurias graves. Eso sí, si el tema se pasa de castaño oscuro y sigue, sigue y sigue, podríamos encontrarnos ante un delito de acoso, y si constituye una “advertencia” de que algo malo puede pasar, podría tratarse de una amenaza, respecto de la cual también habría que ponderar su gravedad.

En cuanto al bloqueo, es la versión 2.0 del viejo refrán de “ojos que no ven, corazón que no siente”. Nos proporciona una aparente tranquilidad, pero que ignoremos las cosas no quiere decir que no existan. Y, siguiendo con el refranero, como del dicho al hecho hay un buen trecho, luego nos encontramos con esas intolerables agresiones a periodistas que hemos estado viendo en vivo un en directo en estos días.

En cualquier caso, yo me sigo preguntando qué placer o qué satisfacción puede obtener alguien en el hecho de dirigir mensajes insultantes a una persona a la que no conoce personalmente simplemente por lo que opina o, lo que es aún peor, por el aspecto que tenga -un aspecto estupendo, dicho sea de paso-. Por descontado, esto se hace desde el anonimato y con el escudo protector de una pantalla de ordenador o de móvil, lo que supone una dosis de cobardía añadida. A este respecto, otra de las componentes del chat decía, no sin razón, que estas personas viven con odio. Triste y peligroso a la vez.

He sufrido en mis propias carnes este tipo de actitudes y aseguro que, aunque se finja indiferencia, duelen, cuando no dan miedo directamente. Pero más miedo me da que normalicemos estas conductas y hagamos como si no pasara nada. Porque sí que pasa, y mucho, Y si no alzamos la voz, seguirá pasando.

SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus)

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