Málaga ha vivido la Semana Santa más excluyente de su historia, convertida en un "corralito" privado por el alcalde De la Torre y blindada con vallas opacas que impiden al pueblo ver sus tronos si no pasa por caja. Por otro lado, el PP de Moreno Bonilla agitaba un bulo de 1.300 millones de pérdidas por el AVE para atacar al Gobierno, cuando la ciudad ha conseguido un lleno absoluto, demostrando que mintió a conciencia.

La humillación final llegó con el paseo de dirigentes como Almeida y Bendodo por las calles malagueñas, recibidos con gritos de "sinvergüenzas" por una ciudadanía cansada de las enormes listas de espera y del destrozo de la sanidad pública. Ni el caos ferroviario existió, ni la Semana Santa es ya del pueblo: hoy es un producto de lujo reservado para las élites, mientras el malagueño de barrio es tratado por el alcalde del PP como un intruso en su propia casa.                                 

Todo este escenario comenzó con el “Gran Bulo” de Moreno Bonilla y los 1.300 millones de mentiras al descubierto. La estrategia del presidente de la Junta ha quedado retratada ante toda España como una burda manipulación de la fe y la economía malagueña.

Durante semanas, Moreno Bonilla agitó el fantasma del desastre, asegurando que las incidencias del AVE tras el talud de Álora supondrían pérdidas millonarias y el hundimiento de la Semana Santa. El objetivo era tan transparente como ruin: utilizar los tronos como proyectiles contra el Gobierno central. Sin embargo, la realidad ha sido un bofetón de proporciones épicas: Málaga no solo no se ha hundido, sino que ha vivido un lleno absoluto, con una ocupación que roza el 100%.

El supuesto “apocalipsis ferroviario” no existió y el presidente de la Junta mintió a los malagueños, demostrando que está dispuesto a dañar la imagen de su propia tierra por puro interés electoral. Mientras el PP se centraba en su guerra contra el Gobierno central, el desprecio por los servicios públicos locales ha sido absoluto.

La huelga del Metro de Málaga en plena Semana Santa se ha desarrollado sin que Moreno Bonilla mostrara el más mínimo interés en negociar soluciones que evitaran que miles de ciudadanos no pudieran desplazarse al centro o regresar a sus casas.

Tampoco el alcalde De la Torre ha movido un dedo por el ciudadano de a pie, negándose a reforzar de forma efectiva las líneas de la EMT para compensar el paro del metro. Esta falta de previsión se ha convertido en el castigo final para los malagueños de los barrios, obligados a sortear un transporte público colapsado que, para colmo, les esperaba blindado por vallas. Ni Moreno Bonilla ni De la Torre han hecho nada por el malagueño de a pie, porque para ellos no genera el suficiente dinero en la ciudad. Clasismo en estado puro.

No hay imagen más descriptiva de esta Semana Santa que la de Elías Bendodo y José Luis Martínez-Almeida tratando de pasear su propaganda por el centro de la ciudad. Lo que esperaban que fuera un baño de masas contra el Gobierno central se convirtió en una encerrona de realidad. Los gritos de los malagueños pedían médicos. "¡Sinvergüenzas, habéis destrozado la sanidad pública!", clamaba la gente mientras los dirigentes populares intentaban sonreír para la foto. Es la humillación de quien sale a hacer política con los tronos y se encuentra con la verdad de una gestión autonómica que hace aguas en los hospitales.

Resulta insultante que el PP denunciara “aislamiento” ferroviario mientras toda su cúpula, desde Ayuso hasta Almeida, llegaba puntualmente a la capital de la Costa del Sol para ocupar sus asientos privilegiados y disfrutar de la Semana Santa sin el menor contratiempo.

Pero el agravio se ha materializado físicamente en el modelo de Francisco de la Torre, “el mercader del templo”, que ha impuesto vallas opacas como herramienta de exclusión. Si Moreno Bonilla ha puesto la mentira, el alcalde de Málaga ha puesto el acero.

Esta Semana Santa será recordada por la consolidación del muro de la vergüenza, un despliegue de vallas y muros que impiden que el malagueño que no ha pagado abono pueda siquiera vislumbrar el paso de las imágenes. Es la culminación de un modelo de ciudad expulsiva, donde el Ayuntamiento ha diseñado el centro histórico como un centro comercial con derecho de admisión. Se bloquea la visión de la calle para obligar al ciudadano a pasar por caja, mientras se criminaliza el uso de sillas plegables bajo la excusa de una seguridad que solo parece preocupar donde no hay ingresos de por medio.

Esta deriva ha provocado un auténtico clamor en las calles contra quienes han matado la esencia de la celebración y la identidad malagueña. Las redes sociales se han inundado estos días con vídeos de vecinos que denuncian una ciudad convertida en un "circuito de Fórmula 1", una ratonera de metal donde el sentimiento ha sido sustituido por el ticket de caja.

Se ha utilizado la seguridad como un pretexto cobarde para segregar a los ciudadanos según su cuenta corriente, creando cuellos de botella que obligan a los malagueños y malagueñas a dar rodeos kilométricos para poder disfrutar de su ciudad en Semana Santa.

Llegamos así a la conclusión: el fin de la impunidad política de un régimen que da la espalda a su gente. La Semana Santa de 2026 marca un punto de no retorno. El PP ha intentado jugar a dos bandas: inventando crisis ferroviarias para desgastar al Gobierno y privatizando el evento cultural más importante del año. Pero el tiro les ha salido por la culata.

El lleno absoluto ha enterrado el bulo de Moreno Bonilla y los gritos de la calle han empañado el paseo triunfal de los líderes del PP. Málaga ha despertado y ha señalado a los responsables del secuestro de su tradición. Moreno Bonilla miente y De la Torre confisca. El muro del clasismo podrá ser de acero, pero el clamor de un pueblo que se siente expulsado de su propia casa es mucho más fuerte. La Semana Santa debe volver a ser de los malagueños y las malagueñas, o lo que quedará será un decorado vacío para que Almeida y Ayuso se hagan el selfi mientras el malagueño los mira, indignado, desde la lejanía.

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