En estos días asistíamos con estupefacción a una noticia que saltaba a todos los informativos. Se trataba de las presuntas -siempre presuntas mientras no recaiga resolución que diga otra cosa- vejaciones, malos tratos y actitudes sexuales reprochables cometidos por Julio Iglesias hacia sus empleadas domésticas. Una noticia que deja a todo el mundo el regusto amargo no solo de hacer caer a un mito de su pedestal -si es que había mito y pedestal- sino, sobre todo, una sensación de deja vu mezclada con hastío. Otra vez más.
Por supuesto, no me refiero a que ya hubieran visto la luz informaciones referidas a este conocidísimo cantante, sino a que no es la primera vez que nos encontramos con noticias parecidas respecto de otros cantantes o artistas, tan conocidísimos como él o más.
Hace algún tiempo, sabíamos también de los presuntos -también presuntos, por descontados- abusos sexuales cometidos por Plácido Domingo y algo antes, todo el mundo conocía detalles nada halagüeños de la conducta de Woody Allen. Y son solo unos pocos ejemplos de una lista que podría ser más larga y abarcar otros campos del arte, como la pintura o la escritura. A los que habría que unir aquellos de los que nunca se sabrá y los que surgirán en un futuro. Porque mucho me temo que no se trata de un caso aislado.
En estas ocasiones, lo primero que se le viene a una a la cabeza, impulsada por unas tripas asqueadas, es que nunca volvería a escuchar su música, ni debería hacerlo nadie. Pero la cuestión es mucho más compleja, porque el hecho de tener un comportamiento reprobable en la faceta personal de la vida no pone ni quita nada al valor artístico de la obra de quien se trate.
Para mí, personalmente, la vida sigue igual, como diría el propio cantante, porque jamás fui ni pensaba ir a un concierto suyo porque ni sus canciones ni su forma de interpretarlas son santo de mi devoción. Pero, visto donde ha llegado, son muchos millones de personas las que piensan de otra manera. Y están en su derecho, claro, que para gustos hay colores.
No obstante, como decía antes, no es el único artista cuya vida ha resultado de todo menos ejemplar. Y la obra de algunos sí que me gusta, aunque todavía le doy vueltas a si me gusta igual que antes, o si ha dejado de atraerme de la misma manera desde que se sabe de esos hechos de sus autores.
Se trata del eterno dilema de la cancelación, que no es fácil de solventar. ¿Podemos renunciar a disfrutar de obras maestras del cine, la literatura, la pintura o cualquier otro arte porque su autor nos haya salido rana? Pues, después de pensarlo mucho, creo que no. O no, al menos, como obligación impuesta a exhibidores y expositores. Otra cosa es que el público sea quien rechace a la obra. Porque el público, como el cliente, siempre tiene razón. Nos guste o no.
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