Alberto Núñez Feijóo ha entrado en una fase de desorientación política que raya en el desquicie absoluto. Mientras la oposición se agota en una retórica de confrontación interna que ya no encuentra eco en la realidad, Pedro Sánchez ha ejecutado un movimiento de apertura de tablero magistral.

Con una audacia que ha dejado noqueada a la derecha, el presidente ha ocupado los espacios que tradicionalmente pertenecían al conservadurismo. Hoy es Sánchez quien defiende la soberanía nacional frente a las potencias extranjeras, la protección de la fe y la custodia de la bandera frente a las imposiciones externas de Washington e Israel.

Esta semana, Sánchez ha vuelto a demostrar que España juega en la primera división del tablero multipolar. Su viaje oficial a Pekín no solo refuerza la relación estratégica con China, sino que lo posiciona como un interlocutor necesario entre Oriente y Occidente. Mientras la derecha se encierra en su dogmatismo, el presidente teje alianzas pragmáticas para proteger nuestra economía de guerras comerciales y aranceles injustos.

Además, el socialismo español ha preparado con minuciosidad la cumbre progresista de Barcelona de este fin de semana. Este encuentro no es un evento más; es el "inicio" de un bloque socialdemócrata global que busca plantar cara al avance de la ultraderecha. Sánchez se mueve con soltura entre líderes mundiales, potencias asiáticas y el propio Vaticano, construyendo una alternativa real a la política del conflicto.

En este nuevo escenario, el liderazgo de Sánchez se consolida mientras Feijóo se alinea con las posturas belicistas de Trump y Netanyahu. El presidente español busca soluciones basadas en la paz y el equilibrio, frente a la política de bloques y guerras que parece seducir a un Partido Popular cada vez más radicalizado y subordinado a intereses ajenos.

La defensa que Sánchez ha hecho del Papa frente a los insultos de Donald Trump es un hito de esta nueva etapa. El líder republicano despreció al Pontífice por su mensaje de concordia, y Sánchez respondió con una contundencia que ha dejado al PP en evidencia ante su propio electorado católico.

Sánchez no solo ha defendido la figura del Papa; ha defendido el mensaje de paz frente a la barbarie del populismo autoritario. "Quien siembra vientos, recoge tempestades", advirtió el presidente español, situándose en una superioridad moral y política que ha descolocado por completo a los estrategas de Génova 13.

Este compromiso con la libertad religiosa no es un hecho aislado. La firmeza con la que el Ejecutivo ha condenado el bloqueo de Israel a las celebraciones cristianas de la Semana Santa en Jerusalén es un acto de patriotismo real. Cuando se impidió el acceso de los fieles al Santo Sepulcro, fue la voz de España la que lideró la protesta en Europa.

Sánchez ha entendido que defender España es también defender su legado cultural y religioso allí donde sea pisoteado. Es una tarea en la que el PP, atrapado en sus complejos internacionales y su alianza implícita con Netanyahu, ha fallado estrepitosamente a la hora de proteger los valores que dice representar.

El segundo frente que ha terminado por desquiciar a Feijóo es la soberanía económica. La Administración Trump ha intentado imponer un incremento del gasto en defensa hasta el 5% del PIB, una cifra que supondría el desmantelamiento del Estado de Bienestar español para alimentar la industria armamentística.

Ante esta coacción y la amenaza de aranceles punitivos contra nuestro aceite de oliva y nuestro vino, Sánchez se ha mantenido firme. Su negativa a hipotecar el futuro de las familias españolas es un ejercicio de soberanía nacional que el PP es incapaz de secundar por su incapacidad para llevar la contraria a sus referentes en Washington.

¿Dónde está el patriotismo de Feijóo ante los ataques a nuestra agricultura? El silencio del líder del PP es ensordecedor. Su estrategia se limita a esperar que el castigo externo debilite al Gobierno, aunque ese castigo se lleve por delante la economía de los agricultores de Jaén o de los viticultores de La Rioja.

Es esta falta de talla nacional lo que mantiene a Feijóo en un estado de nerviosismo constante. Ve cómo el electorado percibe que el presidente no se arrodilla ante los poderosos, sino que defiende la bandera con hechos, con diplomacia de alto nivel y con una visión de país que trasciende el insulto diario.

La coherencia de Sánchez en política exterior ha terminado de cerrar la pinza. El regreso del espíritu del "No a la guerra" es hoy una respuesta pragmática y necesaria. Los ataques diplomáticos de Israel contra España han sido respondidos con una estatura institucional que la derecha no sabe procesar ni igualar.

El resultado es un Feijóo que ya no sabe a quién representa. Se encuentra en un callejón sin salida: si critica la defensa del Papa, pierde al electorado cristiano; si critica la firmeza ante Trump, queda como un mal patriota; si critica la alianza con China por la paz, queda como un promotor de la inestabilidad.

Sánchez le ha robado el escenario, las luces y hasta el sentido de Estado. El presidente se ha convertido en el referente de los preceptos que la derecha ha descuidado por su obsesión con la crispación. El desquicie de Feijóo es, en realidad, el reconocimiento de que ha perdido la batalla por el centro del sentido común.

El Gobierno ha encontrado una vía que conecta con la España real: una España que no quiere guerras, que no acepta chantajes económicos y que exige respeto para sus tradiciones. Sánchez defiende la postura del Papa frente a la guerra. ¿Y el PP? No sabe, no contesta. Sánchez defiende los intereses de España frente a los ataques de Trump. ¿Y el PP? No sabe, no contesta. El terreno de juego para Feijóo, sencillamente se ha acabado; para España, el horizonte nunca ha sido tan nítido.

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