Los castigos no mejoran nada. Pero como no hay incentivos o estímulos para los buenos comportamientos individuales y colectivos, las transformaciones sociales tardan mucho en hacerse realidad, porque portarse mal es más cómodo y trae más cuenta a corto plazo. Por eso el "malismo" es tendencia y el buenismo parece no levantar cabeza.

Hace unas semanas el Ministerio de la Vivienda señaló que no iba a castigar a las comunidades autónomas, la mayoría de las gobernadas por el PP, que no ponen en marcha las normativas estatales, pero que premiará a las que sí lo hagan.

Rumanía, uno de los países europeos más rezagados en el reciclaje de envases, ha visto cómo se dispara el furor por la devolución de las latas y envases de plástico usados al pagar por cada uno 10 céntimos de euro al entregarlo en la red de puntos limpios repartidos por todo su territorio.

La realidad cotidiana es muy distinta. Se habla mucho de movilidad sostenible, pero a la hora de la verdad las facilidades para las personas usuarias de bicicletas y triciclos son casi inexistentes, si exceptuamos los carriles-bici. En un recién abierto supermercado de una multinacional alemana solo han pensado en ofrecer aparcamiento cubierto para los coches y sus propios carros de la compra, y el de las bicicletas, al aire libre, para que si hace sol el sillín queme y si llueve haya que secarlo como se pueda. 

En los aparcamientos públicos y en los garajes de comunidades de vecinos no hay espacios para bicis, salvo honrosísimas excepciones. Los bicicleteros, cuando los hay, están siempre al descubierto.

La todopoderosa industria europea del automóvil ha conseguido que los estados faciliten la compra de coches eléctricos, pero los fabricantes de bicicletas están todavía a la espera de incentivos para la compra de bicis eléctricas o la electrificación de las manuales.

Si reciclas y seleccionas los residuos en tu casa, tienes que andar más para depositarlos en sus respectivos contenedores, si optas por mezclarlos en una sola bolsa, ahorras tiempo y esfuerzo.

Podríamos seguir hasta el infinito con ejemplos de cómo se dificultan los buenos y cívicos comportamientos y se promueven los malos hábitos. Si las administraciones no cambian sus inercias y pasan a incentivar y premiar para mejorar y transformar, no habrá transición ecológica y energética que valga. Las utopías se alejarán y las distopías nos acercarán al colapso.