Por si fuera poco, que el lenguaje sirva para que las personas se entiendan, la importancia del mismo no se termina ahí, sino que, a través de él y para lograr el entendimiento antes mencionado, quienes reciben el mensaje de las palabras se crean una imagen mental de lo que le hayan comunicado, dando lugar a la continuación de roles y estereotipos. Esta imagen mental que hemos elaborado y recibido a través del lenguaje afecta a nuestro comportamiento y a la forma de tratar al resto de seres humanos.

Esa representación que el lenguaje ha creado la asumimos como real y, por ese motivo, cuando nos relacionamos con el resto de los seres humanos, intentamos plasmar esa percepción en ellas. Incluso, llegamos a presuponer que van a comportarse o ser de la forma en la que mentalmente las hemos construido, provocando esto último presunciones e imposiciones sociales que fomentan la discriminación de quienes pertenecen a determinados colectivos.

Hay tantos ámbitos en los que el lenguaje es usado defectuosamente como palabras pueden existir, pero voy a centrarme únicamente en dos ámbitos con la intención de concienciar sobre la utilización de un mejor lenguaje.

En primer lugar, pero no por ello más importante, se encuentra el problema del lenguaje inclusivo. Su objetivo es que al comunicarnos hagamos referencia explícita a las mujeres, visibilizándolas como existentes, frente al lenguaje actual que las engloba dentro del masculino genérico. Si recordamos que mediante la comunicación se transmiten roles y estereotipos, y que éste subsume lingüísticamente la mujer al hombre, podemos darnos cuenta de que esta forma de expresarnos crea y promociona, aunque sea de manera inconsciente o subconsciente, comportamientos que subsumen la mujer al hombre en todos los ámbitos, es decir,diluir a la mujer en un léxico masculino, teniendo en cuenta que el lenguaje determina nuestras relaciones con el resto de personas, es una de las causas que provocan y fomentan la discriminación de la mujer.

Por otro lado, dentro del lenguaje inclusivo nos encontramos con la incógnita de cómo debemos expresarnos para visibilizar en el lenguaje a las mujeres. Primeramente, hay que decir que el lenguaje inclusivo no se reduce a poner o cambiar la letra final de una palabra por una a, sino que busca mencionar a las mujeres y hay varias opciones para lograr ese objetivo. Si bien es cierto que una de las formas es la utilización de los desdoblamientos, como jueces y juezas o chicos y chicas, también podemos utilizar palabras que hagan referencia a ambos géneros, como persona, profesorado o alumnado, palabras epicenas o cualquier otra forma que responda al objetivo del lenguaje inclusivo: nombrar y visibilizar a las mujeres en este ámbito.

En segundo lugar, pero no por ello menos importante, se encuentra el problema del lenguaje negativo para denominar a las personas con diversidad funcional. Este problema está tan extendido que un gran número de gente no sabe ni siquiera lo que es. Afortunadamente, el lenguaje evoluciona y en este ámbito ha recorrido parte del camino, pero también es cierto que todavía le falta mucho por recorrer. Dicho esto, me gustaría hacer un paréntesis para explicar el contenido negativo de algunas palabras que son muy utilizadas para hacer referencia a este colectivo.

La traducción literal de la palabra "inválido/a" es "persona no válida". Esta palabra transmite que las personas con diversidad funcional no son personas válidas, lo cual nos hace construir una imagen de la persona con esta circunstancia que la excluye de cualquier ámbito, colocándola en una posición de inferioridad con respecto al resto de personas que, en oposición se convierten en personas "válidas".

Las personas con diversidad funcional nos vemos obligados a hacerlas de manera diferente, tenemos las mismas funciones que cualquier otra persona, pero nos vemos obligados a realizarlas de manera diversa, es decir, tenemos una diversidad funcional

La palabra minusválido/a avanza un poco con respecto a la anterior, ya que la persona con diversidad funcional ya no es no válida, sino que lo es, pero en menor medida que el resto de personas. Ahora esta persona no está excluida de ningún ámbito, pero las personas totalmente válidas tienen preferencia.

Las palabras discapacitado/a o persona con discapacidad son muy similares. La primera nos denomina como sujetos con una capacidad menor al resto y la segunda hace lo mismo admitiendo, al menos, que esos sujetos con una capacidad menor somos personas.

Huelga decir que, aunque el colectivo de personas con diversidad funcional actuemos de manera diferente y suframos una discriminación, esto no nos coloca en una posición de menor validez o capacidad.  Sobran ejemplos de personas con diversidad funcional que han tenido un éxito que no está al alcance de cualquiera, tales como Stephen Hawking o El Langui.

La palabra "persona con movilidad reducida" es parecida a las dos palabras anteriores, pero esta vez solo reduce nuestra capacidad o validez sobre el ámbito de la movilidad. Las personas con diversidad funcional no tienen porqué tener una movilidad reducida; en primer lugar, porque la diversidad funcional mental no tiene porque tener ninguna repercusión física; en segundo lugar, porque la movilidad depende de muchos factores, una persona que va en silla de ruedas puede tener mucha más movilidad que una persona cargada hasta las cejas con bolsas o que una persona en una deplorable condición física. También hay que tener en cuenta el medio utilizado porque en el caso de una persona que vaya en silla de ruedas, estamos comparando a una persona que se desplaza utilizando sus piernas y para la que no existen barreras arquitectónicas con otra que se desplaza usando sus brazos y debe afrontar múltiples obstáculos urbanísticos. Esto es como comparar a un peatón con un conductor al recorrer una distancia larga y es muy posible que, en igualdad de condiciones, entendiendo esto último como utilización de un mismo medio (ambos silla de rueda) y sin obstáculos o con los mismos obstáculos, la persona que ha utilizado silla de ruedas durante toda su vida sea más móvil que la persona sin diversidad funcional. No tenemos una movilidad menor, principalmente porque la movilidad de una persona depende de muchos factores.

Honestamente, creo que el problema del lenguaje es más fácil de solucionar en este último ámbito ya que en el primer caso debemos de incluir y visibilizar a las mujeres en todo el lenguaje, mientras que en este último tan solo se nos debe nombrar con un término adecuado. Nosotras y nosotros somos personas igual de capaces, válidas y móviles que el resto. La diferencia estriba en que todo lo que el resto hace, que suele ser de una manera específica, las personas con diversidad funcional nos vemos obligados a hacerlas de manera diferente, tenemos las mismas funciones que cualquier otra persona, pero nos vemos obligados a realizarlas de manera diversa, es decir, tenemos una diversidad funcional.