Varias grúas trabajan en la zona del accidente ferroviario de Urda, Toledo. EP
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El otro día volvía a pasar. Apenas nueve meses después de que la tragedia llegara desde las vías del tren, los raíles volvían a atizarnos donde más duele: en las vidas humanas. Sesenta y nueve personas que nunca llegarán a su destino.
No voy a explayarme buscando culpables, ni siquiera razones. No voy a criticar lo que hicieron o dejaron de hacer unos u otros. Así que quien espere uno de esos artículos que se ahorre la lectura y pase de largo. Pero quien quiera centrarse en las víctimas, en cómo gestionar todo ese horror desde dentro, puede darme una oportunidad y seguir leyendo. Espero no defraudar.
Era un día ya de por sí feo, sobre todo en mi tierra. La víspera de aquella fatídica Dana que asoló Valencia y por la que todavía no ha pagado nadie. Estábamos preparados para conmemorar el segundo aniversario de aquella tragedia, y otra venía a impactarnos. El accidente de dos trenes en un pueblo hasta entonces desconocido de Toledo, Urda, nos partía el alma. Otra vez. Urda se sumaba a Adamuz y Angrois como escenario dantesco.
Como decía, no quiero hacer análisis sobre qué motivo la tragedia. Lo que quería hoy es ponerme en la piel de las víctimas, las que han sobrevivido, las que no lo han hecho, y las que ha perdido algún ser querido, que también son víctimas.
Las declaraciones de uno de los pasajeros de aquel tren que, con la cara desencajada, afirmaba que se había salvado de la muerte por tomar un café, ya que en el momento del impacto no estaba en su vagón, el más afectado, sino en la cafetería, movía algo dentro de mí. ¿Qué hizo que este hombre tomara un café precisamente en ese momento? ¿Por qué a este o a aquel pasajero le habían asignado un asiento en un vagón y no en otro? ¿Por qué habrían cogido ese tren y no esperado al siguiente? ¿Por qué alguien había cambiado su billete en el último momento, sellando sin saberlo su destino? Son preguntas que no tienen respuesta ni la tendrán, más allá de lo que el caprichoso destino hubiera decidido. Pero, sin embargo, perseguirán para siempre a quienes se han visto afectados de uno u otro modo por ello, sean supervivientes o seres queridos de quienes perdieron la vida.
Es momento de solidaridad y empatía. Momento de que cada cual haga aquello que pueda ayudar, sea donar sangre, dar apoyo psicológico, proporcionar asesoramiento de cualquier tipo o, simplemente, estar, que no es poco. Y, desde luego, es momento de rechazar a todo aquel que pretenda aprovechar la tragedia para armar el ascua a su sardina electoral.
Y, sobre todo, es momento de fijar todo esto en nuestra memoria, para no olvidarlo nunca, para no olvidar a quienes se fueron y a quienes se han quedado.
Ojalá sea la última vez que tenga que hablar de una tragedia montada sobre raíles.
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus)
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