Los bombardeos de Israel y Estados Unidos sobre Irán desempolvaron un conflicto que ha desquebrajado el orden mundial y las relaciones políticas, diplomáticas, militares y comerciales en Oriente Medio y Occidente. Esta guerra persigue los intereses económicos de un Donald Trump entregado a la causa ideológica y supremacista del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. Ambos líderes se han erigido como los estandartes internacionales de la ultraderecha del siglo XXI.
Sin embargo, otros mandatarios originalmente próximos a los posicionamientos trumpistas ―como la italiana, Giorgia Meloni― han rechazado esta injerencia del derecho internacional, han condenado esta guerra ilegal y han asegurado que no participarán en operaciones de combate aéreo, terrestre y marítimo. Palabras que han sido secundadas por el presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron, el primer ministro británico, Keir Starmer, y el canciller alemán, Friedrich Merz.
Vox, el partido más proisraelí de Europa
Tras la connivencia con Putin, la intervención en Venezuela, las amenazas sobre Groenlandia y Dinamarca y Cuba, y los ataques contra el régimen de los ayatolás, la Unión Europea parece haber despertado. España, gracias al liderazgo de Pedro Sánchez, se encuentra a la vanguardia de la defensa del derecho internacional y de los derechos humanos. No obstante, según el informe elaborado por la Coalición Europea por Israel (CEI), Vox es el partido más proisraelí de todo el continente (98,74%).
El informe elaborado por este lobby judío, que se basa en las votaciones del Parlamento Europeo entre 2019 y diciembre de 2024, evidencia por qué Israel ―a través de su Ministerio de Exteriores― se ha acercado en los últimos meses, superando reticencias pasadas, a Vox, Demócratas de Suecia y la Agrupación Nacional francesa. Estos tres partidos son los que más han aumentado su apoyo al Estado judío tras el 7-0, siendo especialmente destacado el caso del partido que lidera Marine Le Pen, que ha pasado de votar a favor de Israel en el 75,29% de las veces al 87,83%.
Santiago Abascal, muy cercano a Netanyahu en los últimos años, visitó los kibutz de Nir Oz dos meses después del ataque de Hamás sobre Jerusalén. También se reunió con el presidente israelí dos días después de su polémico ataque a un campo de refugiados cerca de Rafah, en Gaza, para mostrarle su inquebrantable apoyo.
Desde entonces, el Ejecutivo ebreo ha agradecido mucho esos y otros gestos. El titular de Asuntos Exteriores, Gideon Saar, no repara en expresar su decisión de formalizar sus relaciones con Vox, Demócratas de Suecia y la Agrupación Nacional por sus actitudes recientes hacia el país. “Después de revisar el asunto y escuchar la opinión de los profesionales, no he visto ninguna razón para no hacerlo”, defendió Saar, que admitió que “parte de estos partidos tienen malas raíces”, en obvia referencia al Frente Nacional, fundado en 1972 por Jean-Marie Le Pen, condenado por la Justicia por negar crímenes del nazismo en Francia.
La grieta de la ultraderecha
Durante años, el debate público ha tendido a simplificar a la extrema derecha como un bloque homogéneo, cohesionado en ideas, alianzas y objetivos. Sin embargo, basta observar las tensiones internas en torno a cuestiones internacionales —especialmente en Oriente Medio— para comprobar que esa imagen monolítica es, como mínimo, incompleta.
Más que centrarse en lo que hace o dice Vox, conviene atender a quién lo cuestiona y desde qué posiciones. Porque, en este caso, las críticas más incisivas no proceden ni del Gobierno ni de la izquierda, sino de otros sectores de la propia órbita ultra. Es ahí donde emergen las contradicciones más reveladoras.
El posicionamiento internacional ha dejado de ser un elemento secundario en la definición de la extrema derecha contemporánea. En conflictos como el de Oriente Medio, se cruzan dos visiones distintas que conviven —no sin tensiones— dentro del mismo espacio político.
Por un lado, está el ala que podríamos llamar “atlántica”: alineada con Estados Unidos, cercana al trumpismo global y firmemente posicionada a favor de Israel. Esta corriente ve en el Estado israelí un aliado estratégico en la lucha contra el islamismo y como parte de un eje occidental en defensa de valores comunes.
Por otro lado, existe una corriente más "clásica", nacionalista en sentido estricto, que prioriza la soberanía y desconfía de cualquier alineamiento internacional que pueda diluir los intereses nacionales. Para este sector, la política exterior debe estar guiada exclusivamente por una lógica de Estado, sin subordinación a bloques ni afinidades ideológicas transnacionales.
Se acusa al partido de Abascal de haber abandonado un nacionalismo “puro” para integrarse en una red internacional de derechas que gira en torno a figuras como Trump, Milei, Kast y Netanyahu y a una agenda geopolítica que no siempre coincide con los intereses españoles, ni tan siquiera europeos. La cercanía a Israel, en este marco, no se interpreta como una decisión soberana, sino como un alineamiento automático dentro de un bloque ideológico global.
Así, lo que para unos es una estrategia de posicionamiento internacional coherente con una visión occidentalista, para otros es una claudicación: una señal de que Vox habría dejado de ser un proyecto estrictamente nacional para convertirse en una pieza más de un engranaje mayor.
Nacionalismo vs Ultraderechismo
En el fondo, lo que está en juego es una batalla por la autenticidad dentro de la extrema derecha. ¿Qué significa ser verdaderamente “nacionalista” en un mundo globalizado? ¿Es compatible la defensa de la soberanía con la pertenencia a redes ideológicas transnacionales?
Estas preguntas no son nuevas, pero adquieren una nueva intensidad en un contexto en el que la extrema derecha ha ganado visibilidad y poder institucional. Y, sobre todo, ponen de relieve que no existe una única extrema derecha, sino varias, con prioridades y estrategias a veces divergentes.
Vox, en este contexto, no sólo es objeto de crítica: es también síntoma de una transformación más amplia. La extrema derecha europea ya no discute únicamente contra sus rivales, sino consigo misma. Y en esa discusión, Oriente Medio se ha convertido en un espejo incómodo donde se reflejan sus contradicciones.
Además, el Partido Popular (PP) se situa en fuera de juego al criticar únicamente al Gobierno de Sánchez, sin condenar el comportamiento dictatorial de Netanyahu y las contradicciones inhumanas de Trump.