Algo que suelo hacer con mucha frecuencia es colaborar con las asociaciones animalistas en cualquier iniciativa que suponga un beneficio para los animales de este país en el que se considera “cultura” torturarlos y matarlos. Como es fácil imaginar, es una tarea que nunca tiene fin. Las aberraciones de todo tipo contra los animales no humanos de cualquier especie se prodigan en España de una manera impresionante en todos los ámbitos.Y es que con el aprendizaje en la escuela de la ideología religiosa  se nos adoctrina desde la infancia en percibir como normativos actos de extrema crueldad contra seres indefensos, se nos insensibiliza al hacernos percibir como “normal” que se torture hasta la agonía y la muerte a un bóvido indefenso, o se maltrate o se asesine a animalillos de cualquier especie, muchas veces por pura y grotesca diversión. Ya sabemos bien que una sociedad insensible y embrutecida es, por descontado, mucho más manipulable.

Las asociaciones protectoras y de defensa animal de este país no tienen, por tanto, descanso. Aunque es verdad que en los últimos tiempos sus iniciativas y su trabajo son mucho más visibles y trascienden en la sociedad de manera mucho más efectiva a través de las plataformas de activismo on-line como Change.org. A través de una amiga animalista me llegó el sábado pasado una petición en esa misma plataforma por una iniciativa que me llamó mucho la atención. Por supuesto, la firmé, como tantas otras. La iniciativa provenía de una organización catalana que se dedica a proteger a palomas de la predación humana, así como a dignificarlas y a ofrecer información sobre estas especies de aves migratorias tan maltrechas y perseguidas en las ciudades en los últimos tiempos, aunque sean todo el símbolo de la paz.

Esta organización, que se llama Corazón de paloma-Pigeon Heart, pide firmas para exigir la retirada de una trampa mortal colocada en la fachada de la parroquia de Sant Jaume, en San Pol de Mar?. Ver la foto que acompaña la petición impacta y rompe el corazón por cruel. Tras una especie de reja colocada en un rosetón se ven por dentro a las crías aprisionadas de una paloma, y por fuera, con la comida en su pico, a la madre desesperada, intentando, siendo imposible, dar de comer a sus hijos. Colocaron la reja con los polluelos dentro. Del mismo modo que, según me han contado varias personas de asociaciones animalistas, en muchas propiedades de los arzobispados en ciudades de todo el país tapian paredes y puertas de las fincas urbanas con camadas de gatos dentro que, al quedarse atrapados y sin salida, sin agua y sin comida, acaban muriendo tras una larga agonía.

Parece que al clero les sigue gustando los encerramientos y emparedamientos, que durante la Edad Media hasta el no tan lejano siglo XVII fueron relativamente frecuentes en las mujeres de la Europa cristiana. Eran las mujeres “muradas” o emparedadas, a veces como castigo, y otras veces hasta de manera aparentemente voluntaria; digo “de manera aparentemente voluntaria” porque el adoctrinamiento en esas mujeres debía ser colosal; aunque también es verdad que, visto el panorama que se les ofrecía a mis congéneres en esos siglos teocráticos y siniestros, quemas en hogueras, derechos de pernada, ignorancia, sumisión y parir como conejas, quizás no fuera tan mala idea enclaustrarse en medio metro cuadrado dentro de una pared y olvidarse del mundo.

En fin, que parece que algunas costumbres se perpetúan, si no con humanos, con animalillos indefensos, que en este país ninguna barbarie contra ellos está castigada. Una o dos generaciones de niños siendo educados en el respeto a los animales, es decir, en el respeto, traería como consecuencia, con toda seguridad, el fin de la violencia y una sociedad humanizada y compasiva. Tan importante y tan básico es el animalismo para la evolución de las sociedades. Por eso decía Voltaire en el siglo XVIII que es increíble y vergonzoso que los predicadores y moralistas no levanten la voz contra la bárbara costumbre de asesinar animales. Y no sólo no levantan la voz, sino que generaron, a través de su ideología antropocéntrica y especista, la base ideológica que sustenta el desprecio y el abuso contra los animales; y, además, no sienten escrúpulos en llenar sus arcas por supuestamente expandir la moral, mientras ejercen acciones que muestran una insensibilidad, una falta de ética y de compasión por los seres más indefensos sólo propias de gente, como poco, desalmada y sin corazón.

Sea como sea, pido a mis amigos lectores que colaboren con su firma, una firma con corazón, en esta petición para liberar a estos animalitos indefensos en el rosetón de una iglesia, petición que es toda una metáfora de la religión muy expresiva, firma cuyo móvil no es otro que la ética, la compasión y un mínimo de sofisticación moral en este país nuestro tan adoctrinado en la barbarie y en la crueldad. Y, como decía al respecto el maravilloso filósofo animalista Jesús Mosterín, frente a las manifestaciones de crueldad hay que ser intolerantes, y hay que romper con las tradiciones que haga falta hasta acabar con ellas. Ojalá así sea algún día, a pesar de tanto patriota.

Coral Bravo es Doctora en Filología