Durante demasiado tiempo hemos dividido las fuentes de energía entre buenas y malas. En un lado situamos el carbón, el petróleo y el gas; en el otro, el sol, el viento, el agua y la biomasa. La clasificación resulta útil, pero también peligrosa cuando nos lleva a pensar que todo proyecto renovable es, por definición, beneficioso.
Una energía puede ser renovable y, sin embargo, desarrollarse de manera irresponsable. El carácter renovable describe el origen del recurso, no la forma en que se ocupa el territorio, se extraen los materiales, se construyen las instalaciones o se reparten sus beneficios.
No es lo mismo colocar placas solares en tejados, aparcamientos, polígonos industriales o terrenos degradados que cubrir con miles de paneles un espacio de alto valor ecológico. Tampoco es igual instalar aerogeneradores después de estudiar las rutas de las aves que levantarlos en corredores migratorios o junto a zonas protegidas. Una central hidroeléctrica puede aprovechar una infraestructura existente, pero una gran presa también puede alterar un río, inundar ecosistemas y transformar para siempre la vida de las poblaciones cercanas.
La biomasa ofrece otro ejemplo evidente. Utilizar residuos agrícolas o forestales puede ayudar a producir energía y reducir la acumulación de combustible vegetal. Pero talar bosques o sustituir ecosistemas diversos por grandes monocultivos energéticos difícilmente puede presentarse como una solución verde. El IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático y principal órgano internacional de las Naciones Unidas encargado de evaluar la ciencia relacionada con el cambio climático) advierte de que una expansión de la bioenergía sin vigilancia ni buena gobernanza puede generar conflictos relacionados con los alimentos, el agua y la biodiversidad.
Esto no significa que las energías renovables sean un engaño ni que debamos frenar la transición energética. Sus emisiones durante el ciclo de vida son, en términos generales, considerablemente inferiores a las de los combustibles fósiles. Pero el propio IPCC recuerda que sus efectos sobre la biodiversidad dependen en gran medida del lugar elegido y pueden ser positivos o negativos.
Por eso debemos abandonar una discusión demasiado simple. La pregunta ya no puede ser únicamente si una instalación produce energía renovable. También debemos preguntarnos dónde se construye, qué superficie ocupa, qué materiales necesita, cómo afecta al agua y a la fauna, qué sucederá cuando termine su vida útil y quién asumirá el coste de restaurar el terreno.
Existe, además, una dimensión social que con frecuencia queda relegada. Algunos proyectos llegan a los municipios como decisiones prácticamente consumadas. Se promete empleo, inversión y desarrollo, pero los beneficios principales se marchan fuera mientras el impacto paisajístico, ambiental o económico permanece en el territorio. Una transición que excluye a quienes viven en las zonas afectadas podrá ser tecnológica, pero difícilmente será justa.
IRENA (Agencia Internacional de Energías Renovables) defiende la participación temprana de las comunidades, el reparto de beneficios y la adecuada compensación de las personas perjudicadas como elementos esenciales de una transición equitativa. No basta, por tanto, con abrir un periodo formal de alegaciones cuando todas las decisiones importantes ya están tomadas.
Las renovables responsables comienzan por ahorrar energía y aprovechar los espacios ya transformados. Continúan con una planificación territorial que descarte las áreas de mayor valor ecológico y agrícola. Y se completan mediante proyectos transparentes, participativos, reversibles y capaces de dejar riqueza en las comunidades que los acogen.
Necesitamos energía solar y eólica, almacenamiento, redes eléctricas y nuevas soluciones tecnológicas. Pero la urgencia climática no puede convertirse en una licencia para actuar sin límites. Combatir el cambio climático destruyendo biodiversidad, degradando paisajes o enfrentando a las poblaciones rurales con la transición sería una contradicción política y ambiental.
La verdadera alternativa no está entre aceptar todas las renovables o rechazarlas por completo. Está entre hacer la transición de cualquier manera o hacerla bien. Porque no toda energía renovable es necesariamente responsable. Y porque solo una transición respetuosa con la naturaleza, el territorio y las personas merecerá realmente ser llamada verde.
Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.