La comparecencia del presidente de EEUU, Donald Trump, tras la invasión de Venezuela que ha terminado con el presidente venezolano, Nicolás Maduro, y su mujer, detenidos y camino de Nueva York para ser juzgados por cuatro cargos penales, entre ellos, uno de narcoterrorismo, ha evidenciado que el tema de ese supuesto narcoterrorismo solo era la justificación para una invasión que va en contra de cualquier principio del derecho internacional. Lo único que realmente le importa a Trump es que las empresas norteamericanas controlen el petróleo venezolano y, de paso, un país absolutamente estratégico en caso de una escalada con China.

Y no se equivoquen, lectores, después de Venezuela va Cuba, absolutamente dependiente de Venezuela. De hecho, el secretario de Estado de EEUU, Marcos Rubio, lo ha dejado claro en la comparecencia: “Si yo viviera en La Habana y estuviera en el Gobierno estaría preocupado”. Y si Cuba cae, detrás va Nicaragua. Poca broma con la amenaza, también más que directa, a Colombia.

Leía hoy en X un tuit maravilloso que define a la perfección lo que está sucediendo: “Un dictador local derrocado por un aspirante a dictador global. No hay héroes es esta historia, solo villanos”, decía el periodista Bruno Bimbi. Y cuánta razón llevan esas pocas líneas.

Y mientras el mundo entero contiene el aliento ante cuál será la próxima locura de Trump, los políticos españoles de derechas y extrema derecha se dedican a vitorear el ‘asesinato’ en vivo y en directo del derecho internacional. Habrán sido dignas de ver sus caras cuando Trump ha dejado fuera de su nuevo corralito a María Corina Machado y ha deslizado que si Delcy Rodríguez, actual vicepresidenta, pasa por el aro…pues que bienvenida sea.

No alcanzo a entender cómo un mandatario, o un político de nivel, aplaude entrar por la fuerza en un país y secuestrar a su presidente. Hoy es la excusa de derrocar a un dictador, pero mañana nos vendrá con que ha visto una ilegalidad en unas elecciones democráticas, que utilizan a los osos polares para traficar con fentanilo en Groenlandia, o que no le gusta lo que piensan en un país.

Lo que ha hecho Trump es tan indecente que hasta la extrema derecha francesa ha salido, de manos de su eurodiputado, Jordan Bardella, condenándolo y diciendo: “El régimen rojo de Nicolás Maduro ha suscitado numerosas críticas legítimas por razones democráticas. Millones de venezolanos han sufrido bajo esta dictadura sangrienta y despiadada, que ha privado a la oposición de derechos políticos y ha mantenido al país sumido en una crisis económica interminable. Nadie la extrañará. Sin embargo, el respeto al derecho internacional y a la soberanía estatal no puede aplicarse de forma selectiva. El derrocamiento externo de un gobierno por la fuerza no puede ser una respuesta aceptable, ya que solo exacerba la inestabilidad geopolítica de nuestro tiempo”.

Corren tiempos aciagos para la libertad, pero para la real, no esa que vende Ayuso. Esa que permite que la democracia triunfe aunque no sea nuestro partido el que gane. Estamos llegando a un punto de no retorno. Ahora mismo, estamos más cerca de la Alemania de los años 30 que de la democracia plena en la que creemos vivir.

El problema es que, como dice el experto en derecho internacional Juan Antonio García Jabaloy: “La legislación internacional es necesaria y los organismos internacionales son necesarios, pero no tienen capacidad de actuación. Estamos en un momento en el que tenemos a nivel global que pensar seriamente si estas organizaciones están dotadas de medios suficientes para hacer valer la legislación internacional, o les dejamos caer por inoperativas”. ¿Y si nos quedamos sin el derecho internacional qué hacemos?

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